La gente corre. Huye. De fondo, los disparos, la metralla. En un momento, aparece una patrulla con soldados. Se bajan. Intimidan a la gente. Más disparos. Entonces, el cabo Héctor Hernán Bustamante Gómez repara en que alguien está filmando. Hay un hombre con una cámara grabando todo lo que pasa esa mañana del 29 de junio de 1973 a un costado del Palacio La Moneda. Hay un hombre con una cámara que en ese mismo momento lo está grabando a él y a los soldados que lo acompañan. Apunta y dispara. Sin suerte. Ordena a sus subalternos que disparen al camarógrafo. El primer conscripto ejecuta la orden y falla. Pero el segundo tiene mejor puntería y acierta. Leonardo Henrichsen no deja de grabar. Se mantiene firme por unos segundos antes de desplomarse, antes de que la cámara que carga en sus hombros se vaya a negro, como su vida.

A 45 años del Golpe Militar, la historia del camarógrafo argentino que filmó su propia muerte, mientras cubría para la televisión sueca lo que ocurría en el levantamiento liderado por el teniente coronel Roberto Souper Onfray —conocido como El Tanquetazo—, vuelve a salir a flote por un recurso que busca precisamente que la justicia chilena reconsidere el caso luego de que la causa fuera sobreseída temporalmente por falta de méritos en julio de 2012. La necesidad de justicia llevó a la hija de Henrichsen, Josephine (53 años), a solicitar la intercesión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la que hace pocas semanas emitió un oficio al gobierno de Chile informando del recurso interpuesto por Josephine —el gobierno tiene un plazo de tres meses para pronunciarse—, lo que podría llevar a que la investigación se reabra. 

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—Estamos peleando por eso —explica Josephine Henrichsen, al teléfono desde Buenos Aires—, porque se considere el asesinato de mi padre como un crimen de lesa humanidad entendiendo que este hecho, aun cuando es anterior al Golpe, forma parte de él, como una antesala de lo que terminó ocurriendo. En esa línea, los culpables de la muerte de mi padre serían precisamente los autores materiales del Golpe de Estado. 

Pero qué fue lo que sucedió la mañana del 29 de junio de 1973, quién era Leonardo Henrichsen. 

Leonardo Henrichsen había conseguido montar una pequeña empresa de filmación en el Buenos Aires de principios de los 70. Prestaba servicios para la naciente televisión argentina y también para productoras europeas que estaban interesadas en los procesos sociales que agitaban a América Latina en esos años. En su largo historial periodístico —a pesar de que al momento de su muerte solo tenía 33 años—, Henrichsen sumaba la cobertura de 14 golpes de Estado, varios terremotos, los últimos dos meses del Che Guevara en Bolivia y la muerte de Robert Kennedy, entre otras misiones.

En la vida familiar, Leonardo era un padre cercano, muy de compartir con sus tres hijos: Esteban, Josephine y Andrés. Vivían en la zona norte del Gran Buenos Aires, en el barrio de Punta Chica. No tenía problemas en que sus hijos lo acompañaran a su trabajo, sobre todo cuando la jornada ofrecía alguna sorpresa, como la vez en que Josephine estuvo en la filmación de un programa del “Gordo” Porcel. “Era un espectáculo verlo bailar”, dice.

Pero no es exactamente eso lo que Josephine más recuerda de esos días. “Mi padre nos desafiaba siempre a más. Nos instaba a hacer cosas que quizá eran más propias de chicos mayores. Era como si tuviera prisa por traspasarnos ciertos valores. Hablo de la autonomía que nos inculcaba o de esa pasión tan particular que sentía por su trabajo”, cuenta.

Con solo ocho años, Josephine nunca supo del riesgo que corría su padre en cada una de sus expediciones periodísticas. “Jamás imaginé que le pudiera pasar algo. A mis ojos y a esa edad, mi papá era súper poderoso. Cada vez que se iba, la espera no era otra cosa que la antesala para el relato de una gran aventura”.

—¿Cómo te enteraste del asesinato de tu padre?

—Me lo dijeron en la tardecita. Se ve que mi familia lo supo antes. Yo volvía a casa de una clase de baile y me encontré con todos sentados en ronda, llorando. ¿Qué pasó acá? Entonces me lo contaron. Pero yo tenía mucha imaginación y un nivel de negación importante. No creí lo que me contaron, al punto que siempre lo esperé. Ya va a volver, me decía. Debe haber emprendido otra aventura y ya va a llegar.

—¿Cuánto tiempo duró esa negación?

—Me tomó años. Al comienzo fue una espera que se prolongaba y luego pasó a ser algo inconsciente. Coincidió con que mi mamá no nos llevó al funeral. Ni yo ni mis hermanos pudimos ver a papá muerto. Esa imagen la vine a ver varios años después. Unos compañeros chilenos exiliados, que estudiaban en la universidad, me pidieron que consiguiera la grabación hecha por mi papá ya que se acercaba un 11 de septiembre y ellos querían exhibirla. Fui al Museo del Cine y pedí la película. ¿Vos sos la hija? me preguntó el encargado. Minutos después salía con una lata de súper 8  que vimos en la UBA. La grabación tenía un agregado en donde mi padre era filmado mientras entraba al hospital en una camilla. Y fue entonces, recién ahí, con 18 años, que fui consciente de lo que había ocurrido. Ese día viví el funeral que en su momento me había negado. 

Leonardo Henrichsen había viajado hasta Chile con el fin de entrevistar a Volodia Teitelboim para la televisión sueca. Mientras desayunaba en el hotel Crillón, donde alojaba junto al periodista Jan Sandquist, sintió el ruido del movimiento de tropas y cámara al hombro salió a grabar. Henrichsen filmó la estampida de la gente, la llegada de la patrulla de soldados y, segundos más tarde, los disparos que efectuaron en su contra el cabo Bustamante Gómez y los conscriptos. 

Lo que ocurrió entonces solo se supo con total claridad tiempo después, una vez que la Corte de Apelaciones de Santiago decidiera en 2007 investigar en profundidad los hechos —exámenes de balística y pericias forenses de por medio—, un año después de que la jueza de la Corte Marcial Romy Rutherford estableciera que el delito había prescrito. 

Lo que la investigación encabezada por el juez Jorge Zepeda determinó fue que el cabo Bustamante Gómez —quien falleció el 18 de diciembre de 2007— dio a los conscriptos que estaban en la patrulla la orden de disparar, luego de que él lo hiciera y fallara en su intento. Hubo un segundo disparo hecho por el soldado Manuel Orlando Ulloa que tampoco dio en el blanco. Fue la bala que percutó el conscripto Claudio Videla Zúñiga la que impactó a Leonardo Henrichsen. Llamados a declarar, inicialmente los conscriptos negaron su participación en los hechos, pero una vez que vieron la película del camarógrafo argentino reconocieron que habían sido ellos.

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“Nuestra acción no es contra los conscriptos, ya que ellos acataban órdenes. Nosotros acusamos al Estado chileno. Además, sabemos que alguien envió la patrulla hasta ese lugar y dio la orden de “bajar” al periodista. Pero eso es parte de la investigación que resta por hacer. Lo más importante fue determinar que había sido un grupo del escuadrón blindado de Souper Onfray —los que se levantaron contra el gobierno de Allende— los que mataron a mi padre. Eso me tranquilizó. Porque yo heredé su mirada social y me hubiera dolido mucho que hubiesen sido las fuerzas leales al General Prats las que lo hubieran asesinado”, explica Josephine. 

La historia del asesinato de Leonardo Henrichsen pudo nunca haber visto la luz. Cuando la bala mortal lo hizo caer, un soldado llegó hasta donde el camarógrafo. Agónico, aferraba la cámara contra su pecho. El conscripto debió sacudirlo con violencia para poder arrebatársela. 

La cámara fue abierta por el soldado, quien sacó el rollo y lo expuso a la luz. Luego lanzó la cámara a una alcantarilla. El soldado no sabía dos cosas: primero, que esas cámaras tenían un doble chasis, de tal modo que en un compartimento estaba el rollo que se utilizaba y en el otro el de reserva. El que veló el soldado fue el de reserva. Y segundo, que todo esto fue observado por Eduardo Labarca, desde la azotea de un edificio, quien esperó a que los soldados se fueran para rescatar la cámara y entregarla a Chile Films, desde donde la enviaron a Argentina para que fuera procesada la película, ya que en Chile no había revelado a color. 

Una vez revelada, la cinta regresó a Chile, siendo exhibida en los cines como parte de los cortos noticiosos que mostraban antes de las películas. Luego de eso la cinta fue enviada a Suecia, ya que la televisión de ese país, para la que trabajaba Henrichsen, la reclamó como suya.

La investigación de la Corte de Apelaciones finalizó con el sobreseimiento temporal de la causa el 30 de julio de 2012, tras lo cual Josephine Henrichsen acudió a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. 

—¿Qué es lo que sientes ante la impunidad en la que el asesinato de tu padre se mantiene a 45 años de los hechos? ¿Hay espacio para perdonar a quienes dispararon contra él?

—Perdonar, no. En todo caso, tengo claro que esos muchachos eran conscriptos que recibían órdenes. Yo voy mucho más allá en el sentido de estar en contra de un sistema autoritario que un día se levanta y mata gente que está cumpliendo con su deber o a civiles que, sencillamente, pasaban por ahí y también murieron. A mí me toca personalmente y lo único que puedo hacer es seguir adelante con la querella. Busco justicia y que así como yo me rebelo ante todo tipo de autoritarismo también el día de mañana la sociedad entera lo haga.