La voz de Lejderman es tranquila, pausada, a ratos casi inaudible –imagino la mezcla de tensión, emoción, rabia y quién sabe qué más– y sus palabras duras. “Hasta los 30 años no tuve vida”, dice sin mirar a Cheyre. Casi no lo miró durante todo el programa. Y no queda sino entenderlo.

¿Cómo se enfrenta una historia así? ¿Cómo se supera? ¿Cómo se vive con esa carga?

“No le deseo ni a Cheyre, ni a ningún militar genocida ni a ningún ser humano, lo que mis padres vivieron”. Dos veces repitió Ernesto Lejderman esta frase en el capítulo de El Informante del martes pasado. Ese que lo enfrentó con Juan Emilio Cheyre, el militar que lo entregó a un convento luego de que sus padres fueran acribillados en el Valle del Elqui, en diciembre de 1973, por los mismos militares. El mismo que llegaría, años más tarde, a Comandante en Jefe del Ejército.

No tengo recuerdo de haber visto ni sabido de un programa así en ningún país que haya sufrido una dictadura. No debe ser fácil –aplausos para la producción– convencer a ambas partes de sentarse en el mismo estudio. ¿Qué motivó a cada uno a sentarse ahí? ¿Qué podía ganar, qué perder? Lejderman lo dijo al iniciar el programa: estaba ahí por sus padres asesinados. ¿Cheyre? Es menos claro. ¿Lavado de imagen? ¿Verdaderas intenciones de reconciliación? Cada uno creerá lo que quiera, pero para mí su participación no dio mucho pie a perdones ni reconciliaciones, así que la primera opción suena más plausible.

Debo reconocer que quedé, el martes, con una sensación extraña sobre Cheyre. Algo me hacía ruido, más allá de su evidente esfuerzo por presentarse como víctima (“Esa mentira a la que alude Ernesto [la versión sobre el suicidio de sus padres] es la misma mentira de la cual soy víctima yo”, decía el general mientras Lejderman no podía reprimir una mueca). Con esa sensación, me senté a ver nuevamente el programa. Más atento a los detalles, con la posibilidad de pausar, de retroceder, de repetir. Cheyre ya había renunciado a la presidencia del Servel, por cierto.

Lejderman. La voz tranquila pero apagada de Lejderman. La mirada como queriendo perderse, como queriendo no estar ahí. Las muecas irreprimibles cuando Cheyre se victimizaba. La cara de incredulidad cuando Cheyre habló del “gran esfuerzo que se hizo por encontrar los cuerpos”. Pararse rápido, al final del programa, y huir. Sin despedirse, sin cruzarse otra vez con Cheyre. Con calma, pero con prisa.

Y Cheyre, el general en retiro. ¿Qué decir sobre él? Reparé en un detalle que se me pasó por alto cuando vi el programa en directo. No una, sino cuatro veces dijo frases como “tus abuelos también te mintieron”. Cuatro veces, sabiendo –porque el mismo Lejdermanlo dijo– el dolor que eso le había causado. Cuatro veces, en un programa de menos de una hora, no es una coincidencia; es una línea argumental, una que busca relativizar la mentira del Ejército, la mentira oficial. Tus abuelos también te mintieron, como un mantra que acaso lo absolvería de sus propias responsabilidades y culpas. Tus abuelos también te mintieron.

Mientras retrocedía y buscaba los gestos de Lejderman ante esas palabras, la mayoría de las veces bien recogidos por la dirección del programa, veía en otro canal “Chile: las imágenes prohibidas”. Mientras pasaban las historias de Guerrero, Parada y Nattino, mientras Carmen Gloria Quintana contaba la pesadilla que vivió cuando los militares la quemaron junto a Rodrigo Rojas De Negri, quien murió luego del ataque, retrocedía y veía cómo Cheyre se victimizaba porque la labor de los militares es incomprendida. ¿Cómo comprenderla?

Y caí en la cuenta, una vez más. Este es un país quebrado en dos, y no hay forma de sanar eso. No por ahora. En menos de un mes se cumplen 40 años del golpe de Estado, y las heridas siguen tan abiertas como antes. 40 años, y los conflictos siguen vivos, presentes. Los heredaron las viudas, los viudos, los hijos e hijas, los hermanos y amigos de quienes lo sufrieron en carne propia. Lo heredaron y heredarán, es probable, los nietos. Y esa herida se eternizará.

¿Cuál es la solución? No tengo idea. Ni siquiera sé si hay una. Pero creo que, a 40 años del golpe, este va a ser uno de los aniversarios más duros. Porque las heridas no han sanado. Porque hay familias que nunca pudieron enterrar a los suyos. Porque no se ha hecho justicia. Y porque lo más probable es que eso no cambie.

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