Edmundo toma lentamente el lápiz y baja la cabeza con concentración. Sus ojos azules observan el papel en donde se dispone a dibujar. El reloj marca las 2.00 AM, está cansado, pero debe seguir trabajando. Con cuidado, traza líneas y las impregna de color, dándole vida al universo de memorias que, a como dé lugar, desea publicar. Durante 3 años, el arquitecto e ilustrador siguió la misma rutina. Cada noche se encerraba en su oficina y, ansioso, volcaba todos sus recuerdos y experiencias tras el segundo terremoto más fuerte de la historia de Chile. Así, boceto tras boceto, fue naciendo Dibujos por madera, la novela gráfica que narra cómo él y un grupo de amigos sacaron adelante el emprendimiento que les permitió construir, en tiempo récord, dos casas en los sectores más afectados por el cataclismo del 27 de febrero: Cauquenes y Quirihue.

Se trata de un didáctico libro para niños­­ —y no tanto— que reúne todas las anécdotas que atravesaron en el camino. A través de su pluma y pincel, el arquitecto de la Universidad Católica Edmundo Browne supo cómo mostrar en su grado justo la desesperación y la triteza, sin olvidar los detalles graciosos que provocan más de una sonrisa en los lectores. Acompañado de ingeniosos diálogos, el dibujante narra el proyecto desde sus orígenes en una conjunción de acuarela, tinta y lápiz. “Sentía tan cerca el dolor, la incertidumbre, la rabia y la resignación. Además, estaba identificado con todas las personas que había visto: el que había perdido algún familiar, el que había quedado en la calle, el que saqueaba supermercados… Algo tenía que hacer para ayudar”, recuerda Browne en su libro.

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Como a muchos chilenos, el terremoto lo pilló durmiendo. Disfrutaba de sus vacaciones. Había vivido en Barcelona y al fin volvía a Chile a reencontrarse con amigos y familia. Pero, lo que debía ser un período de descanso y placer, se transformó en un remezón que cambió todos sus planes.

—¿Cómo se te ocurrió la idea?

—Quería ayudar, pero no sabía cómo. Hasta que al final pensé, ¿por qué no construyo las casas yo mismo con ayuda de mis amigos? Siendo arquitecto, era lo que mejor podía hacer. Al principio, no quería diseñar los planos, pero luego de una insatisfactoria búsqueda, decidí que yo tendría que hacerlo. Es que quería construir viviendas fáciles de armar, rápidas, pero permanentes. Algo más que una mediagua. Así es que hice el prototipo, que ahora sirve como modelo para otras personas que quieran construir una casa firme de manera rápida, con martillos y madera. De hecho, los planos pueden descargarse gratuitamente de mi página web: www.edmundobrowne.cl

—¿Cómo conseguieron los fondos para sacar adelante el proyecto?

—Hasta ese momento, la única manera en que la mayoría de los chilenos podía ayudar era entregando dinero a la campaña de don Francisco, Chile ayuda a Chile. Y, la verdad, no es una cooperación muy reconfortante. No es que crea que el dinero se malgaste, sólo que a uno le gusta saber específicamente en qué ocuparon la ayuda. Por ello, se me ocurrió ponerle valor a las tablas con las que construiríamos las casas. Cada una tenía un valor de mil quinientos pesos, y en total necesitábamos mil setecientas. Una vez comprada la tabla, escribíamos en ella el nombre del donante, le tomábamos una foto y la subíamos a un blog.

—Eso le entregaba, además, un mayor valor simbólico…

–Así es. Cada una de las viviendas tiene tablas con el nombre de la persona que las donó. Obviamente las pusimos hacia el piso, para que no se vean, pero las dueñas saben que los nombres están ahí, como una marca constante de que más de 180 personas cooperaron con la construcción de su hogar.

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—¿También recibieron ayuda extranjera?

–Sí. Yo puse a la venta algunas de mis ilustraciones y las compraron amigos de todos lados; de Estados Unidos, Holanda, España, y de otros países. Es lindo ver cómo una catástrofe de este tipo une a diversas personas por un fin común, desde mi amiga española hasta el ejecutivo que tiene una oficina en Las Condes. Al final, todos se olvidan de las diferencias y trabajan juntos. Eso es lo único bueno que dejó el terremoto.

—¿Cuáles fueron los principales problemas que tuvieron que enfrentar?

—Durante el proceso de construcción, surgió una infinidad de obstáculos: la distancia, el clima, la poca motivación de algunos… Pero lo que jamás nos imaginamos es que, una vez listas las casas, las propietarias no quisieran usarlas ¡Y justamente eso fue lo que nos ocurrió! Ya sea porque las casas de madera eran muy distintas a las de adobe que ellas tenían antes del terremoto, o simplemente por desconfianza. Al principio, las dos señoras se negaron a vivir en ellas. Finalmente, fueron los certificados de propiedad los que solucionaron el problema. Una vez que se sintieron dueñas de las viviendas, las comenzaron a utilizar felices y agradecidas.
En la lucha por sacar adelante el emprendimiento, las anécdotas suman y siguen. Y Browne las detalla a cabalidad en su novela; volumen que, además, trae anexado un libro más pequeño. La casa de la oveja María es el nombre de la fábula que narra la misma trama pero desde una perspectiva mucho más ingenua. A través de sus coloridos dibujos, Edmundo cuenta la historia de un perro, un cerdo, un conejo y una gallina que, tras unir fuerzas, hacen todo lo posible para reconstruir la casa de una oveja. Pero, al igual que Edmundo y sus compañeros, los animales de la granja pasaron por alto algo importante. “Al momento de ayudar, no basta sólo con entregar, sino que también es importante la comunicación, para saber cuáles son los verdaderos intereses del otro”, es la moraleja entregada por Edmundo.

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—¿Cómo ha sido el recibimiento de los libros por parte de los niños?
—Los pequeños son muy inteligentes. Muchas veces entienden la historia mejor que los adultos, así que a la mayoría les gusta y se entusiasman bastante. La idea es esa, que aprendan de su historia, se diviertan y se nutran con una experiencia de vida.

—¿Qué fue lo que más te marcó en todo el proceso de reconstrucción?
—Ver cómo tanta gente perdía sus cosas y muchos se quedaban sin nada. La mamá de un amigo –una de las señoras a las que ayudamos— perdió su casa y estuvo semanas durmiendo bajo un espino. Fue una imagen que no pude sacarme de la cabeza. El árbol era la única protección que los mantenía a salvo de las réplicas. Las mediaguas aún no llegaban y las lluvias del invierno se acercaban a pasos agigantados. Cuando supe eso pasé la noche en vela ideando un plan que me permitiera ayudar.

—A cuatro años del terremoto, podría considerarse un poco tarde publicar un libro de este tipo…

—Para nada. Quiero que los niños —y también los adultos— estén conscientes de lo que pasó, que no lo olviden con los años. Además, la novela no trata sólo del terremoto, sino que es una historia sobre dificultades que se superan, para que aprendan a salir adelante, para que no se rindan.

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—¿Tienes nuevos emprendimientos sociales por delante?
—Quiero que el libro llegue a las zonas rurales del Maule y el Biobío. Al final, la historia cuenta lo que les ocurrió a ellos y existen pocos registros de este tipo, en especial para los niños. Ahora me encuentro realizando charlas y talleres de cuento y dibujo. Quiero seguir trabajando en esto. Me gusta, creo que al fin encontré mi rumbo.