¿Será por mi temperamento bucólico y rebuscado que la idea de pasar una temporada en Estados Unidos en medio de una ola de frío histórica, me puso nerviosita? ¿Será por eso también que una de las películas que me pone la piel de gallina es Doctor Zhivago? En el filme no hay nada explícito, pero toda esa nieve que aparece en pantalla sólo es capaz de derretirla una historia muy, pero muy hot, digo yo, como cuando Yuri Zhivago y la pálida Lara llegan al Palacio de hielo y en medio de las estalactitas se las arreglan para entrar en calor.

En fin, mejor volvamos  al 2014 que son tiempos de cambio climático y no de revoluciones bolcheviques.

Mientras en Chile se sacaban la ropa para soportar un verano caliente, yo me enfundaba en pieles blancas (sintéticas claro) para combatir el frío del midwest norteamericano y esperar a mi marido. Creo que este ataque calentón fue, en mi caso, una herramienta de supervivencia biológica para sortear esta miniglaciación.
No sé quién inventó eso de que el calor y mucha piel a la vista es sinónimo de erotismo.  Es cosa de comparar el lirismo de Doctor Zhivago con filmes del tipo Pantaleón y las visitadoras y su atmósfera sofocante y pegajosa.

¿Qué será mejor? ¿Un verano caliente o un invierno tórrido? Como soy una persona ante todo seria, casi siempre tengo a mano alguna investigación del Primer Mundo. Pero esta vez no encontré ningún estudio concluyente. Algunos autores sostienen que el peak de la concepción ocurre a finales de otoño (estamos hablando de estudios realizados en el hemisferio norte), mientras que en las regiones más septentrionales (es decir, con climas realmente helados) su población concibe mayoritariamente en la primavera. Lo único claro es que para los humanos no importa demasiado la estación del año si se trata de bajos instintos.

Por eso yo esperaba a mi marido vestida de blanco inmaculado, pero con los más oscuros pensamientos.

Cuando por fin José Ignacio abrió la puerta, ignoró olímpicamente mi look siberiano y, en cambio, partió derechito a tapiar ventanas, secar leña y revisar la caldera. Luego me dijo que la temperatura estaba descendiendo rápidamente y que en esta parte del midwest  las ráfagas de vientos llegarían hasta peligrosos  -40 grados Celsius.

Me alarmé. Conocía el cuento Encender una hoguera, de Jack London, donde un tipo que viaja por Alaska debe armar un fuego urgente si no quiere morir congelado en cuestión de minutos. El personaje es algo bruto y lo único que sabe es que si escupe y su saliva se congela antes de tocar el suelo, está en peligro vital.

Todavía envuelta en pieles y con la novela de London en mente, me asomé por la puerta principal. Fue como si la misma muerte soplara en mi cara. Como pude junté saliva y escupí, pero ésta cayó sobre mi bufanda convertida en un pedazo de hielo poroso. Entré de inmediato, asustada. José Ignacio me observaba con curiosidad.
“Mirarte vestida como un animal polar me da todavía más frío. ¿Por qué no te pones otra ropa más normal?”.
Le encontré razón. Acto seguido, saqué mi pijama matapasiones y me cubrí con dos mantas. Y fue así como por culpa del vórtice polar pasé de creerme la diosa de hielo a sentirme como una foca con gripe.

Pero parece que para el gusto de José Ignacio no me veía tan fatal. Al revés, me miró con cierto propósito y ya pueden imaginarse lo que pasó después en nuestro propio palacio de hielo.
En fin, mejor culpemos de nuestro comportamiento a los efectos del cambio climático.