“Su primer impulso fue rasgar el envoltorio, pero se contuvo. Entonces, tomó la cinta e intentó adivinar qué había dentro. Juzgó su peso y fantaseó con el contenido. Parecía un niño en el día de su cumpleaños”.

 La escena no trata de alguien que recibe un regalo. Describe a un hombre frente a una mujer vestida con ropa interior muy sexy, del tipo que la mayoría de nosotras relegamos al rincón donde tejen las arañas.

 ¿Por qué escribo esto? Porque acabo de enterarme que en el cerebro masculino la lencería ocupa una función similar al de los envoltorios de regalos: exacerbar la curiosidad. Tanto así, que experimentos con imagenología han demostrado que cuando un hombre observa fotografías de cuerpos femeninos vestidos con prendas hot, se activan los mismos circuitos neuronales que cuando se les entrega una caja envuelta con cintas y papeles brillantes y se les dice que es un obsequio.

Estas regiones cerebrales involucradas tienen que ver —según la neuróloga Susan R. Barry— con las funciones de ‘anticipación’ y ‘descubrimiento’ que resultan clave para mantener la mente en forma y el deseo en alto.

 La mezcla de curiosidad y lujuria sería el mejor aliado si lo que uno busca es uno de esos encuentros a la antigua, adolescentes, llenos de emoción, y no un vulgar apareamiento.

Toda la historia de la lencería estaría encaminada a potenciar esta fórmula (curiosidad + lujuria) y el sesgo visual de los hombres, que no ha evolucionado mucho desde la época de las cavernas. En el pasado, necesitaban de una visión privilegiada para cazar su alimento. Y hoy, no pueden evitar abrir los ojos o mirar con disimulo cuando algo parecido a una presa (esta vez sexual) se les cruza en el camino.

Por algo, en Estados Unidos hablan de una nueva moda, las sindies (por su sigla en inglés significa sin pareja, con ingresos y divorciada), mujeres que aficionadas a la moda íntima. La actriz británica Liz Hurley y la modelo británica Heidi Klum son exponentes de esta nueva raza de avispadas.

¡Como fui tan gansa, digo yo!, mujer de misa y supermercado dominical. De saberlo antes, abandono mis chitecos, tan castos y puros, y comienzo a coleccionar portaligas y corsés; culottes y corpiños de seda y encaje.

Lo importante es estar bien envuelta y presentada; como un regalo al que toma su tiempo descubrir debajo de tanta cinta y papelería.

 El único inconveniente que veo es que mi marido me exija ticket de cambio.