Si hay algo que me inquieta es cuando José Ignacio se pone cargante con mis pies. 

Cuando en invierno estreno un par de botines o en primavera dejo a la vista una linda pedicure, a mi marido le pasan cosas no muy espirituales. Hasta he llegado a pensar que, como muchos hombres, es un fetichista aficionado, un voyeur. No creo que sea de esos especímenes que besuquean un par de botas con fruición, pero de que le pasa algo con los pies, le pasa.

Pues bien, la otra vez que planificamos una escapada sin niños a la playa, José Ignacio me pidió que, si había sol, me pusiera unas sandalias atadas a los tobillos que él encuentra muy amorosas. Su solicitud fue una alerta sobre sus verdaderas intenciones, así que decidí darle una lección: esa misma tarde partí a comprar unos zapatos con plataforma tractor, conocidos en inglés como track sole. La primera vez que vi este modelito, pensé que no pasaría más allá de una extravagancia de pasarela. Pero como la realidad supera la ficción, hoy me he topado con señoras respetables encaramadas en esas plataformas dentadas sacadas de algún delirio de izquierda, algo así como la retroexcavadora de Jaime Quintana.

Mi plan era perfecto: montada en ese calzado monstruoso, seguro que a mi esposo se le terminarían las ganas y, con un poco más de suerte, hasta lo sanaría de sus gustos poco santos. ¿Me entienden?

Mientras elegía el par de track sole, me puse a pensar sobre la eterna fascinación que provoca el pie femenino en el sexo opuesto.

Según los eruditos, la veneración de los chinos por unos pies de talla pequeña fue incorporada con éxito a Occidente gracias al famoso escritor Charles Perrault, quien adaptó del país oriental la historia medieval de la sufrida Yeh-Hsien y la convirtió en el clásico infantil La Cenicienta. Así las cosas, el Príncipe Azul no sería más que un depravado obsesionado con una minúscula zapatilla de cristal.

Tan arraigada y universal es esta idolatría que ya en el siglo XIX fue estudiada por el siquiatra alemán Richard von Krafft Ebing, mientras que el padre del sicoanálisis, Sigmund Freud, llegó a la conclusión de que se trata de una parafilia que se origina cuando el niño siente un impulso irresistible por mirar bajo la falda de su madre pero, al reprimirlo, baja la vista y queda con los ojos fijos en sus pies. Hoy, en la época de la neurociencia, investigadores de la Universidad de California han postulado que tanto morbo se debe a que el sexo y los nervios de los pies son áreas vecinas en la corteza somatosensorial.

Otra cosa es el misterio de las preferencias por unos pies pequeños o por unos tacos gigantes. La primera llevó a los chinos a barbaries como vendar las extremidades de las niñas hasta deformarlas, mientras que en Occidente todavía los stilettos son sinónimo de feminidad y estatus. La explicación de algunos biólogos evolutivos es que esta predilección cumple el mismo papel que un plumaje demasiado tupido en un ave: se exhibe como una muestra de poderío, ya que ‘a pesar’ de este adorno, son capaces de volar y sobrevivir (principio del hándicap en la selección sexual). En otras palabras, las mujeres con pies mutilados se relacionan en ciertos contextos con un lugar superior en la jerarquía del grupo, sin contar con que unos tacos altísimos elevan el trasero de una ejecutiva de Manhattan de la misma forma como lo hace una mona babuina de las planicies africanas cuando busca aparearse.

Retomando esta historia, yo sólo quería darle una lección a Juan Ignacio y me compré unos zapatos tractor del terror.

Cuando ya estábamos en la playa, él esperaba ansioso a que bajara a la terraza con las menudas sandalias atadas al tobillo. Entonces, sin disimular demasiado, bajó la vista a mis pies. Su reacción fue primero de incredulidad. Luego me preguntó de dónde había sacado esas retroexcavadoras y —ahora la sorpresa fue mía— comentó entusiasmado que me veía irresistible. El resto de la historia está censurado.