Me encantaría ser una mujer ‘carnal’. Una de esas especímenes con cara de mala conducta que invitan a pecar. Pero resulta que últimamente como que me falta ‘chispeza’ sexual, parafraseando a nuestro Gary.

No es que jamás me asalten sensaciones lujuriosas o que no pueda convertirme en una bestia sexual sin Dios ni ley. El punto es que en el último tiempo, con tanto sueño atrasado, estrés de fin de año y buenas series en Netflix, el llamado de la selva resulta cada vez más distanciado.

¿Será la castidad el destino de todo matrimonio decente que ya cumplió con el mandato de la procreación?

Mi marido, aunque bueno y santo, no está de acuerdo con esta premisa y una noche llegó con una propuesta a la que yo no pude resistirme: “Tener más sexo hace a las personas más felices”, me dijo como al pasar.

Fue un golpe bajo lo suyo. ¿Cómo no intentar ser más feliz en un mundo donde es pecado no serlo? Además, ¿no fue un santo el que dijo algo así como “contenta Señor contenta”?

Entonces cedí a sus deseos y tuvimos una especie de revival erótico que duró un par de meses. Sin embargo, yo no me veía más feliz, sólo más ojerosa y pálida. José Ignacio, en cambio, andaba como renovado por la vida. ¡Claro! Si lo hacíamos cuando el perla tenía ganas y punto. “No te preocupes, ¡la alegría ya viene!”, me decía mientras no me daba tregua.

Hasta que un día mi doctor me preguntó por qué andaba tan fatigada y no me quedó más remedio que contarle —no sin antes ponerme colorada— la teoría de mi marido sobre el sexo y la felicidad. Apiadado por mi aspecto demacrado, propio de una esclava sexual, el buen hombre de ciencia me envió por email el único estudio serio que existe sobre la relación entre lujuria y alegría.

¿Y qué descubrí?

Pues que tener más sexo no hace a las personas más felices, sino que las personas más felices tienen más sexo. La investigación la realizó este año la Carnegie Mellon University con fondos del Departamento de Salud Pública del Estado de Pennsylvania (EE.UU.). A la mitad de las parejas se les pidió que aumentaran la frecuencia de sus relaciones sexuales durante tres meses y luego se las entrevistó sobre sus percepciones de deseo y felicidad. Para sorpresa de los científicos, quienes fueron inducidos a tener más sexo bajaron ambos índices (deseo y felicidad). Obvio —dirán algunos— a nadie le gusta que lo obliguen a hacer algo por muy beneficioso que sea. Pero si se analiza mejor, el resultado no es de perogrullo: en investigaciones similares a quienes se les solicitó realizar más ejercicio, dormir más o dar un paseo por la naturaleza, sí mostraron mayores niveles de bienestar.

Después de esta revelación, esperé a José Ignacio con el estudio (impreso y todo) en mis manos. Leí el documento párrafo por párrafo y me detuve especialmente en el comentario que hacía uno de los investigadores y que encontré de lo más sabio: “En lugar de pedirle a las parejas que tengan más sexo debimos ofrecerles servicio de niñera, habitaciones en un lindo hotel o sábanas de lujo”, eso facilitaría las cosas.

Mi marido, que puede ser medio calentón pero nada de tonto, entendió esta vez el mensaje y ahora pone especial atención en que duerma mis ocho horas, tenga tiempo para practicar yoga o escaparme a la playa de cuando en cuando.

En una de esas, relajada y saludable, me asalta el llamado de la selva y somos felices comiendo perdices.

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