Me enamoré de su nuez de Adán. Tan masculino, tan macho, tan bíblico. Nada más sexy que ese cuesco que subía y bajaba por su garganta mientras hablaba -en perspectiva- puras pelotudeces.

Aunque muy señora, no soy de fierro. Estaba loca por ese hombre y, como dije, por ese signo de virilidad indiscutida que es la manzana pecadora, estratégicamente puesta como para hincarle el diente.
Hasta que llegó la hora de la verdad. Ahí, en un hotel que olía a perdición, me encontré de pronto sin ropa, con la piel de gallina y el corazón dado vuelta. No tenía tiempo para hacerme la lesa, la desentendida. Además, el objeto de mis desvaríos no estaba para contentarse con un cuchi cuchi, porque hay un umbral en la fisiología masculina que no perdona a una mujer arrepentida, menos si por edad no corre el cuento de que una es virgen.

Entonces sucedió el desastre. Justo cuando me concentraba en su yugular, una especie de rayo divino disipó las nubes que ocultaban el pecado y el tamaño de esa nuez de Adán se me reveló exagerado. Ahora que lo pienso mejor, otorgaba a su dueño el aspecto de un buitre prehistórico, de un ave Dodo resucitada. Lo que minutos atrás era sexy se transformó en un abultamiento laríngeo repelente. En un juanete existencial.

Mi episodio es bastante común y sobre todo se desata en personas románticas por muy decentes que sean. Se trata del Síndrome de Repulsión Súbita (SRS), como ya está tipificado por la ciencia y, si bien es un asunto más viejo que el hilo negro, capaz de lo incluyan en el Manual de Trastornos Mentales y un laboratorio venda una droga para curar el espanto.

asquito

 

De un momento a otro, la química que engatusa el cerebro se disipa y aparece la realidad implacable, libre de perfumes encubridores y de feromonas truchas. El sujeto frente a nosotras no pasa de ser una criatura habitada por bacterias y cuanta alimaña microscópica exista en la creación. Como máximo, podemos sentir compasión por el destino trágico del homo sapiens, que también es nuestro.

Retomando la historia de mi paso en falso, no me quedó más remedio que cerrar los ojos y encomendarme a San Expedito para que todo sucediera rapidito. Y así fue. Luego de pasar piola, me vestí y abandoné la escena del crimen, rauda como una mártir del deseo.

Ojo si hay un fetiche de por medio. Puede ser un signo de inmadurez eso de ver al otro por presas y es posible que lo mismo que desataba lujuria termine por espantar. Es cierto que los matrimonios tampoco están libres del Síndrome de Repulsión Súbita.

Muchos maridos se preguntan si es asco lo que sienten sus mujeres cuando se hacen las dormidas, las agotadas. En estos casos, no se trata de una náusea repentina, sino de algo más parecido al hastío, a la flojera. Pero ese ya es otro tema y se mejora con harta fe en el futuro.

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