Me declaro una mujer fantasiosa. No piensen que me paso el día pensando en asuntos pecaminosos, propios de una cualquiera. Nada más alejado de la verdad. Lo mío es más romántico, sensual. Artístico si se quiere. 

Por ejemplo, el día en que apareció Angela Merkel probándose unos anteojos de realidad virtual en la feria tecnológica de Hannover, muy bien acompañada por su colega Barack Obama, como que empecé a imaginarme cosas curiosas. 

De partida, siempre he encontrado tincudo al presidente de los Estados Unidos, tostado, flexible e inteligente. Entonces, cuando la canciller de Alemania se probó esos anteojos y luego puso cara de ‘está buena la cosa’, dejé a un lado mis prejuicios y me dispuse a explorar las posibilidades románticas de la VR (Virtual Reality), como le dicen los gringos.

 El inicio de mi investigación no fue lo que esperaba. Tras una miniencuesta entre conocidos ‘viajados’, me enteré de que en Las Vegas —ciudad del pecado por excelencia—, hay un proyecto para que en las habitaciones de algunos hoteles se puedan arrendar películas de esas que pavimentan el camino al infierno. ¿La novedad? Pornografía en VR (me autoflagelo al escribir esta palabrota). Como dicen por ahí: “si algo existe, alguien ya hizo porno con eso”.

Como a cualquier mujer decente, la pornografía no me provoca nada. Al revés, en lugar de ponerme lánguida y hacerme bajar las defensas, me convierte en una mujer de hielo. Pero ese es otro tema.

Lo que aquí interesa son las posibilidades de la tecnología informática para difuminar los límites que separan la realidad de la irrealidad; la rutina de las fantasías.

¿Qué haría con uno de esos lentes que ya venden en las grandes tiendas y con un software a mi medida? Creo que mi comportamiento no sería demasiado distinto al de la mayoría de las mujeres casadas que se deben a su marido y a su casa. O sea, a la primera posibilidad manipulo el programa para que cuando José Ignacio se ponga cargante (quiera sexo sin previa alguna)  lo convierta en un abrir y cerrar de ojos —perdón, en un abrir y cerrar de interfaz— en mi fantasía erótica del momento. Esta puede ser mi doctor favorito o algún personaje que despierte mis bajos instintos. Me imagino que antes debo poner una foto del prospecto sexual y luego esperar a que la tecnología modifique mi entorno para iniciar la aventura. Otra posibilidad es sumergirme en una historia cargada de tensión erótica, algo así como en la película El paciente inglés, y dejarme arrastrar por el guión, las imágenes y la música. Hasta el mismo José Ignacio podría ser parte del juego. 

Como ocurre con cualquier tecnología, resulta difícil establecer los límites entre lo bueno y lo malo. Según averigüé, algunas empresas han desarrollado dispositivos más complejos, como guantes que entregan la sensación de tener o sentir un objeto en las manos con sensaciones como presión, calor y textura. Bueno, aquí la cosa se pone más peligrosa porque ‘del placer al vicio no hay precipicio’, como decía mi abuela que no tenía un pelo de tonta.

Eso de tener todo, literalmente, ‘a la mano’ puede convertirnos en unas depravadas en potencia. Y ni imaginar las consecuencias en el sexo opuesto que ya con películas triple X tradicionales quedan felices.

Pensándolo mejor, estas nuevas tecnologías pueden llevarnos al fin de la especie.

Mejor me quedo con mis fantasías en 2D y con mi realidad virtuosa y no virtual.