Llegó el invierno y no sólo el Imacec está a la baja. También los deberes profanos con mi marido. Después de tantos años casados, con hijos y un trabajo que me deja medio muerta al final del día, no me da el espíritu -menos la carne- para tener sexo.

Tampoco se trata de un asunto de preámbulos en la onda música, champaña y masajes exóticos con aceite de piñas antárticas. Eso de que a la mujer hay que estimularla (como lo de Fantuzzi y su muñeca inflable) puede ser la peor idea, más que por machista por cargante. Para un mujer de su casa, como yo, el único afrodisíaco posible es dormir.

Lo triste del asunto es que mi marido como que se resignó a un destino casi monjeril. El pobre llega directo a ponerse un pijama matapasiones y toma el control remoto como si fuera lo único que le entrega algún tipo de contacto.

La alarma se encendió cuando José Ignacio no entendió mis insinuaciones esa vez que salí de la tina con tacos altos -así, como al descuido- y una copa en la mano. Me planté frente a él y, para mi sorpresa, me dio un beso en la frente, y me dijo “Jose, vi tu tazón para el agua de hierbas en la sala de estar, para que no uses el cristal de Bohemia que nos regaló mi mamá. Buenas noches”. Y apagó la luz con la actitud de un perro apaleado de tanto pedir carne al casero.

El terror se apoderó de mí. ¿Y si mi esposo termina convertido en un ser totalmente asexuado por mi pereza que como la lujuria, también es pecado? ¿Podría culparlo si un día le ‘tinca’ ponerse mi collar de perlas y seguir los pasos de Bruce Jenner, ex recio atleta, hoy transformado en la Caitlyn de ese clan de mal vivir, ¿cómo se llama? Las Kardashians? Entonces, pasaría de llamarse José Ignacio a Josefina y un consorte trans lo podría soportar, pero encima tocayas, es demasiado.

Huele a peligro, pensé, y me propuse un experimento: tener sexo todos los días pase lo que pase. Con lluvia y frío no quedaría noche, tarde o mañana sin entregarme a los dictados de la cruda naturaleza.

Reconozco que mi idea no fue original. Surgió después de leer 365 Nights, a Memoir of Intimacy, cuya autora, Charla Muller, es una dueña de casa norteamericana que tras ocho años de matrimonio se dio cuenta de que algo debía hacer si quería salvar su relación. El libro se convirtió en bestseller y su principal lección es que, pasada cierta edad, nada, absolutamente nada bueno en la vida es espontáneo. ¿Por qué entonces no hacer de uno de los pilares de la unión ante Dios algo igual de prioritario como es alimentar la familia (Ese dicho de ‘hacer las tareas’ tiene la sabiduría y picardía de nuestro Chile Profundo).

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Cuando le informé a José Ignacio mi decisión, no lo podía creer. Dijo que necesitaba aire y salió a dar una vuelta. ‘Quizá ya es demasiado tarde y ahora mismo se pone unos tacos’, pensé. Pero regresó a los 20 minutos para pedirme cumplir con mi cometido esa misma noche (un miércoles). Le respondí que se tomara las cosas con calma y que mejor partiéramos el sábado. Ya el jueves comencé a dudar de mi capacidad aeróbica para sostener el ritmo salvaje de mi promesa y partí a examinar mi corazón. El doctor me auscultó, se río y me dijo que no tenía ningún problema físico.

De todas formas, por la tarde fui al gimnasio, así como para tomar impulso y no estirar la pata en el intento (nada menos decoroso que morir sin cara de santidad, precisamente). El viernes amanecí ansiosa y me lo comí todo. Empezaba a arrepentirme, ¿Y si en lugar del pecado de la pereza caía en la lujuria y me convertía en una bestia insaciable? Entonces fui a hablar con el cura amigo quien me advirtió que la Iglesia no tenía una guía para esos casos. Me mandó al sicólogo. Demasiado tarde.

Esa noche no dormí y el sábado amanecí con una jaqueca horrible. José Ignacio se compadeció y me preparó, amoroso, un agüita  y se llevó a los niños a pasar el fin de semana a la casa de su mamá. Dormí hasta el domingo, tan profundo que no sentí cuando volvió. A la mañana siguiente lo miré con ternura y no sé si fue la cura de sueño o la lectura de la gringa calentona, pero de la ternura pasé a la perplejidad y de ahí a la malicia. Bueno, ya se imaginan lo que pasó.

No cumplí fielmente el método Muller, pero esa mañana fue suficiente para que a mi marido le volviera el alma al cuerpo y de nuevo se atreviera a tomar la iniciativa sin miedo a salir humillado y ofendido.

Lo que es yo, volví a dejar mi collar de perlas sobre el velador sin temor a que Jose Ignacio un día de estos se lo ponga encima.

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