En el sexo también ‘se aparece marzo’, como se dice. Me refiero a que la rutina mata la pasión, la locura y mejor ni hablar si se trata de una relación de años, oleada y sacramentada ante Dios y la ley.
Fue lo que nos ocurrió a José Ignacio y a mí cuando regresamos de vacaciones y nos enfrentamos a una larga lista de deberes (colegio, patentes, etc.). Entonces, el llamado de la selva se convirtió apenas en el murmullo de un animal herido, moribundo. Algo así como el deseo ‘estirando la pata’.
Estábamos conscientes de la situación, pero intentamos hacernos los lesos y conformarnos con tomarnos las manos, como recién salidos de una pastoral familiar. Bonito, pero triste.

Hasta que en un asado nos topamos con una pareja demasiado desinhibida para mi gusto, ya que después de la segunda copa de vino se pusieron a contar su vida sexual como si estuviéramos en una charla de Cartuchos Anónimos y ellos fueran los coaching rehabilitados.

La insospechada pareja tenía sexo varias veces a la semana, en distintos lugares de la casa y hasta se fugaban a la hora de almuerzo a uno de estos lugares construidos para pecar (moteles, creo que se llaman). Probaban posiciones, se untaban con diferentes sabores y hasta cometían la ordinariez de enviarse emoticones.
“La rutina mata el sexo así que hay que intentarlo todo”, sentenció la mujer mientras todas las presentes la observábamos como si fuera de otro planeta. Una diosa del placer.

En fin, apenas salimos de la reunión le dije a José Ignacio “Tenemos que hacer algo” y mi maridito se tomó todo al pie de la letra, porque apenas llegamos a la casa se puso cargante y no me quedó más remedio que moderar su entusiasmo con un codazo y un sermón: “¿Acaso no entendiste el mensaje?, hay que hacer algo que no sea ru-ti-na-rio, sobre todo ahora que empieza el año”.

José Ignacio se molestó un poco, pero al ver que mi intención de cambiar nuestro rumbo carnal iba en serio, quedó a la expectativa. Al día siguiente, hicimos una lista con ideas y la que nos pareció más fácil de concretar fue citarnos en un motel, aventura que ni siquiera exploramos durante nuestro tiempo de pololos.
Luego de buscar por internet varias opciones nos decidimos por el que nos pareció más higiénico.

Cuando llegamos, el lugar efectivamente estaba limpio, aunque la decoración, entre sicodélica y naif, dejaba harto que desear e incluía un columpio justo encima de la cama para realizar quizá qué maniobras eróticas que quedaban fuera de mis posibilidades, tanto por mi estado físico como por mi educación en colegio de monjas. Sin embargo, otra vez mi maridito se entusiasmó y mientras se sacaba la ropa me animó a subirme y así él ‘me echaba vuelito’. Eso de ‘echarme vuelito’, me cargó, lo encontré de pésimo gusto, y volvimos a la casa entre resignados y orgullosos por no entregar nuestros cuerpos en ese antro de la perdición.

Hogar, dulce hogar. Nos reconciliamos y quedamos de volver a nuestra tradición de tener sexo los sábados sin panoramas ni niños de por medio. Después de todo, si no puedes vencer a tu enemigo —la rutina— únete a ella y marca con rojo en el calendario los días dedicados al sagrado mandato de la procreación (hacer del sexo una prioridad y agendarlo es una de las recomendaciones más usadas por los terapeutas sexuales).

Aunque, debo admitirlo, la idea del columpio pecador me ronda de vez en cuando.