Mi marido, pudoroso, jamás me había confesado que se contaba en este target de fantasiosos. Recién comencé a sospechar cuando me anunció que el viaje de vuelta de nuestras vacaciones sería en primera clase. Claro que mi alerta de vuelo se encendió cuando me pidió que me pusiera algo bonito y no mi tradicional traje de viaje que consiste en buzo y zapatillas. Según él, quería revivir los vuelos de los ’60, cuando tomar un avión era una experiencia no masiva; las mujeres vestían tacos y los hombres corbata. Cuando volar era sinónimo de glamour y todos sabemos que el glamour es sexy.

Pero los tiempos cambiaron y si usted compra un ticket en clase turista convendrá que lo más erótico a lo que puede aspirar es a un vulgar toqueteo mientras acomoda el equipaje de mano,igual que en la hora punta en el Transantiago.

Por fortuna, los miembros del Mile High Club se las ingenian para mantener vivo algo del hechizo del pasado. Este pintoresco club nació justo hace 100 años gracias a la invención del piloto automático que permitió a la tripulación hacer de las suyas a bordo mientras la nave seguía derechito. De acuerdo con in artículo en The Atlantic, la industria aérea sigue vendiendo la fantasía del erotismo. Singapore Airlines, por ejemplo, promocionó los vuelos de lujo mostrando suites adornadas con pétalos de rosa. Más modesta aparece la propuesta de la neozelandesa Skycouch, donde tres asientos de clase económica se transforman en una cama y que venía con la publicidad-advertencia: ‘sólo mantener la ropa puesta’. Sin contar con las pymes que ofrecen sus pequeños Piper o Cessnas con un colchón y vuelos de una hora y que partió con el experimento de Erotic Airways. Pero mi marido jamás me arriesgaría a morir pilucha sobre una colchoneta y en caída libre. Su opción fue una discreta primera clase en la última fila que, todos sabemos desde el colegio, es la fila de la mala conducta.

Fue entonces cuando comprobé cómo la altura y una cuota de glamour disparan las hormonas. A medida que la Tierra iba quedando atrás José Ignacio se transformó en un águila depredadora y apenas el avión se estabilizó, comenzó a desabrochar mi cinturón como si se tratara de uno de castidad. Pero las turbulencias nos obligaron a volver a las correas durante casi todo el vuelo y con tanto susto mi águila terminó convertida en un zorzal de parrón…

Según Freud, soñar con volar revela deseo sexual, mientras que un avión que cae simboliza sucumbir a los más bajos instintos.
Parece que por ahora, José Ignacio tendrá que seguir soñando.