Cuando una piensa que ya nada puede sorprenderla, que la decadencia de Occidente tocó fondo, siempre aparece algo que justificaría llamar al Bus de la Libertad o acudir al Tribunal Constitucional.
Esta vez sucedió en Holanda. En una Iglesia. Saint Jozef, pare ser más precisas.

Un par de actores porno fueron sorprendidos teniendo sexo en ese lugar reservado para expiar nuestros pecados. Todo terminó mal, muy mal, incluido el cura que de la pura impresión se convirtió en una especie de exorcista de la lujuria.

Resulta que a los directores del filme no se les ocurrió nada mejor que usar como escenario una parroquia ubicada al sur de ese país europeo famoso por su desenfreno. Primero grabaron exteriores en un callejón y luego -en una jugada audaz y sin respeto- los protagonistas tuvieron sexo en el mismísimo confesionario del lugar.

El sacerdote se enteró de lo ocurrido cuando llegaron a su poder unas escenas que no eran precisamente para ver en Semana Santa. Horrorizado, partió a buscar crucifijos para espantar del templo a don Sata que, seguro, estaba muerto de la risa en medio de tanta perdición. Convertido en un cura de acción, como ese de ‘El exorcista’, se puso a santiguar y rociar con agua bendita el sitio profanado cual bombero que ataca las llamas del pecado.

Por supuesto que llegaron los curiosos, entre ellos, un par de monjas que prometieron hacer justicia con sus propias manos. También unas señoras muy pías y de misa dominical, aunque las malas lenguas dicen que sólo acudieron con la esperanza de ver al actor porno -un joven no muy cristiano pero bien dotado- ya que desde hace rato las pobres mujeres no tenían pecado que confesar.

El asunto de la Iglesia en Holanda terminó en los tribunales.

Lo que es yo, mientras leía tanta degeneración junta, me puse como inquieta, como nerviosa. O sea, me empecé a pasar películas triple X en mi cabecita loca, porque si hay algo que desata los bajos instintos es saber que estamos haciendo algo cochinón, prohibido. ¿Y qué más arriesgado y retorcido que tener sexo en el confesionario de una iglesia? O sea, justo donde una cuenta sus maldades a un representante de Dios aquí en la Tierra para luego ser perdonada.

“Lo que hicieron esos actores es como confesar los pecados en vivo y en directo, sin intermediarios que pasen la cuenta”, pensé entusiasmada. Se me había metido el Diablo en el cuerpo.

¿Por qué no proponerle a mi marido echar una canita al aire en la Iglesia del cura amigo? Total, somos feligreses respetados, pagamos nuestro diezmo y nos casamos en su altar. Además, tampoco nos íbamos a mandar una porno completa (ya no estamos en edad). Sólo quería una travesura adolescente, de esas que una hacía rapidito, con emoción, para que no la pillaran los papás.
Y esperé a José Ignacio mientras seguía leyendo sobre el caso holandés.

Al sacerdote le fue mal con su denuncia ya que la Fiscalía estimó que la blasfemia -o sea, atentar contra la divinidad- no constituía delito, aunque sí es un acto dañino e irrespetuoso. Este antecedente (ausencia de dolo) me entusiasmó más aún y apenas llegó mi señor esposo le sugerí “ir a dar una vuelta” a la parroquia.

Al principio José Ignacio pensó que se trataba de un funeral, pero cuando le conté mis planes, no pasó un segundo antes de acusarme de hereje, impía y otras cosas. Mejor -me dijo- veamos la famosa película en Netflix. Por supuesto que no estaba y terminamos frente a una teleserie nacional (‘Perdona nuestros pecados’ creo que se llama) que igual salvó tanto la noche como mi honor.

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