Me cuesta entender esto de los heterocuriosos. Es decir, esos jóvenes (y uno que otro vejete desubicado) que juran que son heterosexuales pero que están dispuestos a probar con su mismo sexo para experimentar nuevas y locas sensaciones. Más bien tengo la impresión de que se trata sólo de una moda medio hipster que abunda en lugares como Lollapalooza y otros antros de la perdición.

Lo que es a mí, desde que tengo memoria, que me gustan los hombres bien hombres. Y si alguna vez he sentido curiosidad es de caer en pecado con ese joven tan maduro para tener 27 años; de tentarme con el cirujano con inclinaciones sadomasoquistas o de sucumbir con el mecánico tan bruto y recio.

Pero en fin, de todo hay en la viña del Señor, y esta variedad es todavía más infinita si de bajos instintos se trata. Y yo seré medio cartuchona, pero ante todo soy flexible. Sobre todo si hay argumentos científicos de por medio. Por lo mismo, no me extraña que en un tiempo más la heterocuriosidad se considere algo así como un eslabón perdido en la sexualidad humana.

Todo partió a la mañana siguiente de Lollapalooza. Mi hijo adolescente me contó, como si nada, que en ese festival con nombre de detergente pululaba todo tipo de extravagancias sexuales, y a mí como que se me pusieron los nervios de punta.

De todas estas rarezas, una me quedó dando vueltas: la heterocuriosidad. Cuando por fin me quedé sola, partí a buscar el libro S=EX2: La Ciencia del Sexo, de Pere Estupinyà para encontrar alguna pista seria sobre este nuevo fenómeno (¿o perdición?) social.

¿Y qué encontré? Un término que me pareció bastante ad hoc y que los expertos conocen como ‘fluidez sexual’.

Me explico. Resulta que la bisexualidad no sería una simple transición hacia la homosexualidad. Cito textualmente: “…en algunos casos la diferencia entre bisexualidad y homosexualidad es una cuestión de grado, y los términos deberían ser más laxos, especialmente en el género femenino”. Es mi deber aclarar que no se trata de que nuestra orientación sexual, que viene definida con un fuerte componente biológico, la podamos modificar así como así. Lo que puede variar es la expresión y el comportamiento de nuestra sexualidad, especialmente cuando somos jóvenes, y aquí influye mucho el contexto, los estímulos y, por supuesto, las modas.

Para ponerlo en términos más simples: puede que yo sea fiel al tradicional y buen filete y que jamás probaría una culebra asada al palo. Pero si algún día —Dios no lo permita— me encuentro perdida en una isla desierta, llevo tres días sólo comiendo raíces y de repente veo que mi compañero de naufragio prepara un anticucho de reptil, capaz que hasta se me haga agua la boca. Un heterocurioso, en cambio, probaría una culebra a la parmesana en el restorán de moda de puro ondero. Como vemos, algunos lo harán por necesidad, mientras que un tercer grupo preferiría morir antes que comerse al lagarto Juancho.

Pero para qué vamos a ponernos en situaciones extremas. Que cada quien coma lo que quiere siempre y cuando no sea con escándalo.

Sólo hago un llamado a no olvidar lo que la sabiduría popular nos enseña: “la curiosidad mató al gato”.