Ocurrió de sopetón mientras revisaba internet: “Un vecino quiere tener sexo contigo ¡Ahora!” decía el aviso que se coló en mi teléfono inteligente. La frase era acompañada de fotos de hombres relativamente atractivos; o sea, realistamente atractivos.

Para mí, una mujer de su hogar, el pantallazo fue como ingresar a una dimensión desconocida habitada por zombis sexuales camuflados detrás de casas y familias perfectas. Sentí miedo, curiosidad y, admitámoslo, algo de calor.

Desde que me instalé por una temporada en un suburbio de Estados Unidos, mi libido bajó al nivel de una abeja obrera estresada. Nada por aquí, nada por acá; sólo mi marido, sus viajes de negocios y sus intentos matutinos sin emoción mientras todavía permanezco en la fase REM.

El panorama resulta desolador para una mujer que vive de sus fantasías. Los hombres apenas se bajan de sus autos, y como no uso mis anteojos, no los distingo muy bien cuando me siento en el porche (así se llaman aquí las terrazas que dan a la calle) y los observo, por ejemplo, arreglando sus jardines. Los cafés, en cambio, son reductos adolescentes y de uno que otro ocioso con tanto tatuaje y piercing que apenas se ve qué hay detrás.

Por eso, el aviso en internet me cayó del cielo (¿o del infierno que es más entretenido?) así que me dispuse a tener una fantasía online.

Algo sabía de las aplicaciones que ubican una pareja sexual gracias al GPS. Prometen un servicio rápido, sin ataduras y geolocalizado. Me parece que la primera fue dirigida al público gay y tuvo éxito. Para la industria de software el desafío eran los hetero, porque si tienen una aventura casi siempre es a la mala-mala y, además, esto de subir a la web nuestro perfil y mostrar abiertamente las ganas de pecar ‘a secas’ resulta peligroso.

Pero los genios de la computación tienen la pura cara nomás, porque las app más avanzadas —getpure.org, por ejemplo— cuentan con un mecanismo que elimina los datos del usuario tras una hora de subirlos. Algo así como “este mensaje se autodestruirá”.

Lo curioso es que, a pesar de estar diseñados para satisfacer los bajos instintos, muchos sitios web de estas aplicaciones  incluyen una declaración de principios que mezcla la filantropía de una ONG con un manifiesto contra las ataduras del sistema. ¿Será para sentir menos culpa digo yo?

Como sea, después de leer estos mensajes, ingresé mis datos, mis preferencias y por un puñado de dólares, el GPS comenzó a construir un mapa del barrio con los posibles candidatos.

En eso estaba cuando se me ocurrió asomarme al porche —esta vez con anteojos— y dar un vistazo al vecindario.

Fue entonces cuando contemplé la realidad. Lo que antes eran sólo siluetas masculinas cortando el pasto, arreglando el techo, abriendo la puerta del garaje, se convirtieron en hombres de carne y hueso: un gordito transpirando por aquí, un marido pelado por allá, un treintañero acosado por tres hijos pequeños al borde del colapso nervioso…

Sin siquiera pensarlo cancelé la operación.

No sólo me aterró el panorama, sino que otro detalle pasó por mi atolondrada cabeza: ¿Y si luego me topo con un ‘contacto casual y sin ataduras’ en el supermercado o en la esquina? Esto quizá funcione en la anónima Nueva York, ¿pero en un lugar donde todos se conocen? Tampoco los candidatos eran como para arriesgarse tanto. Por Jude Law me la juego, pero por un vecino promedio mejor me quedo con lo que hay en casa y puedo salir sin paranoia a dar una vuelta a la esquina. Aburrida, pero con la frente en alto. Digna.

Lo que todavía no inventan es una aplicación que rastree donde se ubican las aventuras de una noche, los lateros y los copuchentos para así ofrecer una ruta alternativa y hacerles el quite. Esa tecnología sí que la compro.