Es pleno verano y estoy decidida a que sea lo más caliente posible. Mi arma de seducción: los selfies.

Estoy consciente de que se trata de una actitud algo inmadura para una mujer que debería estar pensando en la mejor relación precio/calidad de uniformes escolares y no en portarse mal como una adolescente. Pero tengo una excusa: después de pasar una temporada polar en el hemisferio norte como que me liberé; como que se me soltaron las trenzas y como que no quiero saber nada con enfriamientos de ningún tipo.

Todo partió luego de leer un interesante artículo sobre por qué mucha gente no puede vivir sin sus teléfonos inteligentes. Se desesperan y entran en pánico si, por ejemplo, se les quedó en la casa. Bueno, según un paper del Franklin & Marshall College, de tanto usar estos aparatos llegamos a considerarlos una extensión de nuestros cerebros, una prolongación de nuestros mismísimos cuerpos.  Siguiendo esta misma línea de estudio, los selfies serían una nueva forma de extender en el tiempo y en el espacio nuestra carne pecadora.

Postear autorretratos sugerentes estaría emparentado a la forma en que el león mueve, coqueto, su melena al viento para que la leona lo elija como el padre de sus hijos. En otras palabras, en los selfies el homo sapiens encontró una nueva arma en la guerra de la selección sexual donde, según Darwin, no sólo sobrevive el más fuerte, sino que también el más sexy.

Vamos por parte.

El selfie es un autorretrato tomado usualmente con un teléfono móvil, extendiendo el brazo o usando un espejo, y que es subido a las redes sociales. Existen de toda talla y laya: hay selfies ‘científicos’, como el que se tomó un astronauta en plena caminata espacial; ‘políticos’ como el de la jefa de gobierno de Dinamarca junto a Obama durante el funeral de Mandela; ‘saca-picas’ como los de las flacas recién paridas que quieren que todo el mundo se entere de lo regia que quedaron, y así hasta el infinito. Eso sí, todos comparten un obvio exhibicionismo y una más o menos explícita intención de mostrarse vigentes en el mercado sexual. Y así como la ley de la selva favorece al ciervo que exhibe la cornamenta más frondosa, entre los humanos hoy el tema del éxito reproductivo puede pasar por quién despliega su mejor foto en el no menos salvaje mundo de las redes sociales.

En mi caso, no fue una decisión fácil iniciarme en el universo selfie. Quienes lo usan y abusan tienen fama de narcisistas, baja autoestima y —para rematarla— algunas intelectuales sesudas como Gail Dines lo asocian a un mundo donde las mujeres son visibles sólo en la medida que son ‘joteables’… pero como este verano eso es justo lo que ando buscando (que me joteen) lo primero que hice tras adquirir mi nuevo teléfono con front-facing y abrir una cuenta en Instagram fue ponerme a ensayar mi mejor cara de ‘¡Hey aquí estoy!’ y luego decidir a quién enviar mis autorretratos hot.

Fue en este punto donde todo comenzó, como se dice, a guatear.

Para empezar mis contactos estaban descartados. Ex compañeras de las monjas; miembros del Club de Galletas de Pascua; otros apoderados del colegio…Un gran bostezo. Claro, lo lógico sería pensar en mi marido, pero si apenas me contesta el timbre de la casa, es bien poca la atención que de él puedo esperar.

No me quedó más remedio que recurrir a mi amiga Teresa, la más audaz de todas, por lo menos para tener una opinión de mis fotos. Probé y traté con cada ángulo de mi cara; cerré los ojos con distinta intensidad; lo intenté con la blusa abotonada y también con dos botones abiertos, así como al descuido. En fin, hice todo lo posible por dar con el selfie apropiado. Al final, agotada, exhausta, destruida, apreté el send y —acto fallido o simple agote— envié por error una foto absurda a todos mis contactos. Allí aparecía yo en una posición imposible y haciendo un puchero a lo Chadwick en un intento por aparentar una boca sensual.

Por supuesto, el bullying no se dejó esperar. Tanto así que cerré la cuenta y decidí que mejor exhibía mis atributos como una cierva silvestre; como una alondra del bosque; como una tigresa de Bengala; es decir, en el mundo real y tangible. Nada de experimentos virtuales porque el selfie perfecto no existe. Ese que, según mi idea de la virtud, debe ser decente y calentón a la vez.