Uno de mis propósitos para este 2015 es tener más y mejor sexo. Pero como soy una mujer casada y honorable, me vi en la necesidad de comunicárselo a José Ignacio. Primero me miró desconcertado, pero luego apareció como un perrito faldero y, tomándome de la mano, me llevó a la cama. 

Entonces quise morir. Sentí que mi vida sexual no tenía salida porque para mi marido el buen sexo era sinónimo de arrumacos y de ‘conexión emocional’. Pensó que quería jugar a las tortolitas o a esos pingüinos donde el macho es pura devoción. Muy amorosos serán, pero yo no quiero en mi cama al héroe de La marcha de los pingüinos, sino que a un león de esos que dan mordiscos en el cuello sin nunca lastimar a su leona. ¿Cómo le digo esto sin ofenderlo?

No lo culpo por no entender mi indirecta. Son cientos los mensajes que suponen que las mujeres quieren sólo sexo ‘cariñoso’. Por eso, venir y decirle que sueño con un poco de rudeza, de cochinada, de forcejeo le podría provocar un síncope. ¿Desde cuándo me puse así de machista? ¿No estaría leyendo tonteras como Las cincuenta sombras de Grey?

A José Ignacio no puedo llegar y explicarle que la última vez que sentí —como decirlo—… calor, fue cuando vi a su cirujano vestido con traje verde y mascarilla.

Por suerte la literatura estaba de mi lado.

El editor científico Matthew Hutson enumera una serie de razones por las que a las mujeres les gusta el sexo rudo que van más allá de experimentar con juegos sadomasoquistas. Según el escritor, para muchas resulta excitante sentirse deseadas al punto de provocar que la tomen por la fuerza y —ojo— que esto poco tiene que ver con una violación porque si bien se trata de una fantasía común, no pasa de ser eso, una fantasía donde al final de cuentas es la mujer la que tiene el control.

De todas las hipótesis que Hutson enumera, hay una que me hizo sentido (aunque por tratarse de sicología evolucionaria no está empíricamente comprobada): la mujer estaría biológicamente programada para rendirse frente a un macho exitoso y dominante, al igual de lo que ocurre con muchos otros mamíferos donde la hembra es perseguida e inmovilizada. Y, claro, en el árbol filogenético (que muestra las conexiones evolutivas entre las especies), nosotros estamos más cerca de los leones —y ni decir de los gorilas— que de las aves y, por lo tanto, de los pingüinos. A esta explicación darwiniana habría que agregar una de naturaleza fisiológica: frente al estrés y al peligro, el sistema nervioso simpático activa la respuesta de lucha y huida con signos como aumento del ritmo cardíaco, dilatación de pupilas y excitación. Nadie habla de causar daño porque hasta un león conoce el límite y retrocede si la hembra no está receptiva. En fin, un forcejeo, un apretón y unas cuantas palabras poco santas no le hacen mal a nadie, digo yo.

Por último, hay un argumento que de puro cínico me da vergüenza escribirlo, pero lo digo igual. Se trata de la flojera, porque la idea de que otro se lleve todo el trabajo es muy excitante. Además, una de las grandes razones por la que las casadas le hacen el quite a sus deberes maritales es por cansancio. Incluso la escritora Tracie Egan, quien se declara feminista, escribió un ensayo al respecto en la ondera revista Vice.

Bueno, todo esto es para decir que ya ‘perdida la inocencia’, como cantaba Raffaella Carrá, uno no busca tantas velitas, cuchi-cuchi ni menos a Happy Feet en la cama, sino que a un gran felino que ruja fuerte. Un dato freak: el órgano sexual del león macho contiene unas especies de púas que provocan un leve dolor a la leona con el propósito de que a su cerebro lleguen señales para la maduración de los óvulos.

Al final del día, puse todos estos antecedentes en manos de José Ignacio. Le expliqué que en el reino animal estamos más cerca de los tigres que de los plumíferos románticos, aunque le aclaré que menos tenemos que ver con criaturas que han llevado las malas prácticas sexuales al extremo, como algunos arácnidos e insectos. 

¿Y saben lo que hizo mi rey de la selva? Me invitó a ver juntos un documental de Animal Planet.

¡Plop!