En mi caso, no fui de las que festejó como Dios manda porque hace tiempo me convertí en una corrupta del sexo. Sí, como más del 60 por ciento de las mujeres de Occidente, la mitad del tiempo finjo para que mi marido quede contento, mientras yo me ahorro una jaqueca.

No digo que mis orgasmos sean FALSOS así con mayúscula, porque eso ya suena más a ilícito, al borde de lo delictivo y escandaloso. Prefiero hablar de ‘orgasmos ideológicamente falsos’ porque, además de ser un término de moda, se ajusta más a lo que ocurre cada vez que José Ignacio se pone cariñoso y yo cumplo con mis deberes maritales.

A veces, cuando la culpa me persigue, me imagino en un Tribunal del Placer donde el juez es Dios y, quien me acusa, el mismísimo fiscal Carlos Gajardo que, con tono inquisidor pero juguetón, me interroga sobre mi actuar fraudulento. Entonces le respondo: “mis sonidos y palabras calentonas, señor fiscal, no constituyen delito alguno, menos aún un crimen. Son sólo una práctica irregular muy extendida en amplios sectores para mantener funcionando la institucionalidad. Además, si finjo, termino creyéndome el cuento y hasta bien lo paso”.

Sé que más de alguna me reprochará que con mi actitud, las mujeres jamás aprenderemos a pedir lo que queremos. Sin embargo, después de leer un artículo científico por aquí y otro por allá, confirmé que tener orgasmos medios truchos no es tan malo y hasta se trata de una costumbre extendida en la naturaleza.

Para empezar, los especialistas aún no se ponen de acuerdo si el orgasmo cumple algún tipo de papel reproductivo relevante, como podría ser ayudar a la movilización de los espermatozoides. La comunidad científica se divide entre quienes piensan que el placer sexual femenino es sólo un vestigio de la evolución —algo así como una muela del juicio chacotera— y los que apuestan a que se trata de una adaptación para la supervivencia de la especie. Estos últimos opinan que estamos frente a una ‘llamada de última hora’ que hace la hembra para ser fecundada por la pareja con mejor calidad genética. Suena razonable si consideramos que es un comportamiento que se arrastra por miles de años debido a que muchos animales deben procurar que la ovulación y emisión de espermatozoides ocurra al unísono si quieren una fecundación exitosa. En palabras del doctor en sicología evolutiva de la Universidad de Michigan, William McKibbin: en esta escalada armamentista que es el sexo, si la hembra tiene el poder de elegir los espermios, el macho ataca buscando la mayor cantidad de orgasmos, a lo que la fémina contraataca aprendiendo a falsificarlo para así manipular la paternidad de su descendencia. (Muchos peces hembra son expertas en estas artimañas.)

Animaladas aparte, para mí lo más interesante es la línea de estudio de la doctora y sicóloga clínica Erin B. Cooper, quien cree que arañazos, gruñidos y temblores, aunque sean menos creíbles que Judas, ayudan a la autoestimulación: “Algunas mujeres lo fingen hasta que lo logran”, cree Cooper y los números parecen darle la razón.

Según un promedio del The Journal of Sex Research, más del 60 por ciento de las mujeres admiten que lo han falsificado, mientras apenas un 20 por ciento de los hombres sospecha que su pareja pueda estar actuando.

¿Se acuerdan de esa escena donde Sally (Meg Ryan) le asegura a Harry (Billy Crystal) que la mayoría de las mujeres finge y éste le responde que seguro con él tienen uno de verdad? Bueno, ese pasaje resume miles de años de evolución donde el sexo femenino aprendió a hacerle creer al macho proveedor que es un tigre de la Malasia, para así asegurar la supervivencia de la tribu.

En fin… después de tanta biología a planear sin culpas un orgasmo no sólo ideológicamente falso sino que premeditado y con alevosía porque, como dicen en el campo, nunca se sabe cuando salta la liebre.