Por ahí anda circulando el libro #Esdecuica (Es de cuica) con las supuestas costumbres de las mujeres pitucas, lais o ABC1 de nuestra Patria.

Quiero decir que me enteré de este pasquín con algo de alarma. En mi opinión, se trata de un nuevo intento de los promotores de la lucha de clases por dividir a las señoras y señoritas, todas chilenas bien nacidas. Nada más odioso que fomentar el resentimiento y la desconfianza ya que, independiente de nuestra cuna, ante todo somos devotas de nuestras casas y nuestros hijos.

Por supuesto, otra vez mi malsana curiosidad me llevó a investigar de que se trataba #Esdecuica y, con espanto, descubrí falsedades del porte de un buque que pretenden estereotiparnos, incluso en algo tan universal y democrático como el sexo y el amor.

“Es de cuica decir que te da miedo el Tampax” o “Es de cuica quedar embarazada en la luna de miel”, dice el blog que dio origen al libro en cuestión. En mi caso, una chilena de clase media -pero media media- debo decir que efectivamente quedé embarazada del primero de mis siete hijos luego de dar el sí ante Dios y la Virgen. Pero no me pasó por pituca, sino por romántica. O sea, estaba tan pero tan nerviosa que me desmayé de la impresión y, como José Ignacio pensó que me estaba haciendo la muerta, agarró papa y, obvio, la biología y el mandato de sed fecundos y multiplicaos, hizo el resto.

Lo que quiero decir con esto es que no importa si son rubias o morenas, alta o bajas, enamoradas de El Gordo o Sandokan, igual nos gusta, nos gusta… “¿Cómo lo digo?”. Nos gusta lo mismo.
Por eso creo que es mi deber derribar mitos.

No es cierto que algunas mujeres sean más asquientas que otras dependiendo del quintil en el que fueron censadas. Si está on fire, da lo mismo el lugar dónde pase el verano. Igual va a hacer cochinadas, use o no guantes para lavar los platos. Por ejemplo, es un mito que a las niñitas bien les de arcadas el sexo oral. Es cierto que mientras están solteras y no han conocido carnalmente joven alguno, puede que teóricamente les parezca atroz. Pero una vez perdida la inocencia -como cantaba la Raffaella Carrà- y si ese hombre que tiene al frente le desordena las hormonas, es capaz de convertir su párvula boca en una máquina del placer, en una flor carnívora antediluviana. O sea, la Karen Paola es de la orden de las Carmelitas Descalzas en comparación a lo que una lais on fire puede hacer.

Tampoco es verdad que una se conforme sólo con la estrellita de mar, por muy bíblica que la posición de la muertita resulte. A veces, una se puede convertir en un animal y perder la compostura entre las sábanas. Si no, pregúntenle a mi marido a quien le hablo cosas sucias que a él lo ponen como endemoniado. “Mi caballo chúcaro”, “Mi vengador de la delincuencia, mi paladín del botón de pánico”, entre otras barbaridades.
Lo que sí es cierto es que al Gordo nunca le voy a decir Sandokan o Mi guerrero, ni tampoco me atrevería a bautizar su anatomía porque se trata de asuntos a los que Dios ya nombró cuando creó el mundo, y eso sí que lo respeto.

En resumen, cuando el llamado de la selva bien depilada hace lo suyo, da lo mismo si la casa queda en la cota mil o sumergida en la Atlántida.

Quizá lo único diferente -y ojo que hablo sólo por mí- es que luego de haberme comportado como una cualquiera, me ataca la culpa católica y parto a buscar mi rosario palo de rosa. Ahora, si mi repertorio en la cama sobrepasó los límites de la moral y las buenas costumbres, pido hora con mi cura preferido para que me dé una penitencia a la altura de mis pecados.
Pecados ABC1, por supuesto.

Comentarios

comentarios