Escribo estas líneas aún on fire por la alegría que nos dieron nuestros jóvenes deportistas ante Portugal. Tan emocionada estoy que, aunque mozuelos, reconozco que están en edad de merecer. Y hasta un suspiro me arrancan esas zarpas de Bravo si las imagino tomando mi mano y quizás algo más.

Mi estado febril y poco decoroso se debe –aclaro- al efecto adictivo, dopamínico y embrutecedor del fútbol que, al igual que el sexo, desata en los seres humanos los instintos más bajos.

No se trata de una idea mía, original, sino de un fenómeno que ya describió muy bien el neurocientífico Alex Korb: ambas actividades –fútbol y sexo- son ricas en señales anticipatorias que desatan en los cerebros (en el núcleo accumbes para ser precisos) pequeñas dosis de dopamina, la sustancia del placer, anunciando que algo grande se viene, o sea, un gol o un orgasmo según corresponda.

No es casualidad que muchos hombres prefieran ver un partido de la Roja o de su equipo favorito en lugar de cumplir con los sacrosantos deberes del matrimonio. Tampoco resulta por entero caprichoso que, cuando se anuncia la llegada de un nuevo hijo, varios usen la pintoresca expresión de que Fulano o Zutano ‘le hizo un gol’ a Fulanita.

Fútbol y sexo tienen una conexión misteriosa, casi satánica,  y en mis momentos místico-paranoicos sospecho que fue el mismísimo Coludo quien tomó cartas en el asunto.

Pero vamos a la materia gris del tema que nos ocupa. El doctor Korb explica cómo quienes desde mocosos tienen el cerebro entrenado en alguna actividad juguetona, son capaces de anticipar que un momento glorioso se viene; ya sea en la cancha o en la cama. En el primer caso puede ser un pase, una finta o la llegada de Sánchez o Vidal al área chica. En el segundo, una mirada, un toque casual o una palabra coqueta.

Pero siempre es necesario algún tipo de entrenamiento, de experiencia. Por algo los gringos, que en su mayoría no tienen idea de soccer, se aburren como ostras incluso en una final del Mundial. Frente a sus ojos no pasa nada de nada y sólo ven una pelota que va de allá para acá, sin sentido alguno, nada de scores, o sea, cero emoción. De igual manera el pánfilo -ese espécimen que tarde mal y nunca ha conocido mujer- no es capaz de avisparse y notar que ese huevito quiere sal.

Simplemente no atina, porque sus neuronas no han tenido la ocasión de registrar o memorizar la descarga de dopamina y otras sustancias que vienen a continuación de una mirada picarona. Se queda, por lo tanto, con las ganas de experimentar la emoción aquella, igual que muchos gringos son incapaces de vibrar al toque del balón y gritar un gol como Dios manda. Salvo, claro, que aprendan de este deporte que es pasión de multitudes.

Como vemos, el goce, el placer y cualquier otro asunto que maldiga el Pastor Soto, no es pura chacota. Al revés, cualquier persona necesita de entrenamiento, disciplina y de una mano experta que la guíe rumbo al pecado original. Ahora, si es la mano de Bravo, mejor.

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