Con curiosidad me detuve en la noticia de que el gobierno argentino planea construir el mayor rascacielos de América Latina. Sus proyectados 335 metros de altura terminarían con el reinado del Costanera Center que con 300 metros domina el cielo de Santiago.

Para ser justos, lo que en realidad llamó mi malsana atención fueron los comentarios en las redes sociales que —¿casualidad?—,  eran casi 100 por ciento masculinos. Lo que debió ser una discusión arquitectónica (o social) sobre la supuesta megaconstrucción en Buenos Aires, se transformó en una pelea adolescente sobre ‘quién la tiene más grande’. Así, literalmente.

El tono del troleo era el de un foro de gorilas de distintas manadas. Chilenos, argentinos, colombianos  y un par de peruanos que acusaban a los nacionales de envidiar a sus vecinos por ‘pellizcarles la uva’, como se dice.

Quizá no debería asombrarme demasiado. Después de todo, los hombres han escrito (hasta ahora) gran parte de la historia de la humanidad. Una versión que podría resumirse en una escalada por demostrar poder sexual transmutado en conquistas territoriales, competencias tecnológicas, guerrillas artísticas y un largo etc.

Esta obsesión fue transparente entre los machos de las cavernas cuyos primeros objetos simbólicos de dominio tenían forma falocéntrica. Les siguieron los egipcios y los obeliscos erigidos junto a las tumbas que —pensaban— ayudarían a la posterior resurrección de sus muertos que yacían ahí, muy lacios, a pesar de ser faraones o príncipes.

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La piedra como referencia de lo eterno. La figura monolítica y desafiante como símbolo de vida.

Los romanos y otros pueblos no se quedaron atrás. Los primeros llevaban llaveros picarones como amuletos; otros, como los vikingos, levantaron piedras rúnicas monumentales. Y de ahí saltamos al Empire State, en Nueva York, que marcó época en el siglo XX, pero que hoy es una alpargata al lado de la torre de 828 metros de Dubai. Su nombre, Burj  Khalifa, para que no queden dudas.

Originalmente, la idea de los rascacielos fue sacar ventaja económica: como los terrenos en ciertas metrópolis son muy caros, vale la pena construir verticalmente. Pero las megaestructuras de la actualidad  resultan menos convenientes por su alto costo tecnológico. Sólo se justificarían como una señal de poder, de prosperidad y opulencia. Regresamos a los monolitos.

¿Alguna explicación para esta simbología de la virilidad?

En su libro El tercer chimpancé, Jared Diamond repara en que, en comparación a sus parientes simios (chimpancés, bonobos y gorilas) el homo sapiens tiene un sexo exageradamente grande. Según el científico, desde el momento en que comenzó a caminar en forma erguida, nuestra especie dejó al descubierto partes de la anatomía que en la mayoría de los mamíferos permanecen más bien ocultas. Y como el hombre es un animal simbólico, al macho de las cavernas ponerse de pie le permitió exhibir y usar sus atributos para demostrar dominio frente a sus rivales.

Por eso tanta obsesión con el porte; con los monolitos, obeliscos y, en pleno siglo XXI, por quién la tiene más larga (la torre, obvio) en América Latina.