Adoro a Joe. Es divertido, hace los mejores pisco sour peruanos de Santiago (no exagero) y siempre está bien informado. Además, es una ave nocturna que conoce bien los secretos de la noche santiaguina. Hace un par de semanas en una conversación trivial le comenté que me impresionaba la poca prostitución que uno ve en Santiago en comparación con otras grandes ciudades de la región, como Buenos Aires o Sao Paulo. “Incluso me atrevería a decir que ahora hay menos”, dije, de manera antojadiza, sin ni un solo dato concreto que avalara tal afirmación. El me pulverizó con una mirada de reprobación, esbozó una sonrisa irónica y disparó.

“Estás loca. Tú porque te acuestas con las gallinas. El comercio sexual se ha adaptado a los tiempos y en la calle, pasada cierta hora, encuentras, literalmente, ¡lo que quieras!”, exclamó, mientras caminábamos hacia la cima del San Cristóbal en el primer fin de semana en que los autos están prohibidos.

 “Sin ir más allá —agregó— la otra noche caminaba por la calle Andrés de Fuenzalida de regreso de un cumpleaños en El Baco cuando de repente se me acercó una mujer a ofrecerme sus servicios, me dio risa e inmediatamente le respondí que prefería a los hombres. Entonces comenzó a reírse en buena onda, se notaba que estaba contenta y me dijo que conocía a unos chicos con los que también la podía pasar muy bien”. 

“Y tú qué le respondiste”, interrogo curiosa.

“Que busco amor y no sexo. Ahí ella se acercó y muy seria afirmó que contención emocional y cariño es lo que más quieren los clientes de hoy”, recuerda mientras nos adentramos en el Jardín Japonés. Y tiene razón.

Lo que las trabajadoras sexuales han gritado a los cuatro vientos durante siglos ahora es corroborado por una polémica investigación de la Universidad George Washington de Estados Unidos. Según el trabajo del sociólogo Ronald Weitzer y la sexóloga Christine Milrod un tercio de los hombres que pagan por sexo buscan establecer algún tipo de relación sentimental. Durante el trabajo elaborado sobre la base de encuestas y entrevistas a usuarios habituales de este tipo de servicios, se escucharon respuestas del tipo: “me encanta el sexo, pero hace poco me di cuenta de que lo hago por más que eso, por cariño, por cercanía y conexión emocional”.

Según el estudio estadounidense, el oficio más antiguo del mundo supo adaptarse a las nuevas necesidades del siglo XXI diversificando la oferta. Hoy, por ejemplo, se contratan servivios al estilo de la película Pretty Woman, donde los clientes arriendan pareja al igual como lo hacía Richard Gere con Julia Roberts.

En un intento por no perder clientes ante la epidemia de virus y bacterias que azota al planeta, el mercado también ofrece nuevas formas de contención. Mientras en tierras niponas lo último son los clubs donde los asistentes van sólo a escuchar palabras de amor, en Estados Unidos la nueva moda son los abrazadores profesionales que no ofrecen ni una gota de sexo. Nacieron tímidamente en la ciudad de Portland y ya se están propagando hacia ambas costas del país. 

“O sea, después de todo el sueño de la cenicienta moderna no es tan imposible”, me dice Joe, mientras esquivamos al cuarto ciclista furioso de la mañana.