Me encontraba de viaje por el midwest, en medio de plantaciones de choclo y planicies repletas de vacas, cuando me topé con un anuncio perturbador. Justo cuando pensaba cuán fome podía llegar a ser la vida en esta parte de Estados Unidos, un modesto letrero me informaba que aquella tierra era la cuna de Virginia Johnson, la mujer que junto al ginecólogo William Masters —compañero de trabajo, amante, marido y ex— revolucionó a mediados del siglo pasado los conocimientos sobre la sexualidad humana. 

Efectivamente, fue en esas tierras desabridas de Missouri, donde la famosa dupla de investigadores conocida como Masters & Johnson, registraron 10 mil orgasmos gracias a la observación en vivo y en directo de unos 700 hombres y mujeres.

En eso estaba cuando enciendo el televisor y me encuentro con una nueva serie titulada Masters of Sex (HBO), basada justamente en la vida del par de sexólogos. Tanta casualidad debía ser una señal de algo…

Sexo en cantidades bíblicas justo en medio de este desierto erótico. Al fin y al cabo —pensé— en cualquier parte puede saltar la liebre, como se dice, y regresé al hotel a esperar a José Ignacio, ya que no me encontraba en el midwest por puro gusto, obvio, sino acompañando a mi marido en un viaje de negocios. En eso estaba cuando enciendo el televisor y me encuentro con una nueva serie titulada Masters of Sex (HBO), basada justamente en la vida del par de sexólogos. Tanta casualidad debía ser una señal de algo…

Debo admitir que los nombres de Masters & Johnson no me resultaban ajenos. En mi infancia me topé con un tomo de la colección Grandes Temas de Salvat Editores titulado Educación sexual; lo abrí con la curiosidad de una mocosa de la era predigital y grande fue mi decepción cuando aparecieron sendas ilustraciones de los aparatos reproductores femenino y masculino (así les decían), junto a una serie de gráficos que medían pulsaciones, ondas cerebrales y hasta suspiros durante las cuatro etapas del acto sexual: excitación, meseta, orgasmo y resolución. Estas cuatro palabras eran obra de la investigación que Masters & Johnson realizaron en los años ’50 y que en los ’60 publicaron bajo el título La respuesta sexual humana, un best seller y clásico instantáneo.

No sé si fue mi educación en las monjas o la impresión que me dejaron esas ilustraciones tan crudas y poco sexy, las que forjaron en mí un temperamento a medio camino entre lo retorcido y cartuchón. Lo concreto es que ahí estaba yo, medio pasmada presenciando el primer capítulo de una serie contenidamente calentona. Masters of Sex posee una estética muy parecida a la de Mad Men y si este último programa muestra cuán decisivos fueron los ’50 para el ascenso femenino en el mundo laboral, la segunda hace lo propio desde la perspectiva sexual.

Es cierto que el estreno puso énfasis en el ambicioso doctor Masters, pero todo indica que Virginia Johnson irá ganando protagonismo en la pantalla, porque fue ella quien rompió los moldes. Con más de un divorcio a cuestas y una prole a la que alimentar (en un tiempo sin supermercados amigos como yo sí tengo), Virginia postuló como asistente para un médico que investigaba sobre sexualidad en la Universidad de Washington de St. Louis, Missouri. No tenía título universitario, pero sí un don de gente que le permitió convencer a cientos de señoras —muy de sus casas por lo demás— de masturbarse o tener sexo frente a la dupla. Lo definitivamente increíble fue que sus voluntarias aceptaran introducirse una especie de juguetito sexual con cámara y todo que reveló por primera vez los misterios del sexo femenino en acción.

Lo definitivamente increíble fue que sus voluntarias aceptaran introducirse una especie de juguetito sexual con cámara y todo que reveló por primera vez los misterios del sexo femenino en acción.

Sus conclusiones derrumbaron varios mitos dañinos para nosotras, por ejemplo, que la masturbación sólo era cosa de hombres y que el único orgasmo que valía la pena era el vaginal, mientras que el clitoriano era de segunda categoría, de niñitas con pataleta (histéricas). También puso en evidencia que las mujeres podían ser multiorgásmicas. O sea, estamos hablando de orgasmos premium. Vaya sorpresa. Quién diría que todas estas cosas se descubrieron en estas planicies sin gracia de la América profunda.

En estas digresiones me encontraba cuando siento a mi marido abrir la puerta de la habitación del hotel. Rápidamente cambié de canal, me hice la tonta y entonces ocurrió un ‘incidente’, como lo llamaría mi nueva mejor amiga Virginia Johnson. Mientras José Ignacio se sacaba su ropa de ejecutivo top tercermundista, yo comencé a imaginarlo como uno de esos granjeros de manos enormes y medios brutos que abundan por estos lados. Altos, de pelo amarillento, pero bien formaditos gracias a su trabajo en el campo. Después de todo, el midwest también puede ser un lugar sanamente hot.