Reconozco que soy medio cartucha al momento de elegir ropa. Me lo han dicho cientos de veces mis amigas más audaces. Soy fiel a los tonos beige y a los zapatos cómodos, pero sobre todo le hago la cruz a los estampados felinos o de rumiantes, que a una la hacen parecer primitiva, salvaje y hasta depredadora.
Hasta hace poco no tenía más argumentos que los de una mujer honorable. Pero hoy puedo recurrir a investigaciones realizadas por prestigiosas universidades para explicar el porqué de mi estilo sin estridencias.

Resulta que hace unas semanas me tocó llevar a otra apoderada del colegio: una intelectual latera que alarga innecesariamente las reuniones del curso de uno de mis hijos. Pero como soy una mujer piadosa me ofrecí a llevarla y entonces empezó con el rollo de la discriminación en el mundo. Yo hacía como que la escuchaba hasta que tres palabras me hicieron ruido por su insólita combinación: bikinis, hombres y herramientas. “¿Quééé?”, le dije.

“Si poh Jose —me respondió emocionada de que alguien le prestara atención—, los prejuicios de género son tan atroces que te pueden llegar a ver como a un objeto, como a un vulgar alicate”… y luego me citó a una sicóloga llamada Susan Fiske que yo retuve como pude en mi memoria.
Pues bien, la señora Fiske de la Universidad de Princeton se ha especializado en el tema de la discriminación. Realiza investigaciones con imágenes cerebrales para  averiguar qué hay detrás de las conductas sexistas. En esos derroteros andaba la experta cuando, por casualidad, dio con un resultado inquietante: en los hombres heterosexuales se activan las mismas zonas del cerebro (corteza premotora) cuando se les muestran fotos de mujeres en bikini y cuando se aprontan a utilizar un destornillador o una llave inglesa. Los verbos ‘empujar’, ‘manejar’ y ‘agarrar’ entran en acción. Peor aún, las resonancias magnéticas mostraron que entre más sexista era el sujeto, además se le ‘apagaban’ notoriamente aquellas áreas del cerebro donde se ubica la empatía y otros rasgos elevados del alma humana.

Wp-Bikini-450

Después de este estudio, la doctora Fiske debió salir a explicar que no es que los hombres vean literalmente una herramienta cuando tienen en frente a una mujer vestida de manera sexy, pero —advirtió— este tipo de ropa en ningún caso resulta neutral. Además, ellos no serían conscientes de este efecto de ‘despersonalización’ porque se trata de un subproducto de la evolución reproductiva humana.

Bueno, lo que se desprende de esta investigación no pasa de ser una especulación con mucho sentido. Sin embargo, lo que me perturba es el potencial sexual de ciertas prendas, auténticos clásicos del sex fashion. Claro que, para disgusto de los modistos, los ‘básicos’ del ropero erótico son literalmente bien básicos, y en lugar de ser un gusto pasajero y caprichoso son altamente resistentes al cambio y a la innovación.

Algunos ejemplos. Ya es conocida la preferencia de los hombres por las mujeres que visten de rojo o usan algún accesorio en ese tono. Algo que las señoras intuyeron desde siempre porque antes del diluvio resaltaban sus labios con tintes fuertes. Este asunto atávico fue confirmado por una investigación de la Universidad de Rochester, Estados Unidos, que se apoya en el vestigio evolutivo, ya que cuando las primates pasan por su peak de fertilidad, las altas concentraciones de estrógeno hacen que luzcan más coloradas y brillantes. Hay quienes apuestan al llamado ‘rubor sexual’ que todavía se mantiene vigente.

Wp-stilettos-450

Otro clásico son los zapatos de taco alto, prenda que ya era explotada por tribus remotas. Para comprobar su carga erótica, se realizó un video donde las mismas mujeres usaron alternativamente stilettos vs taco plano. Luego se editó el material de manera de controlar las variables. Pues bien, bastaron 30 segundos para que la mayoría de los hombres manifestara su inclinación por la versión empinada de la misma señorita. Los investigadores de la Universidad de Portsmouth (Inglaterra) sugieren que esto se debe a que los tacos intensifican los rasgos del cuerpo y la forma de andar más femeninos. Por ejemplo, curvando la espalda y levantando la cola. Y entre más alto y rebuscado el movimiento mejor… si no piense en la tortura de los llamados ‘pies de loto’ en la cultura china donde todo partió allá por el siglo X con la idea de hacer más graciosos los movimientos de las bailarinas. En todo caso, prefiero ser conservadora que terminar con mis articulaciones destruidas tan sólo para ser observada como un alicate.