A veces, a los cuarenta y tantos, la vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida, como dice la canción. 

Resulta que un joven de edad indefinida (¿veinte y tantos, treinta y tantos?) me invitó a tomar un café. Le dije que no podía y luego insistió vía email. Era, hay que decirlo, un intelectual de atractivo sombrío. Le dejé claro que estaba casada —hoy se usa eso de la transparencia—, pero a él como que no le importó y entonces entendí que era un hombre sin Dios ni Ley. “¡Vade retro Satanás!”, me dije a mí misma para espantar los malos pensamientos, mientras tiritaba de emoción como poseída por el coludo.

No pasó de ser una anécdota. Pero yo me sentí como rejuvenecida, revitalizada, reinventada, casi una Pyme del placer.

Le conté el episodio a una amiga y, acto seguido, le mostré unas fotos del susodicho en Facebook. “¡Pero si es muy joven! Este Pokémon de seguro te quería asaltar!”, me dijo la muy desgraciada. Y, claro, en un dos por tres me bajó la autoestima, la ilusión. Para rematarla me contó que había una banda de degenerados sub 35 que se dedicaba a embaucar a señoras de la mediana edad poniéndoles no se qué droga en el té mientras les recitaban letras de Arjona —esa de la señora de las cuatro décadas— y luego les robaban la cartera sin tocarles un pelo (para empeorar las cosas, claro.)

Quedé desmoralizada, ¿Es acaso el destino de las mujeres ‘en la flor de la edad’ aspirar a señores que, en realidad, necesitan una enfermera? ¿Por qué conformarse con un ‘guatón parrillero’ si una igual se mantiene algo más que presentable? ¿Por qué la biología es tan cruel con eso de que lo instintivo, lo darwiniano es que ellos busquen la juventud, sinónimo de fertilidad, mientras que una a lo mejor que puede aspirar es a un tipo con jubilazo? ¿Acaso es pecado fantasear con un hombre que ya no arrastre la bolsa del pan?

En eso reflexionaba cuando cayó en mis manos un artículo publicado en The Times que me devolvió el alma al cuerpo. Según el reportaje, las francesas prefieren a los hombres más jóvenes y pone como ejemplo el caso de la promesa de la política gala Emmanuel Macron, quien a sus 38 años está casado con su ex profesora 20 años mayor, Brigitte Trogneux. The Times cita otros ejemplos y luego anuncia el fin de una era donde la hombría se medía por cuántos años más joven era la mujer. Y, bueno, si las francesas dictan pauta en la moda, también lo hacen en el sexo, digo yo.

Aquí en Chile igualmente hay casos que citar. Recuerdo que siempre me llamó la atención la relación de Margot Loyola, más de 20 años mayor que su pareja, quien le fue fiel hasta su muerte. Claro que para mí esto no pasaba de ser algo folclórico, pintoresco, como la propia artista.

Hoy, en cambio, se trata de una tendencia. 

Y, obvio, los hombres (sobre todo del tipo guatón parrillero) intentan bajarle el perfil. El sicólogo y columnista gringo Noam Shpancer tiene razón en que en este fenómeno influye la mayor independencia económica de las mujeres que les permite obtener un ‘hombre trofeo’. Sin embargo, yo que soy digna ante todo, tampoco creo que se trate de convertirse en una vieja fresca que mantiene a su toy boy o cafiche, como decía mi abuela.

En la guerra de los sexos hay una tercera vía: aunque madura, una también puede transformarse en un objeto del deseo para los hombres menores porque ya no está hecha bolsa por culpa del ajetreo doméstico o de la maternidad marsupial, como ocurría en el pasado. Es cierto que la biología manda, pero la tecnología y los cambios culturales la pueden modificar. Las cremas y el ejercicio hacen milagros.

Así que si un jovenzuelo la invita a un café, no afirme su cartera porque es mostrar demasiado su falta de fe. Eso sí, nunca está de más encomendarse a algún santo moderno y sin prejuicios, como San Juvenal o Sangoloteo, el santo bueno para… lo que usted quiera.