Por fin sé en qué consiste la ‘química del amor’, eso que los antiguos imaginaban como Cupido disparando su flecha certera. Aclaro que conocí el secreto gracias a la experiencia, que no es otra cosa que la acumulación de errores, de fails, como anotó un gran pensador por ahí.

La primera pista me la dio un amor de juventud que intentó conquistarme con una frase original: “Eres como una polilla de seda que envía cartas perfumadas”. No arranqué de pura curiosa que soy.

El prospecto era estudiante de Biología y se refería a un tipo de polilla que produce una poderosa sustancia llamada bombykol (una feromona), capaz de atraer a machos revoloteando a kilómetros de distancia con el único propósito de aparearse. Luego me besó y eso sería todo.

Nada objetivo que reclamar. Sólo que el proceso fue como una inspección dental más que un acto pasional; algo frío, incómodo, sin chispa.

Desde entonces han aparecido las más diversas teorías sobre la química del amor, empezando por las feromonas que, hasta ahora, no han podido ser comprobadas en el caso de los humanos. Luego se descubrieron algunas leyes universales de la atracción, por ejemplo, que los rasgos simétricos son preferidos a la hora de elegir pareja. Pero nada concreto sobre por qué ‘este sí y este otro no’ porque, si mal no recuerdo, el estudiante de biología era bastante simétrico, nada qué decir.

Años después, la antropóloga Helen Fisher describió cuatro tipos de temperamentos asociados a tipos biológicos según la hormona o neurotransmisor que predomina en el cerebro: el ‘explorador’, aventurero y creativo, asociado a la dopamina; el ‘director’, autoritario y analítico (testosterona); el ‘negociador’, empático y conciliador (estrógeno) y el ‘constructor’, tradicional y precavido (serotonina). Según Fisher, los ‘exploradores’ se sienten atraídos por otros ‘exploradores’ y los ‘constructores’ por otros ‘constructores’. ‘Negociadores’ y ‘directores’, en cambio, se atraerían entre ellos.

Pero de todas, es la última apuesta científica la que me hace más sentido.

Resulta que todos tenemos un conjunto de genes denominado Complejo Mayor de Histocompatibilidad (MHC, por sus siglas en inglés) que controla nuestra respuesta inmune para enfrentar enfermedades e infecciones. Pues bien, una investigación realizada con poleras usadas por universitarios y entregadas a mujeres para que las olfatearan, demostró que estas preferían a quienes tenían el MHC más diferente al propio. Una conclusión olorosa, pero ante todo útil, ya que la unión de dos MHC distintos aseguraría una descendencia más fuerte y saludable.

Obvio que hay miles de otros factores sentimentales e intelectuales que interfieren en el proceso de atracción sexual. Pero hay uno, que está en el aire y al que las mujeres somos especialmente receptivas. Se trata de señales invisibles y por eso un aroma, una respiración o un sudor pueden resultar fatales. O, al revés, arrastrar a la lujuria más desenfrenada. Y no se trata de un olor consciente que entre directamente por la nariz, sino de un mecanismo todavía por descubrir. No es pecado, es la química. No es que el diablo esté metiendo la cola, es el Complejo Mayor de Histocompatibilidad en acción que puede convertirnos en polillas chamuscadas contra un foco de luz, por calentonas.

Test personalidad y amor: www.chemistry.com/lovemap/questionnaire.aspx