Me pasan cosas con la tecnología. Y no de cualquier tipo. Hablo de esas cosas que hacen sonrojar a una mujer que eligió vivir como Dios manda.

Todo partió con una publicidad donde a una abuelita se le sueltan las trenzas con las redes sociales. ¡Si hasta arma una fiesta por Twitter y gracias a Facebook le confiesa a un galán “te googleo”!
“Esta vieja va a terminar embarazada”, me comentó mi marido muerto de la risa mientras miraba la televisión. Yo me hice la ofendida y le pedí más respeto, pero la verdad es que la vieja me comenzaba a dar envidia.
Decidí entonces explorar un mundo desconocido para mí: la mensajería hot y la posibilidad que ofrece Internet para insinuarse de manera solapada, es decir, como una señorita.

No se trata de un asunto banal. Este año, un equipo de la Universidad de California en Berkeley, decidió estudiar el tema y crear un paquete de emoticones enriquecido. ¿La razón? Las famosas caritas no expresarían en forma efectiva las emociones que deseamos transmitir: las mujeres estamos pegadas con los íconos de tipo amistoso, mientras los hombres se inclinan por los que expresan burla o sarcasmo. Y como la seducción tiene, cuando es buena, mucho de ambigüedad, hoy los expertos en comunicación están de cabeza buscando la manera de replicar la insondable emocionalidad humana en la red. Más insondable todavía cuando hay sexo de por medio.

Pero volvamos a mi incursión en la mensajería hot. Sólo conocía una o dos de estas caritas, las más simpáticas. Estoy consciente de que se trata de algo muy básico, pero para una mujer que sólo tiene tiempo para las planillas excel y las listas de ofertas del supermercado, se trata de un gran avance.
Mi primera emoción ocurrió cuando un conocido bastante buenmozo me envió un mensaje de texto que me tomó tiempo descifrar: un punto, un acento y un paréntesis o algo por el estilo. Estuve varios días con la duda, hasta que no aguanté más y, haciéndome la lesa, pregunté en un foro de Internet por el significado oculto de los caracteres. La respuesta fue algo decepcionante: el emoticón simulaba una carita guiñando un ojo ;) y sus interpretaciones no tenían mucho de doble sentido. Y yo buscaba algo que me dejara intrigada para, a su vez, poder responder el mensaje con una carita insinuante, pero nunca tanto. Como en la vida real.

Por fin conseguí un manual que contenía instrucciones para enviar un inbox inofensivo y también para usar el teclado como una pervertida. Pero el tiempo pasó y me di cuenta de que mis contactos en las redes sociales sólo daban para unas caritas del estilo xD.
No me quedó más remedio que aprovechar que mis hijos estaban con su abuela y enviar al propio José Ignacio, mi marido, un mensaje de texto donde me esmeré en aplicar mis habilidades recién adquiridas. Puntos, comas, paréntesis y letras fueron lanzados al ciberespacio como —según yo— una nueva gramática de la lujuria.
Lo penoso es que pasaron los minutos y, a lo lejos, sonaban los grillos digitales. Vencida y sintiéndome más out que nunca, desconecté celular, teléfono fijo y hasta el reloj despertador.

Pero mi aislamiento no duró demasiado. Al rato llegó mi mamá, muy alarmada, preguntando si acaso me habían secuestrado o algo por el estilo, ya que José Ignacio había recibido un mensaje extrañísimo (lleno de garabatos según él), y como no me pudo llamar de vuelta, le pidió ayuda. ¿Me encontraba bien? ¿Tenía algún coágulo dando vueltas? ¿Fui víctima de la puerta giratoria de la delincuencia? Esas eran las preguntas que circulaban entre mis pocos y aburridos contactos en la web.
Y yo que, como la abuelita del celular, me creía ‘re hipster’.

Pero esa vieja del comercial no me las va a ganar: ahora sólo espero que los expertos en emoticones den con unos a la altura de las circunstancias.