Desesperada porque partía a la playa y seguía gorda, cambié a la nutricionista por el cura de la familia.

—Padre, ¿qué es peor? ¿La gula o la lujuria?

—Hija, los dos son pecados capitales así que da lo mismo, respondió a la rápida porque él también partía de vacaciones.

Sentí entonces que el curita me daba licencia para pecar y cambié un rato los chocolates—gula— por las tentaciones de la carne, el buen lomo y el puro filete. O sea, la lujuria.

Todo partió por un blog que leí sobre la dieta del sexo, práctica que institucionalizó en Estados Unidos el libro de Kerry McCloskey The ultimate sex diet y que en buen chileno no es otra cosa que la nunca bien ponderada dieta del lagarto.
Según McCloskey, el sexo abundante y de calidad, no sólo reduce el estrés y alarga la vida, sino que además tonifica músculos y elimina rollitos por su efecto aeróbico.

¿Qué mejor?

Como estaba apurada, no me quedó más remedio que acudir al prójimo más a mano que, en mi caso, no era otro que mi marido, hombre de principios cristianos y de finales reptilianos. O sea, un candidato ideal y legal para la dieta del lagarto.
Por supuesto que no le conté mis intenciones fitness. Sólo le dije que había conversado con el cura y que —con el propósito de mantener la institucionalidad de la familia tan en crisis en estos tiempos— nos autorizaba a practicar el mandato de la procreación con todas sus variantes. Es decir, no sólo la posición del misionero que muy católica y buena será, pero que no gasta demasiadas calorías que es lo que me interesaba.

Pobre José Ignacio, convertido en un marido-objeto-sexual.

Cada noche dejaba en el ropero a la ex niñita de colegio de monjas y me convertía en una Kim Kardashian cualquiera, viciosa del ‘sexercicio’. ¡Arriba, abajo, a un lado, al otro! Mi marido juraba que él estaba irresistible, un macho seductor que me enloquecía y me tenía gateando en la cama de aquí para allá, parada, sentada y hasta subiendo por las escaleras. ¡Un, dos, tres. Un, dos, tres!

“Te gusto mi amor ¿verdad?”, me decía como resucitado, cuando la verdad era que yo sólo estaba contando calorías. Hasta que una vez, en el frenesí de la noche grité: “90 calorías menos en media hora, ¡dale, dale!”. Y cité en pleno acto, un estudio de la Universidad de Québec (Canadá) que descubrió como en 30 minutos los hombres queman 120 calorías y las mujeres 90.

Entonces José Ignacio, humillado y ofendido, me paró en seco y me acusó de caer en un pecado peor que la gula y la lujuria: la soberbia de querer entrar en un bikini dos tallas menos que mi realidad.

En fin, yo ya había decidido que mejor es hacer ejercicio ya que —citando la misma investigación— el sexo con suerte es la mitad de efectivo que la actividad moderada: 3.1 calorías por minuto en el caso de las mujeres, contra 7.1 de trote sin fanatismo.

Lo que se haga en la cama es apenas un complemento y con lo rebuscado de algunos movimientos para que funcione, se corre el peligro de terminar más lesionada que seleccionado nacional.

>Aquí más información.