No pude ignorar el lío de faldas de Benjamín Vicuña.

Resistí leer la noticia un par de días y luego pequé de frívola al sucumbir al mundo de la farándula; a sus faltas a la moral y a las buenas costumbres.
Incluso gente piadosa se sintió tentada a opinar sobre el asunto y a tomar partido ya sea por Pampita o por el buenmozo actor chileno.
Pues bien, entre quienes le prestaron ropa a este último, no faltó un amigo, padre de familia y de misa semanal, que nos sorprendió a todos con su argumento: el Benja —dijo— está libre de culpa porque lo suyo no es un vicio sino una condición heredada, genética. Lo más probable es que un gen ‘defectuoso’ le esté jugando una mala pasada, igual que a muchos adictos al sexo.

Había escuchado muchas teorías sobre la naturaleza infiel del género masculino, ¿pero responsabilizar de todo a un gen? ¿No será demasiado determinismo biológico? ¿Y por qué los científicos (en su mayoría hombres, nerds y calentones) no se las ingenian para dar con la parte del ADN que convierte a las mujeres en adictas al chocolate? Me temo que existe en todo algo de defensa corporativa.
Estoy de acuerdo en que no somos criaturas ciento por ciento monógamas (ni hombres ni mujeres) porque hoy sabemos que ni siquiera los cisnes lo son. Además, evolutivamente hablando, entre más parejas sexuales tiene un hombre, mayores posibilidades de transmitir sus genes y asegurar la supervivencia de la especie.
Lo del gen, aunque plausible como fenómeno fisiológico, me parece temerario si lo que pretende es justificar por sí solo la incapacidad masculina de poner freno a sus bajos instintos.

El ‘gen’ en cuestión es en realidad el alelo 334 y fue descubierto por investigadores del reputado Instituto Karolinska, en Suecia. Está relacionado con la vasopresina, una hormona que, entre otras cosas, sería responsable de los sentimientos de apego con la pareja luego de que sus niveles se disparan durante el orgasmo masculino. Cuando este alelo (o sea, cada una de las formas alternativas que puede tomar un gen) sufre un ‘defecto’, sus portadores tendrían más líos de faldas y crisis maritales. El ‘334’ también podría llamarse ‘gen de la fidelidad’ o ‘del amor eterno’, pero su hallazgo rápidamente se puso al servicio de investigaciones sobre falta de compromiso y adicciones sexuales. Algunos papers sugieren que su presencia duplicaría las posibilidades de quiebres de pareja por infidelidad y estaría presente en aproximadamente dos de cada cinco hombres.

Otro estudio encontró que dos subespecies de un roedor conocido como campañol reportaban comportamientos sexuales opuestos según el lugar de sus cerebros donde se ubicaban los receptores de la vasopresina. Así, la subespecie ‘ratones de montaña’ es muy promiscua, auténticos Don Juanes con cola, mientras que los ‘campañoles de la pradera’ eran fieles hasta la muerte a su ratona.

Lo del gen y la vasopresina queda muy bien para explicar las conductas maritales de los roedores, pero me parece insuficiente en el caso del homo sapiens. ¿Y dónde está el libre albedrío, la civilización y el mismísimo legado de Sigmund Freud?
Además, para qué estamos con cosas: si el infiel es Michael Douglas o Benjamín Vicuña, estamos frente a un caso de adicción al sexo o a una mutación genética. Pero si el acusado resulta ser un guatón parrillero feo y sin ni uno, entonces no pasa de ser un calentón desubicado al que ni el mismísimo Darwin le prestaría ropa.