A lo largo de la vida, las mujeres sufrimos muchas decepciones con hombres que, imaginamos son otra cosa. Especialmente nos ocurre a las honradas y virtuosas. Es por eso que la noticia de que el comerciante Pablo Oporto era en realidad un farsante, un chanta, un impostor, fue como un balde de agua fría a mi imaginación desbocada. Resultó que no era cierta su historia de heroísmo que nos vendió la televisión y, en lugar de enfrentar a los bandidos, el muy cobarde había maltratado a unos cuantos quiltros indefensos.

Mientras tanto, ya me había pasado la media película con el ‘Justiciero imaginario’, como graciosamente lo llamaron los dos jóvenes periodistas -verdaderos héroes de esta historia- que desenmascararon al tal Oporto.

Este sujeto desató por un rato mi lado romántico, ese que se quedó pegado con historias gringas tipo Bonanza, y también latinas como Los hermanos Coraje, con vaqueros valientes y decididos que van en defensa de las damiselas.  ¡Por fin aparecía en el gris escenario nacional un hombre que enfrentaba sin miedo, cual Llanero Solitario, la delincuencia que sufre mi Patria!
 ¡Hi-yo Silver!, gritaban para  mis adentros mientras lo miraba en la pantalla como si fuera un Clint Eastwood criollo, ese de Los Imperdonables que hace justicia con sus propias manos. Es cierto que no era ni alto, ni rubio ni menos estilosos, pero ya sabemos que, por muy OCDE que nos creamos, no somos precisamente nórdicos agraciados.

Sin embargo, mi lado racional me advirtió desde el primer minuto de que algo andaba mal con el farsante en cuestión. Está comprobado que las mujeres sentimos una atracción pecaminosa por los chicos malos, esos que tienen sus propias leyes,  ya que los encontramos exageradamente masculinos y, por lo tanto, excelentes candidatos para continuar nuestra estirpe. Pero para quienes somos señoras de su casa, esto no pasa de ser una canita al aire y, al momento de elegir en serio al padre de nuestros hijos, optamos por sujetos prudentes, esos que respetan la institucionalidad.

Tal como José Ignacio, mi señor esposo, quien antes de asumir el papel de un pistolero loco, preferiría mil veces llamar a Paz Ciudadana.
 El problema es que aunque ya no seamos un lirio,  a veces  todavía soñamos con un cowboy y este Justiciero de poca monta le vino como anillo al dedo a mis fantasías;  no sin antes someterlo a un photoshop mental, porque mirándolo con objetividad mejor me quedaba con los bandoleros de la película.
 Hasta que un día nuestro Lone Ranger  apareció con unos bigotes en extremo sospechosos. 
 “¿Qué miras? ¿De nuevo apareció el John Wayne tercermundista?”, me preguntó José Ignacio con un dejó de ironía.
 “¿Se puso celosos mi cuchi-cuchi, mi  Vengador del Botón de Pánico?”, le respondí media picada, debido a que mi marido es fan de las ideas de nuestro alcalde.
 Pero la verdad es que no podía sacar mis ojos encima de ese mostacho ridículo que históricamente es un símbolo de virilidad y guerra.

“Aquí hay algo trucho”, pensé, mientras escuchaba que ya iban como una docena de “ajusticiados en legítima defensa”. Entonces reaccioné, porque seré una romántica empedernida, pero antes soy humanista y católica y alardear de cuántos bandoleros envió al más allá me pareció propio de un psicópata.

Al final, todo resultó ser un tongo, como se dice. Otro impostor que buscaba impresionar a sus congéneres y a las dueñas de casa faltas  de emoción.
 ¡Hasta cuándo las chilenas debemos soportar tanto hombre chanta, además de feos y mal hechos! Esto último (feos y mal hechos) lo puedo tolerar porque contra nuestra genética poco y nada podemos hacer, pero eso de hacerse los lindos de manera tan peligrosa es intolerable.
 La lista de farsantes en nuestro país es larga y variada con personajes como “Bello Marcelo” y el supuesto Marqués Silva de Balboa.

Sin contar con la otra gran decepción que fue Rafael Garay, supuesto héroe de la planta nuclear de Fukushima y de los bolsillos de los chilenos asalariados.  Confieso que en un momento de extrema necesidad amorosa, suspiré por este pelado a quien hasta encontré tincudo y lloré como una Magdalena cuando relató su enfermedad terminal al cerebro que con suerte daba para jaqueca.
 Por eso, hago un llamando a los hombres de mi país a ponerle algo de emoción a nuestras vidas. Eso sí, siempre respetando la ley y el orden.

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