La vida de cientos de mujeres respetables como yo se trastorna cada cuatro años con la celebración del Mundial. Los hombres como que se vuelven loquitos con tanta pelota y jugador sudando en camiseta y hasta he llegado a sospechar que muchos se sienten liberados de sacar afuera al macho amoroso, que llevan dentro.

En cierta forma, he aprendido a sacar ventaja de este trance. Como mi marido y mis hijos adolescentes sólo tienen ojos para las transmisiones de los partidos, yo puedo mirar con lascivia —y sin que nadie lo note— el porte de los italianos, la rudeza de los pueblos germanos y el exotismo sudamericano.

Tanto me entusiasmaron estos seleccionados que después que Chile perdió dos a cero contra Holanda me decidí a averiguar algo más sobre un tópico que se repite cada Copa del Mundo: me refiero a la abstinencia sexual.

Resulta que fueron precisamente los técnicos de los Países Bajos quienes en 1974 decidieron terminar con el mito de que el sexo y el deporte de alta competitividad son enemigos. Ese año, los holandeses pudieron ver a sus esposas y novias, fueron subcampeones y, según entiendo, su selección pasó a ser conocida como ‘La Naranja Mecánica’. En Brasil 2014 continuaron con su filosofía y el resultado fue que humillaron a España, nos metieron dos goles y quedaron primeros en el grupo. A los chilenos, en cambio, se les exigió castidad.

Uno de los estudios más importantes que apoya la tesis holandesa fue publicado en 1995 en el Journal of Sports Medicine and Physical Fitness. Sus autores no encontraron diferencias entre los deportistas que habían y los que no habían tenido sexo 12 horas antes de una competencia de alto nivel. Los test midieron tanto velocidad como resistencia.

 ¿Y por qué la abstinencia entonces?

 Lo que algunos entrenadores temen —Sampaoli entre ellos— es que el sexo incluya salir a la ‘caza’ con todo lo que ello significa.

Me explico. La exhibición atlética cumple un papel similar al despliegue que hace el pavo real de su cola para conseguir pareja. Es cierto que el deporte también sirve en una comunidad para la cohesión y alivio de tensiones, pero desde el punto de vista evolutivo, mostrar fuerza, resistencia y talento juega un rol importante en el cortejo del sexo opuesto. Y esto vale tanto para una pichanga de barrio como para una Copa del Mundo; para un partido de tenis como para uno de pelota vasca. Lo anterior lo confirmaría el dato de que los atletas suelen tener mayor número de parejas sexuales que los ciudadanos de a pie.

Por eso, porque pueden llegar a ser irresistibles para el sexo opuesto y ellos lo saben, es que muchos entrenadores prefieren mantenerlos alejados de las tentaciones: a diferencia de un encuentro ‘ordenado’ con la mujer o polola, salir a la cacería de una nueva conquista, la infidelidad y el carrete sí consumen recursos físicos y emocionales.

No se trata aquí de ‘guardar el esperma’ para conservar la energía como creían los antiguos griegos sino, simplemente, de no gastarlo de manera irresponsable.

El tema de fondo es cuánto confían los entrenadores en la madurez de sus seleccionados.

Lo que es yo, por estos días gasto mi energía fantaseando con el estilo de los italianos, la potencia de los germanos y el pasado malillo de Mauricio Pinilla. Y, claro, lamentando que la flor de la edad la viví en los ’80, cuando el galán de galanes no era otro que el Pato Yáñez.