Veo la luz al final del túnel. ¿Qué veo? Las ganas de portarme mal ¿Dónde? En la cama y en el gimnasio. Sé que suena contradictorio, pero así somos los seres humanos, sobre todo cuando se nos sueltan las trenzas gracias a los primeros días soleados de agosto que anuncian una primavera primorosa y un verano calentón.

Desde el momento en que una comienza a quitarse las capas de ropa, la epidermis se pone cosquillosa y afloran las ganas de pecar. El problema es que tras meses de invierno, los atracones de chocolate y la falta de deporte cobran su revancha. Entonces urge ponerse en forma o, al menos, presentable porque la lujuria sola pasa, pero la lujuria sumada a la gula no tiene perdón de Dios.

El problema es que me ronda un tercer pecado: la pereza.

De eso conversaba con una amiga media suelta que tengo (como católica, soy partidaria de la inclusión) cuando me dio la solución: el ‘coregasmo’, nombre técnico que inventaron los gringos para los ejercicios que, además de ponernos regias, ayudan a conseguir orgasmos en buena ley. Por debajo de la mesa, mi amiga me pasó un libro en inglés titulado The Coregasm Workout: The revolutionary Method for Better Sex Through Exercise.

No entiendo mucho inglés, aunque acostumbro a hacerme la sueca, pero mi motivación fue más poderosa y lo leí de un tirón. Según su autora —la doctora Debby Herbenick, sicóloga y experta en sexualidad, toda una celebridad en EE.UU.— una puede llegar a ese simpático tiritón, con ejercicios, especialmente si están focalizados en la zona abdominal. Bueno, no siempre se trata de un orgasmo hollywoodense, pero sí de una dosis de sensaciones lo suficientemente placenteras como para que el sacrificio valga la pena.

Uno de los más sencillos es el conocido como ‘silla del capitán’ que consiste en mantener el equilibrio del cuerpo levantando las piernas. La intensa contracción de los músculos del suelo pélvico sería la clave. También servirían los abdominales tradicionales, sólo que con las piernas cruzadas y con una ligera tensión. Después de todo, los músculos involucrados en estos movimientos, especialmente el pubocoxígeo, están en línea con las conexiones nerviosas de ese lugar todavía incierto para la ciencia conocido como ‘punto G’.

La doctora Herbenick incluso realizó una investigación que le permitió rankear las mejores actividades para llegar al orgasmo (reportadas por sus propias protagonistas): después de los abdominales (51.4%) sigue levantar pesas (26.5%), yoga (20%), bicicleta (15.8%), running 13.2% y, por último, caminar (9.6%), aunque creo que quienes lo logran con situaciones tan cotidianas como las últimas es porque andan demasiado on fire por la vida.

Con estos datos en mente, partí al gimnasio a inscribirme con la chiva de ‘mejorar mi calidad de vida’, según le expliqué a mi marido, José Ignacio. Por esas cosas de la vida, el profesor era ya una tentación pagana —bronceado, varonil y sobre todo proporcionado— y me asaltó una duda: ¿Y si se me nota que estoy experimentando sensaciones poco deportivas y me someten a una prueba ‘antidoping’?

Por las dudas, mejor ejercito en casa porque de los arrepentidos es el reino de los cielos.