No hay nada que me quite más las ganas de pecar que una mala calefacción. Pies helados y sexo son científicamente incompatibles. Tanto así, que un estudio de la Universidad de Groningen (Holanda) descubrió que disminuyen en un 30% las posibilidades de tener un orgasmo.
 Se pueden imaginar cómo he funcionado durante estos días con nieve y luz cortada. Simplemente, soy un iceberg. Eso lo sabe bien el pobre de mi marido que ni siquiera se atreve a mirarme mientras me paseo dentro de la casa envuelta en frazadas como una osa enjaulada de aquí para allá, de allá para acá.

Hasta la cama está helada porque, claro, el scaldassono no funciona.
 Desesperada, no me quedó más remedio que acudir al calor humano de José Ignacio, mi señor esposo. Me acosté temprano, a la luz de las velas, vestida en un pijama de polar de indescriptible fealdad. Encima, me puse una mañanita heredada de mi tía Clota, tan abrigadora como matapasiones.

Entonces, llamé a José Ignacio, a quien el frío parece no afectarlo ya que es lo suficientemente peludo como para mantener su temperatura bajo control. En cuanto imaginé su cuerpo lanudo, la emergencia me sobrepasó y lo invité a sacarse la ropa y darme un abrazo para pasar el mal rato provocado por la ineficiencia de la compañía eléctrica. Pero José Ignacio malinterpretó mis intenciones y se anduvo entusiasmando al punto de convertirse en una especie de Hombre de las Nieves pornográfico; en un Yeti canadiense, o sea, pervertido, según los partidarios del Bus de la Libertad.
 “¡Vade retro!” le grité asustada, mientras me cubría con la mantita de mi tía que en paz descanse. “¿Acaso no entiendes que sólo quiero que me calientes las patitas, degenerado?”

El frío convirtió a mi marido en una bestia sexual y a mí a una reina de hielo, fría e implacable.
 Por supuesto, descubrí que la ciencia tiene una explicación para este tipo de descoordinación erótica. Una temperatura inferior a los cinco grados no ayuda. Sobre todo a las mujeres que necesitamos sentirnos protegidas y cómodas si es que vamos a entregarnos a los placeres mundanos. Al revés, muchos hombres sienten más antojos sexuales en otoño e invierno ya que, ante la falta de piel a la vista, “desean lo que no pueden tener”, explica la sexóloga Carlen Costa en un artículo de Psychology Today. (Por supuesto, Costa es canadiense).
 En otro artículo también leí que para enfrentar las bajas temperaturas, lo mejor es atenerse a las posiciones tradicionales. Por ejemplo, la del misionero, pose venida a menos en medio de tanto libertinaje, pero clásica y muy decente.

Aunque aquí el punto, según explica la sex coach Amy Levine, es que en invierno los seres humanos buscamos sentirnos menos vulnerables.
 En fin, como fije, el frente polar transformó a mi marido  en un pingüino libidinoso. Asustada y muerta de frío, arranqué rumbo a uno de esos hoteles que puso el alcalde a disposición de sus vecinos. Pero me arrepentí cuando me encontré con una fila de viejitos esperando entibiar sus huesos y evitar una neumonía.

Avergonzada por mi egoísmo, regresé a mi iglú dispuesta a afrontar las inclemencias del tiempo.

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