Me puse a ver Las mil y una noches como una especie de autopenitencia. Después de un verano en el que se me soltaron un poco las trenzas, me sentí algo culpable y como la teleserie turca del momento tiene fama de recatada, pensé que seguirla sería una forma de expiar mis pecados. Se supone que la producción del Medio Oriente rescata valores olvidados por la televisión criolla —el respeto por los padres, la pureza y la devoción de la dueña de casa— y todo eso me devolvería a la cordura. Pero la penitencia fue para peor. La historia de amor entre esta moderna Sherezade y su jefe Onur no es apta para mentes fantasiosas como la mía. Resulta que el misterio, la contención y todo lo que deja para imaginar, me puso como loro en el alambre, o sea, como intrigada y sin desahogo a la vista.

Igual que en el libro Las mil y una noches, en la teleserie es una mujer quien mantiene el control de la relación de pareja gracias a su inteligencia. En el caso de la compilación medieval, Sherezade logra sobrevivir y tener hijos gracias a su ingenio. El sultán del reino ordena a su visir conseguirle una esposa cada noche para ejecutarla al día siguiente. El hombre no cree en la lealtad de las mujeres. Pero Sherezade tiene un plan. Le cuenta a su marido y verdugo una historia que atrapa su atención y que interrumpe al alba, en su mejor momento. Así vuelve a su lado por mil y una noches hasta que el sultán, enamorado, conmuta la pena. Ella ya tiene dos hijos con el rey.

En la teleserie turca, Sherezade es una madre afligida por conseguir el dinero que pague el tratamiento de su hijo enfermo de leucemia. En su desesperación, pide prestado los millones a su jefe, el déspota y frío Onur. Este acepta a cambio de una noche de sexo. Pero al igual que el sultán, queda enganchado de esta mujer que es la arquitecta estrella de la empresa.

Como vemos, no hay afrodisíaco que sea más potente a largo plazo que la inteligencia y la creatividad. Es cierto que las hormonas a veces se mandan solas y que tenemos un cerebro reptil al acecho. Sin embargo, las habilidades cognitivas ganadas en miles de años de evolución algo decidirán al momento de los ‘quiubo’, digo yo.

No todo es puro instinto y feromonas.

El sicólogo estadounidense Geoffrey Miller usa el término mating intelligence (en castellano se traduciría como ‘inteligencia de apareamiento’) para referirse a esos talentos propios del homo sapiens: el lenguaje, el humor, la música, la arquitectura… que nos suben los bonos ante un potencial compañero sexual.

En ese sentido, Sherezade es una maestra; y yo, una pecadora a la que lo único que le queda como penitencia es sintonizar el canal del Senado.