Con unas copas de más, una conversación sobre sexo entre amigas puede transformarse en una escena digna del Muro de los Lamentos. 

Dan ganas de llorar, y eso que en la mayoría de los casos se trata de mujeres decentes, para nada esclavas de los pecados de la carne.

De todas las quejas, la que más se repite son los orgasmos ‘reguleques’, parafraseando a una de mis amigas virtuosas. O, peor aún, la ausencia total de ellos. Esta situación obliga a muchas a realizar actuaciones que podrían ganar premios Oscar para fingirlos y, de esta forma, no herir susceptibilidades masculinas.

Por eso, la información sobre un gadget llamado Orgasmatron, que garantiza orgasmos rápidos y seguros, me pareció una solución caída del cielo, o del infierno que es más entretenido. Se trata de una pequeña máquina cableada, con electrodos que se conectan a los nervios de la columna vertebral para que, con tan sólo apretar un botón, se envíen señales de placer al cerebro del usuario. El artilugio inventado por el doctor Stuart Meloy no tiene ese aspecto poco respetable de un vulgar vibrador, sino que parece un módem para internet. Decente y cumplidor. ¿Qué mejor, digo yo?

Bueno, el asunto es que en una posterior reunión con mis ex compañeras de las monjas planteé el hallazgo. La primera reacción de muchas fue hacerse las cartuchas, pero igual terminaron preguntando y hasta se armó una especie de discusión sobre el futuro del placer y el hedonismo que ofrece la tecnología.

En un reciente artículo de I-D Magazine titulado From avatar girlfriends to masturbating machines, we investigate the future of sex,  me enteré como con apenas googlear, el interesado puede sumergirse en sitios como Red Light Center, una comunidad online de sexo virtual que se autopublicita como: “un lugar seguro para explorar tus más profundas fantasías y deseos sexuales”. El reportaje también cita a la compañía japonesa Tenga, que ofrece para los hombres un tubo cilíndrico y un avatar estilo animé capaz de tener relaciones sexuales y que responde a las acciones del usuario.

Pero el tema de fondo que propone el artículo es hasta qué punto es ‘normal’ este tipo de erotismo con robots, avatares y hasta novias virtuales a las que los japoneses invitan a salir.

¿Resultará rutinario en un futuro cercano que un tipo se enamore y tenga sexo virtual con el sistema operativo de su teléfono tal como ocurre en la película Her?

Desde mi experiencia —que no es otra que la de una ‘señora de su casa’, pero que tuvo sus años de gloria—,  sólo puedo decir que la búsqueda del placer es más vieja que el hilo negro. En consecuencia, puede que cambien las formas, pero en el fondo, bien en el fondo, se trata siempre de lo mismo: calentura.

¿Qué hubiese pensado un hombre del Renacimiento ante el espectáculo de un adulto del siglo XX descargando sus pasiones frente a una película porno? Para él puede que resulte futurista y extraño, pero en el siglo XXI ya parece una pieza de museo. Lo mismo vale para cualquier artilugio que inventen los japoneses.

A fin de cuentas, si no hay una persona real al frente, siempre se trata de una tradicional y cuaternaria masturbación.