¿Cuántas veces le he hecho yo el amor a la Tierra? No se asuste, ¡que se puede! Y, tal como se describe, parece que me ha resultado. Ya verá. No es síntoma del brote de ninguna nueva filia. Podría  ser incluso una travesía sabia, como exploración de autoerotismo y sensualidad. La verdad es que la ecología se nos está metiendo en la cama hace rato. Y, tal como está el colapso de la capa de ozono, el efecto invernadero y el peligro de extinción de las especies, bien vale un sexo verde, así como una alimentación o un consumo verde. Aunque todo tiene su pero, claro.

Se trataba de una conferencia —en el Museo Reina Sofía de Madrid—  titulada Asumiendo la cultura ecosexual, dictada por la ex prostituta y ex actriz porno Annie Sprinkle, junto a la artista Beth Stephens, ambas pareja. Se trata de dos estadounidenses precursoras de la sexoecología, concepto que desarrollan como parte de un activismo artístico sobre libertades sexuales y ecología. La charla culminaba con el estreno de la película Goodbye Gauley Mountain-An Ecosexual love story. Un filme sobre la relación de las artistas con un grupo de campesinos, al que están ligadas en la búsqueda de justicia medioambiental.

Fotografías, performances, esculturas, videos, entre otros —en los que hay sexo y a veces harto— sirven a Sprinkle y Stephens para promover la vida sexual como un arma de batalla contra la destrucción del planeta. Son, la verdad, luchadoras antisistema a rabiar. Al extremo de plantearse que éste (el actual capitalismo) interviene sobre los propios cuerpos, destruyendo nuestra sexualidad. ¿Qué hacer para impedirlo? Ellas dicen que hay que entablar una relación sostenible con la Tierra y reemplazar, metafóricamente, el paternalismo que nos lleva a hablar de ‘la madre Tierra’, por el de ‘La Tierra, mi amante’. Invitan a tener como sujeto de la sexualidad también a la naturaleza.

Bienvenido incluso el ménage à trois, sólo que el tercer comensal sería el agua, la arena, las plantas, los árboles, y todo ese sinfín que es el mundo. Amarnos con esa ‘República de las cosas’ sería el nuevo emblema, al son de ese concepto que acuñó el sociólogo francés Bruno Latour a fines de los ’90, al plantear que los objetos de la Tierra también tienen ‘derechos’.
No está mal este cambio de paradigma, como símbolo, para que entablemos una relación amorosa con La Tierra, quizá muy necesaria para asumir su cuidado de verdad. Porque con el amante uno desea reciprocidad en caricias, atenciones y otros agasajos. Y, cómo no, como consecuencia de todo ese apego, hacerle el amor.

El planteamiento no es del todo nuevo. Lo que sí, es su radicalidad. ¿Recuerda cuando hace algunos años Greenpeace propuso que al cortejo erótico le incorporáramos conceptos como el reciclaje, el ahorro de energía y el consumo de productos saludables. ¡Hazle el amor al planeta!, llegó a sugerir.  Quién puede estar en contra de tener una conducta ecológica integral, que llegue a la misma cama. Quién podría ser contrario a que estimulemos nuestra relación sensual con la naturaleza hasta el éxtasis, mediante la conciencia del roce con el agua o el aroma de las flores y de la hierba silvestre. Sin embargo, me surgen dudas al pensar en el ruido del nuevo mandato que todo ello implica, en el escenario de la sexualidad llena de imperativos que ya vivimos. El orgasmo como uno de ellos.

Piense sólo en cuántas mujeres y hombres andan buscando, y con ansiedad no menor, ese mítico reducto del cuerpo femenino, poseedor de la llave para un placer conspicuo, llamado punto G. Imagínese ahora lo que será abordar la nueva demanda ecosexual de hallar el ‘Punto E’: que es algo así como la propia conciencia de las posibilidades eróticas de la naturaleza. Y todo con el noble, pero no por eso menor imperativo de tener a la Tierra como amante. Por lo menos, así, yo me niego.