Me pasan cosas con Luis Fonsi. Es cierto que estoy ‘hasta no sé dónde’ con Despacito, ese hit de dudosa moral que intento alejar de mi mente. pensando en Los Huasos Quincheros y en otros músicos decentes. Pero no hay caso. Al rato termino tarareando y, lo que es peor, bailando al ritmo pecaminoso del Caribe.

No me culpo del todo porque se trata de un ritmo pegajoso, obsesivo, igual que esas tentaciones que nos asaltan de vez en cuando, ‘pasito a pasito’, como dice la canción. Eso es obvio. Lo que no lo es tanto (y que descubrí luego de ir a una fiesta con un par de amigas medias sueltas) es que el poder de Despacito también está en su letra.

En realidad, Fonsi es una especie de Sigmund Freud del reggaetoneo, un diamante en bruto del psicoanálisis y un divulgador de la ciencia del sexo. Reconozco que no todas las líneas del tema dan para simposio de psicología.

Sin embargo, hay una que vale la pena analizar:

“Déjame sobrepasar tus zonas de peligro,
hasta provocar tus gritos y que olvides tu apellido”.

Atención con esa última frase, “y que olvides tu apellido”.

Según leí alguna vez por ahí, la fantasía masculina es arrebatar el ‘objeto del deseo’ a un tercero. O sea, para que una mujer resulte sexualmente atractiva debería pertenecer a un ‘otro’. No estamos hablando de modo literal sino que simbólicamente y la mayor parte de las veces ese tercero es el padre de la elegida.

Esto explica, en parte, que en países con taras feudales como el nuestro y donde por desgracia el ‘claseo’ la lleva, algunas tendrían menos valor social que una ‘hija de su familia’, por no decir ‘hijita de su papá’. Ahora, si vamos más allá, no se trata de tener cualquier padre, sino que uno poderoso, fálico, de esos que levantaron la Patria (otra vez aclaro que estoy hablando en términos simbólicos).

Por eso que cuando Fonsi mueve sus brazos como un guarro y promete sexo “hasta olvidar el apellido”, como que a varias que conozco les bajan las más bajas pasiones. Afortunadamente, mi marido es dueño de una impresionable colección de músicos honorables como Pedro Messone a quien recurro cada vez que me siento tentada a reggaetonear.

Se trata este último de un estilo de baile peligroso, uno que vino por fin a legitimar lo mejor de lo flaite. Lo que no pudo el marxismo leninismo ni la retroexcavadora, quizá lo haga posible la utopía de una canción calentona y subversiva.

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