Con sorpresa, y algo de insana curiosidad, he leído y visto las noticias sobre un bus que recorre las calles de mi Patria. Pregunté a mi marido por qué tanto escándalo y él me explicó que la micro en cuestión se oponía a la ‘ideología de género’. 
 Reconozco que, antes de este impasse, nada sabía al respecto. Ingenua, pensé que se trataba de una batalla entre los fanáticos del algodón y otras telas orgánicas, versus quienes no ven nada malo en usar poliéster o popelina con rayón.

Después de todo, cualquier asunto donde el ser humano esté involucrado puede adquirir el estatus de una guerra santa. Cualquiera.
 Intrigada por el alboroto y por el pésimo gusto de las pasiones desatadas, tomé palco para reflexionar. Mientras tanto, una señora con cara de pocos amigos pregonaba las penas del infierno para los LGBTRFGVCSZZZ. Golpes iban, golpes venían.
 Para empeorar el cuento, apareció un tal Pastor Soto, hombre estridente que, Biblia en mano, actuaba como poseído por las ansias de figurar. Por contraste, mi marido se convirtió ante mis ojos en el sumo de la masculinidad en buena ley. Tanto así que comencé a mirarlo con malicia, con ganas de pecar, porque José Ignacio puede ser algo pacato, pero en comparación con el triste espectáculo del acontecer nacional, es un Latin Lover de las señoras bien portadas.

Me sentí afortunada de tener a un hombre tan razonable a mi lado y se me hizo agua la boca. 
 ¿Por qué el bus en cuestión provocó la pérdida de la compostura por lado y lado? ¿Y si hubiese sido un simple quiosco con pancartas contra la ‘ideología de género’? ¿O una maratón tan en boga por estos días? ¿Hubiese sido el mismo nivel de escándalo?
 Con mi imaginación en llamas, llegué a la peregrina conclusión de que el solo hecho de tener cuatro ruedas,  convertía al ‘Bus de la libertad’ o ‘Bus del odio’ en un símbolo de la perdición y el extravío.
 No es casualidad -pensé- que autos, aviones y otros medios de transporte sean algunos de los lugares preferidos por las parejas que buscan tener sexo desafiando la moral y las buenas costumbres; esa que nos invita a multiplicarnos de preferencia en la cama bendecida por los votos matrimoniales.
 ¡Pero no! Como criaturas rebeldes, nos encanta echar una cañita al aire en sitios prohibidos. Y si se trata de un lugar motorizado, mejor aún, porque el movimiento nos lleva al desenfreno, al descarrío.
 Los creativos tras la campaña contra la ‘ideología de género’, no sospecharon que con su micro sólo lograron ponerle ruedas al deseo y a las bajas pasiones, en un camino que nos lleva a todos por igual (nos guste o no el famoso bus) derechito al infierno.

Ese fue mi caso. Después del noticiero -y aún exaltada-, le pedí a José Ignacio que me acompañara a la farmacia. A medio camino me desvié y terminamos en un estacionamiento sin luces donde recordamos nuestras escapadas adolescentes. Para que se hagan una idea, nuestro auto tuvo más acción y terminó más aporreado que el ‘Bus de la Libertad’, y nosotros felices comiendo perdices.

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