El 85 por ciento de las mujeres se aburre en la cama. Es la frase que más destacan los medios cuando hablan del ensayo de la ginecóloga francesa Danièle Flaumenbaum. La cita, en realidad, ni siquiera es suya, sino del cantautor George Brassens, que en los años setenta sentenció: “El 95 por ciento de las mujeres se aburre follando”. Pero precisamente porque la cifra sólo ha bajado un diez por ciento en cuarenta años – y ahora que las mujeres gozan de más libertad sexual que nunca–, el discurso de Flaumenbaum en su libro “Mujer deseada, mujer deseante” toma relevo.

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Ahora bien, si el libro ha sido un éxito desde su publicación en 2007 – acaba de reeditarse en España y ahora en Chile – no es porque le eche la culpa a los hombres, al injusto no hay mujeres frígidas sino hombres inexpertos. No. Si Danièle Flaumenbaum ha revolucionado a las féminas es porque señala como causante del problema a las propias mujeres, o mejor dicho, al árbol genealógico femenino de cada una. La herencia ancestral. Un legado lleno de falsas creencias, culpas y desconocimiento que queda impreso en las células de cada nueva generación. Y he aquí el problema: la memoria celular está por encima del deseo.

Flaumenbaum fue paciente antes que médico. Tenía cuarenta años y ya era madre cuando descubrió el placer sexual. Formaba parte de una generación de médicos que consideraban al enfermo como un individuo con sentimientos y una historia detrás, y trataba a las mujeres partiendo del hecho de que el cuerpo y el cerebro están conectados. Pero no sabía que su educación sexual le había impedido “acoger y recibir en mí las fuerzas sexuales del hombre al que amaba”. En otras palabras, gozar del sexo. “Perdí mi cinturón de castidad sin saber que había tenido uno”, dice en el libro respecto a su propia historia.

A partir de su propia apertura, estudió medicina china e incorporó el psicoanálisis y la acupuntura a sus métodos terapéuticos porque lo que le había pasado a ella, le sucedía al resto de mujeres de su generación y, lo que es peor, todavía le afecta a las jóvenes de hoy. Cuarenta años después de la revolución sexual femenina, las mujeres han ganado libertad al controlar la concepción pero todavía no saben disfrutar del sexo.

La generación bisagra, acuña ella. “Las mujeres del siglo XXI piensan y viven de manera diferente a sus abuelas pero continúan ignorando el papel festivo, regenerador y restructurante de la sexualidad”, lo que convierte las relaciones de pareja en una fuente de “incomprensión, cansancio y drama”.

Y todo porque hombres y mujeres estamos hecho de manera diferente. Flaumenbaum afirma que el niño “sabe desde siempre que tendrá que vivir una sexualidad de placer en su vida adulta. No sabe cómo, pero lo sabe”. En cambio la niña, por lo general, “no lo sabe en absoluto”.

A ello hay que añadir otro problema: la madre. Tal cual. “En la construcción sexual de la mujer, la fidelidad hacia la madre es un lastre excesivamente poderoso”. Pasamos nuestra primera infancia identificándonos con nuestra progenitora, periodo en el que justo se desarrolla la capacidad de sentir deseo, de  modo que si el placer no tiene lugar en la conversación de la madre en esa fase, las células sexuales de su hija no estarán preparadas para el placer, aunque lo quiera. “El cuerpo no sabe sentir el deseo o el placer del encuentro amoroso”.

“Y puesto que la mayoría de nuestras madres, tías, abuelas, bisabuelas… –incluidas las de la línea paterna– crecieron con una educación sexual deficiente, las mujeres de hoy todavía se resienten. La influencia de la madre es tal que hasta un exceso o déficit de lactancia ocasiona problemas en el coito cuando el bebé se convierte en adulto”,  sostiene la doctora.

—¿Hace bien que la madre únicamente le da a su hija un libro de educación sexual?

—Cuando una madre da un libro a su hija sin hablarle de los sentimientos y las sensaciones de placer es porque la propia madre no lo ha sentido. Más tarde estas hijas tendrán miedo a hacer el amor, no se divertirán, pueden llegar a tener una inflamación o temor a quedar embarazadas aun utilizando métodos anticonceptivos.

—¿Y qué pasa cuando una madre transmite a su hija el mensaje de que no ‘sacrifique’ su vida por un hombre?

—El mensaje de la madre es ‘no dependas de un marido, los hombres no valen la pena, ya hemos dado demasiado’. Pero el resultado más tarde es que su hija estará en contra de los hombres. Los considerará rivales. Estas mujeres no van a saber encontrar a un hombre, desearlos ni acogerlos en el sexo.

—¿Es posible romper esa herencia ancestral?

—Sí, siempre es posible pero es un trabajo grande. Para romper con un legado difícil hay que salir de nuestra estructura mediante un cambio de tendencia. Consiste en reconocer y aceptar tu historia, y a partir de ahí remodelar la energía.

Esto es, hacer un árbol genealógico de la sexualidad de nuestras antecesoras para “detectar el ‘fantasma’ de la historia”. ¿Y cómo remodelamos la energía? Con ejercicios de visualización del aparato reproductor femenino, explica en su libro, y a través de la acupuntura, que permite que la corriente del deseo llegue al útero, el lugar donde se produce la ‘alquimia entre las fuerzas sexuales masculinas y femeninas”. Amén de transmitir a las hijas –incluso cuando son un feto– la creencia de que el sexo es placentero, aun cuando la madre no lo sienta.

Además de proporcionar placer, el ‘arte de la alcoba’ es importante porque, tal y como defiende la medicina china, la actividad sexual es necesaria para el mantenimiento de la vida, la salud mental y la prevención de enfermedades. Un acto en el que la eclosión de las fuerzas de cada sexo regenera a cada uno de los amantes. El orgasmo es, pues, el “remedio que protege contra las enfermedades”.

— ¿Qué consecuencias puede traer una vida sin sexo?

—Cuando no responde al deseo ni la elección de la mujer, es el reino de la neurosis. Parte de la mujer sigue siendo una niña, la hija de su padre y de su madre. No puede vivir su condición de mujer adulta.

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—¿Cómo rebate a los expertos que afirman que el orgasmo vaginal no existe?

—Mi experiencia proviene de la alquimia sexual taoísta donde el disfrute viene de la explosión  de los encuentros sexuales en el ‘caldero alquímico’ o ‘caja de resonancia’ que es el útero. Además la vagina siente placer al contacto de las mucosas.

—Y si la sexualidad requiere entrega, confianza y comunicación con la pareja, ¿puede ser satisfactorio el sexo con un desconocido?

—En una aventura de este tipo la mujer puede liberarse de sus temores e inhibiciones. Su deseo se atreve. Es como un paréntesis. No se siente involucrada en una relación de corazón, que es lo que la conecta automáticamente al amor maternal.

En Mujer deseada, mujer deseante, Flaumenbaum también se detiene a explicar cómo los trastornos funcionales recurrentes, es decir, aquellos que se repiten continuamente sin que haya un problema físico aparente, “son una expresión de la personalidad”. De igual modo que muchos de los problemas que ocurren en el aparato reproductor y urinario – como una micosis o una cistitis – están causados por un mal cauce de la energía sexual.

Obviamente, si existe una herencia ancestral en cuanto a falta de placer, también existe la ‘patología de linaje’, es decir, enfermedades o problemáticas que se repiten en las sucesivas generaciones “aunque no siempre con los mismos síntomas o intensidad”. Una vez más toca hacer un árbol, esta vez ginecológico. Y una vez detectado el problema, recurrir a técnicas para evitar la recaída. “La medicina occidental no es competente”, opina. “Podemos cambiar los tratamientos, pero eso no cambia el problema”. La medicina china, con su capacidad para mover las energías, es su tratamiento preferido.

La ginecóloga también deja lugar a la controversia. Como su postura sobre las relaciones gay. En su libro no habla de ello pero sostiene que la homosexualidad es una búsqueda de energía carente. Le pedimos que nos lo explique mejor. “La homosexualidad es una falta de energía sexual. Tantos los hombres como las mujeres gays reivindican su sexualidad. La femenina busca recuperar la energía que no ha recibido de su madre”.

Una última opinión contundente: ¿Por qué dice que para tener hijos buscamos a un hombre que nos recuerde a nuestra madre? “Porque para crear una familia necesitamos separarnos de nuestra madre, si no nos quedamos ancladas como hijas. Pero para lograr eso, debemos encontrar a un hombre más fuerte que ella”.