Esta semana se celebró el Día del Orgasmo. Cuando me enteré de la efeméride tan poco cristiana, se desató mi ansiedad. ¿Acaso una está obligada en estas fechas a gritar ¡Viva Chile! como si fueran Fiestas Patrias? ¿Se trata acaso de un complot contra nosotras para poner más presión por llegar al momento aquel?

Ver estrellitas no le hace mal a nadie, pero la obsesión masculina por saber si una tuvo o no un orgasmo pone tanto apremio al asunto que puede arruinar el mejor de los panoramas. Lo típico es que después de que nuestra pareja satisfaga sus bajos instintos, de pronto le asalte la curiosidad de si una lo pasó igual de bien. Entonces mira con cara de semental de las pampas y –mínimo- hace un gesto como diciendo “Dime lo macanudo, lo caballo, lo increíble que estuve”. No hay otro como yo ¿verdad?

Esta actitud masculina es tan cargante como grosera. Sobre todo porque los muy patudos, por lo general, ni se preocupan de que en las preliminares una se sienta con ánimo de pecar hasta alcanzar el Walhalla. O el Paraíso para ponerlo en términos más conservadores. Lo de la mayoría de los chilenos es dos cucharadas y a la papa y, para rematarla, después quieren que una los aplauda como si fueran el último hombre del Planeta de los Simios.

En la guerra de los sexos no sólo hay una brecha salarial. También hay otra de la que se habla menos. Me refiero a la brecha orgásmica ya que mientras en una relación cualquiera apenas un 30% de las mujeres tiene un orgasmo como Dios manda, la contraparte masculina lo disfruta en un 90% de los casos. (Estudio de la Western University).

Me imagino que esta injusticia, esta inequidad, fue la que inspiró a los iluminados que establecieron al 31 de Julio como el Día Mundial del Orgasmo.
Cuando la noche anterior le conté a mi marido sobre la efeméride, me quedó mirando con cara de ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué te compre uno? Pero rapidito se entusiasmó y terminamos en nuestro bendecido lecho matrimonial cumpliendo con mandato de Noé de repoblar este mundo.

El problema es que sentí el mismo tipo de presión que para el Año Nuevo cuando parece una obligación moral disfrutar y bailar como un adolescente. Además, como todo fue tan de improviso, no alcancé a sacar de mi cabeza los problemas propios de una mujer de familia. Es decir, niños, colegio, lista del supermercado, etc. Tan abrumada estaba que incluso los líos de la DC se me aparecieron en la cama mientras trataba de concentrarme sin éxito en mi propia felicidad.

Hasta que escuché la clásica pregunta de mi marido que desató mi ira definitiva. “¿Cómo lo pasaste? ¿Increíble verdad?”. Y yo, claro, le respondí que ”sí”, que ”por ”supuesto”, como lo hacen la mayoría de las mujeres para evitarse una discusión y no afectar el ego masculino que, por una misteriosa razón, Dios puso en ese lugar estratégico de su anatomía.

¡Basta!, me dije entonces. ¡Por lo menos que el famoso día de la cochinada esta sirva para algo! Y, acto seguido, decidí que Juan Ignacio probara de su propia medicina. Fue así como el resto de la semana me convertí en una fiera sexual, en la Tigresa del Barrio Alto, en la Karen Paola de las mujeres bien portadas. Donde veía a mi marido lo atacaba sin piedad y, claro, él ¿Upa? ¡Chalupa!, sin sospechar de mis intenciones de protesta contra la brecha orgásmica. Y cuando veía que la cosa se venía encima, fingía un orgasmo en 4D para luego pararlo en seco con la preguntita odiosa, “¿Cómo lo pasaste mi amor? ¿Estuve top verdad?”. Después me daba media vuelta y hacía la dormida.

Así estuvimos durante toda la semana hasta que José Ignacio comenzó a sufrir insomnio, jaquecas y una que otra pesadilla con el Pastor Soto. Por mi parte, al comienzo me sentí agotada, pero con la práctica empecé a tener sin querer mi recompensa. Tan bien lo estaba pasando que decidí parar con el jueguito. ¿Y si terminaba convertida en una cualquiera, en una viciosa? Eso de verdad me asustó, pero lo comido y lo bailado no me lo quita ni el cura que me confiesa.

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