Era raro estar sentado frente al ginecólogo, junto a mi señora… Había pasado un año y medio desde que estábamos tratando de tener hijos sin buenos resultados. Y en esta visita él nos indicaba los exámenes de rutina para detectar el problema, entre otros el famoso espermiograma. Siempre pensé que el problema vendría por el lado de mi señora debido a que ella tuvo un embarazo tubario en su primer matrimonio lo cual complica las cosas, sin embargo, los exámenes había que hacérselos igual, incluido el espermiograma.
 
La verdad, nunca creí que fuera tan estresante hacerse ese examen. Tuve que proceder con lo que ustedes se imaginan, pero lo complicado fue que tenía que llevar la muestra a una temperatura tal que no podía enfriarse y no podía demorarme más de 45 minutos en entregarlo… Justo me tocó un taco de esos, pero finalmente llegué a la hora. Hasta aquí no le comenté a nadie lo que estaba viviendo hasta tener un diagnóstico definitivo.

Al leerlo no podía creer lo que estaba descifrando… ‘número de espermatozoides: cero…’

Recuerdo perfecto el día en que fui a buscar el resultado, era una tarde de verano después de la pega. Iba de lo más relajado sin tener la más mínima curiosidad, tanto así que después de recibirlo, como a mitad de camino, recién decidí abrir el sobre. Al leerlo no podía creer lo que estaba descifrando… ‘número de espermatozoides: cero…’. Primero me dio risa, me dije a mí mismo que esto era un chiste o un error, nadie en mi familia tenía o tuvo algo así… Inmediatamente llamé a mi señora para comentarle lo que acababa de leer y ella reaccionó igual que yo: “¡esto debe ser un error!”. 

Hablé con el doctor y repetí el proceso. Pero por segunda vez el resultado fue el mismo… Entonces mi sensación fue de alto impacto, quedé mudo, no entendía nada. Luego apareció una luz de esperanza: faltaba visitar un especialista (el andrólogo) quien tendría la última palabra respecto de mi extraño caso llamado azoospermia.

Vinieron otros exámenes, después de revisarlos, el especialista me tranquilizó: sí tenía espermios, pero éstos no podían ser expulsados al exterior. Era como si me hubiera hecho la vasectomía… Fue una muy buena noticia, esto significaba que las esperanzas de ser padre aún seguían intactas y por ende se nos abrían enormemente las posibilidades de tener hijos. Sin embargo, tenía que operarme para extraer una muestra testicular y los espermios… Esta frase sonó en mi cabeza una y otra vez, el solo hecho de pensarlo me provocaba un dolor de esos que sólo los hombres sabemos de qué se trata… pero ya estaba metido en el baile y tenía que apechugar nomás…

Y llegó el día de la operación, el procedimiento consistía en extraerme los espermios del tejido testicular, me acompañaban mis papás además de mi señora. Estaba preocupado, pero más bien por la nueva variable de dolor que se sumaba a la del post operatorio. Se trataba de la famosa inyección epidural, la misma que les ponen a las mujeres antes de parir y que tanto temor genera hasta en ellas. Esto lo supe a minutos de la operación, me quería morir. Fue ese momento el más eterno y sufrido que he vivido, ni se imaginan el porte de esa aguja… 

Desperté a los pocos minutos de la operación hablando puras tonteras debido a la sedación, mi señora se lo tomó de lo más relajada, tanto así que mis papás la tuvieron que llamar para que viniera a buscarme, ‘la perla’ andaba de shopping en el mall…

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Me congelaron los espermios y después de unos días aspiraron los óvulos de ella para provocar la concepción mediante un ICSI (Inyección Intra Citoplasmática de Espermios). Tuvimos que esperar unos días para que se desarrollaran los embriones y luego fijar el día de la transferencia de uno de ellos (en nuestro caso) en el útero. Las esperanzas y las ilusiones me provocaban una ansiedad y nerviosismo gigantescos, recuerdo no haber dormido más de tres o cuatro horas cada noche durante unas dos semanas sin contar los trotes interminables todas las tardes sin sentir el cansancio. Lamentablemente, a la semana de haber pasado por este procedimiento mi señora sufrió una hemorragia con dolores lo cual significó el fracaso de nuestro intento… Mi sensación fue el de haber perdido una batalla, pero no la guerra, la verdad es que esta posibilidad ya la tenía internalizada, sin embargo en mi subconsciente tal vez no.

Pasó un año para que decidiéramos hacer otro intento, pero en otra institución y por ende con otro equipo médico con mayor experiencia que el anterior. Esto significaba que había que volver a repetir el procedimiento y mi operación testicular… ¡Ufff de nuevo ese dolor y la incomodidad de lo que significa esto en un hombre! Pero bueno, ahí estaba yo poniendo nuevamente ‘el pecho a las balas’, con la diferencia de que ahora la extracción era en un lugar específico lo cual aseguraba un mayor desarrollo y movilidad de los espermios. 

El proceso fue distinto, yo en una sala de operaciones y mi señora en otra, la idea era realizar un ICSI ‘en fresco’, es decir, lograr la concepción con espermios y óvulos sin congelar y a los pocos días debían transferir él o los embriones. Esta vez teníamos muchas ilusiones y altas expectativas, ya que la lógica indicaba que todo iba bien, en especial cuando nos confirmaron que serían transferidos dos perfectos embriones que tuvimos la suerte de ver mediante una fotografía, estábamos felices, esta vez iba a resultar… 

Pasaron los días y llegó la fecha en que debían darnos los resultados, corrían los minutos, las horas y nada hasta que nos confirmaron la mala noticia. Esta vez el golpe fue fuerte. En mi mente la película era clara: si no resultó esta vez es porque simplemente no nos va a resultar nunca. Me preguntaba qué sentido tiene trabajar tanto, qué motivación tiene todo. No tenía ganas de nada. Me costó mucho ir a trabajar, pensaba que ya no existía un propósito para desarrollarme profesionalmente, estaba entendiendo la frustración de muchas parejas que estaban en la misma ‘parada’ nuestra…

Ya habiendo decantado lo que vivimos pienso en la urgencia del despacho de la ley al Parlamento para subsidiar este tipo de patologías, que es más común de lo que uno se imagina (el 10 por ciento de las parejas), considerando el alto costo que significa someterse a una intervención de este tipo, no sólo estamos hablando del valor emocional sino también económico y que en nuestro caso tuvimos el privilegio de darnos el lujo de intentarlo dos veces. Si bien no resultó nuestro proyecto de agrandar la familia, lo rescatable de esta difícil situación que vivimos fue que nos unió mucho más y aún no perdemos las esperanzas…