No tendremos más cambios de hora y eso, en principio, favorecería la vida sexual. Ajustar el reloj dos veces al año contribuye al caos existencial y, en mi caso, perjudica los intentos de cumplir con mis obligaciones maritales.

Me explico. Según el reloj biológico que todos llevamos dentro, soy una persona del tipo búho, es decir, funciono mejor de noche y recién me despabilo a eso de las 11 de la mañana. Me levanto temprano porque soy esposa y madre abnegada, pero la verdad es que mis neuronas no se conectan hasta el mediodía. Antes andan medio perdidas.

Al revés, mi marido es de perfil alondra. Se levanta de madrugada, sale a correr y lee todos los diarios antes de las 8 A.M. y —me sonrojo al escribirlo— antes del desayuno está como poseído por el deseo carnal. En mi caso, me pongo más romántica cuando comienza a oscurecer y, a veces, en pleno sueño siento cosquilleos específicos, pero prefiero rezar tres avemarías antes de despertar a José Ignacio y dejarlo sonámbulo el resto del día.

En fin, no hay que ser Nostradamus para adivinar lo complicado que resulta coordinar nuestros calendarios eróticos y los malos ratos que pasamos cuando mi alondra se pone cargante y  yo, como una lechuza irritada, aleteo y sigo durmiendo.

Nuestra descoordinación amatoria marcaba su peak durante los cambios de hora oficiales y tan conflictivo llegó a ser el asunto de los ritmos circadianos que regula el hipotálamo (parte del cerebro encargado de los estados de sueño, vigila y de la secreción de hormonas) que busqué ayuda especializada.

Fue así como me enteré de la existencia de un sexólogo alemán llamado Peter Platz, famoso por sus estudios del reloj erótico de los seres humanos. De acuerdo a este doctor, el deseo sexual varía en hombres y mujeres, pero no todo estaría perdido, ya que existe un par de momentos al día en que las ganas están más o menos ajustadas en la pareja: a eso de las nueve de la mañana y de las cuatro de la tarde.

Según Platz, a las nueve de la mañana las hormonas del placer están en un nivel alto en el sexo femenino, mientras que en la contraparte la testosterona aún se mantiene 50 por ciento más arriba que en el resto de la jornada. A las cuatro de la tarde, las curvas de ambos coinciden otra vez. ¿Pero son estas horas aptas para todo público, digo yo? ¿Qué porcentaje de la población puede ajustar sus calendarios sociales y de trabajo a estos caprichos del hipotálamo? Y qué ocurre con esos chilenos que usan la expresión ‘pollito al velador’ para nombrar una conducta reproductiva autóctona que se realiza a la hora de almuerzo y, por lo general, con la conciencia intranquila.  (Este minuto sería fatal según la ciencia, pero parece que funciona).

La agenda erótica del señor Platz suena interesante, pero poco práctica. Quizás en su Alemania natal, donde todo es orden y puntualidad resulte, pero en Chile tengo mis dudas porque no es lo mismo establecer científicamente que las nueve y media de la mañana es el mejor instante para tomar un café porque hay menos cortisol en la sangre, que a las cuatro de la tarde es bueno una escapadita detrás de los matorrales, como se dice, porque las hormonas sexuales están ajustadas.

Bueno, al menos tener todo el año el mismo horario ayudará a mantener una ilusión, cierta esperanza, el retorno de las certezas. Porque, admitámoslo, el auténtico llamado de la selva poco sabe de convenciones. Simplemente asalta, como un felino mañoso, y en eso está lo bueno y lo malo del sexo.