Siempre había defendido la idea de que para tener un romance había que tener una edad similar. A lo más dos o tres años de diferencia, pero nunca más. Para mí no se trataba de una cuestión de género. Consideraba igualmente estúpido que una mujer saliera con un hombre menor o un recién separado acosara a jovencitas. Me daba lo mismo si era Madonna persiguiendo a un bailarín o Michael Douglas recién casado con Catherine Zeta Jones. Para mí, se trataba de inmaduros tratando de detener el tiempo a costa del ridículo. Increíble lo cruel que se puede llegar a ser, es lo primero que pienso cuando me acuerdo de todas esas veces que dije que mirar para abajo era el primer paso de una escalada segura hacia la decadencia.

Supongo que los años de culpa católica y los prejuicios no me daban para entender que cuando el poder de la atracción actúa, el tiempo vivido, no importa nada. 

Hace un año, la creencia que tanto tiempo defendí a brazo partido se rompió en mil pedazos. Fue a miles de kilómetros de Santiago, no podía ser de otra manera. Caminaba por el Soho de Londres en busca del pub favorito de las grandes estrellas del rock en una de las tardes más calientes del verano británico en los últimos treinta años. Horas antes me había reunido con un par de amigas que habían llegado desde Madrid. La idea era juntarnos en el hotel un par de horas para ir al cumpleaños de otra amiga de la infancia que vivía hace años en un pequeño poblado en las afueras de la ciudad. Pero nunca llegué, tampoco di con el bar en cuestión. Sin embargo, lo que encontré fue mucho más entretenido.

Cansada de dar vueltas, entré a un bar donde había una degustación de vinos franceses. Me acomodé en un rincón de la barra y disfruté simplemente del placer de estar ahí. El fantasma de mi separación se había esfumado y no habían preocupaciones en el horizonte. De pronto, a mi lado se sentó un tipo que me sonrío en cuanto nuestras miradas se cruzaron. Sin nada de disimulo lo miré con detención y calculé —influida por su barba— que rondaba los 30 años. Una década menos que yo, pensé instantáneamente ante mi sorpresa. Mucho tiempo después, él se encargaría de sacarme del error y aclararme que apenas tenía un cuarto de siglo. Era uno de los miles de jóvenes portugueses que han emigrado a los países prósperos de la Comunidad Europea en busca de mejores oportunidades.

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Pocas veces en la vida recuerdo haberme conectado tan intensamente con alguien en un primer encuentro. Los mismos gustos culinarios, musicales y literarios. Parecía tan impresionado conmigo como yo con su vida de dj en una popular disco de Berlín. Antes de terminar en su departamento, caminamos por la orilla del Támesis, mientras yo me reía de mí y mis viejas ideas. Cuando volví a Santiago no le conté a nadie mi aventura, pero la alegría no la podía ocultar. Al verme mi amigo y estilista Nicolás me dijo: “pero qué baño de juventud te diste”, ante mi silencio sepulcral. Con mi nuevo amigo hablamos dos veces a la semana por skype y hace seis meses pasamos cinco días de vacaciones en Río de Janeiro. No soy tan estúpida como para ponerle un nombre, pero tampoco tan tonta como para no aprovechar este romance interminente que no exige más que diversión. Y si algún atisbo de remordimiento por las casi dos décadas de diferencia me quedaba, desaparece por completo cuando leo las conclusiones de una controvertida investigación de la Universidad de California que asegura que la tendencia mundial es que las mujeres cada vez buscan más relacionarse con hombres menores argumentando que si la mujer es lo suficientemente juvenil y el hombre lo suficientemente maduro, la edad no debería ser ningún inconveniente. “Esta atracción podría tener incluso una explicación fisiológica debido a que las mujeres alcanzan su máximo esplendor sexual pasados los cuarenta, a esa edad realmente se entregan al goce, se muestran más desinhibidas y en resumen disfrutan más de su vida sexual”, aseguran los científicos. Sharon Stone, Cameron Díaz, Susan Sarandon y Kylie Minogue han dicho que jamás se fijan en la fecha de nacimiento cuando se sienten atraídas por alguien. “Es como ponerle más trabas a algo que de por sí ya es extremadamente difícil que ocurra”, dice la actriz que se hizo mundialmente conocida en la cinta Loco por Mary. Desde hoy, la rubia de la sonrisa perfecta es mi nueva gurú. Yo no lo podría haber explicado mejor.