“Empezó a teñirse el pelo como yo, a hablar como yo, me enfermaba”. El párrafo es parte de una canción de Madonna (She’s not me) en la que canta a la que una vez fue su buena amiga y terminó convirtiéndose en su amiga tóxica. Y si a Madonna le ha pasado, ¿qué queda para el resto de los mortales? Tener que lidiar con la situación en el anonimato, sin poder cantarla ni hacer un videoclip.

Los amigos tóxicos vienen en distintos formatos. Algunos entran en una extraña competencia contigo, intentando superarte en alguna área, al tiempo que se disfrazan de comprensivos que quieren lo mejor para ti. Son los que ponen cara de tristeza cuando les cuentas algún problema, pero por dentro están sonriendo. Otros se camuflan como el amigo chistoso, ese que es experto en buscar el punto débil de su audiencia y en tono de broma termina pegando justo donde más duele.

Y no es un problema sólo de escolares. Pasa en la universidad, en el trabajo y con amigos ya maduros, por no decir lisa y llanamente viejos. A punta de chistes, ironías o supuestos consejos, buscan tener el control de su entorno, de su pequeño mundo, socavando lentamente la autoestima del otro. Son los que te dicen la barbaridad más increíble seguida de una estruendosa risa. “Amiga, ¡pero si ese tipo nunca te va a pescar! Jajajá”. “ ¡Pero quién te va a contratar! Jajajá, ¡es broma!, ¡estás súper capacitado! Ya pues, ríete”.

Qué hermosa es la amistad.

Gracias por el apoyo.

A muchos les ha tocado tener que aguantar sistemáticamente las bromas hirientes del amigote, el cariño interesado, el apoyo falso, el consejo entregado con pica. 

El tema es tan común que hay toda una industria editorial al respecto. El último libro lo escribió la norteamericana Susan Shapiro y se llama Toxic Friends: The Antidote for Women Stuck in Complicated Friendships (Amigos tóxicos: el antídoto para las mujeres atascadas en amistades complicadas). Y tendrá que competir con una larga lista de títulos. En la sección de libros de Amazon aparecen 4.584 resultados cuando se ingresan la palabras “toxic people”, divididos en las categorías de “relaciones interpersonales”, “sicología y consejos”, “autoayuda”, “relaciones disfuncionales”, “recursos humanos y management”, “codependencia” y “espiritualidad”. Si se busca en Google, aparecen 1.780.000 resultados. Y en la vida, todos los días nos encontramos con algunos de estos especímenes.  

Los tóxicos están en todas partes. Estamos rodeados. Son los reyes del ninguneo, de la violencia pasivo-agresiva o de la microviolencia, como ahora, tan sofisticadamente, la llaman algunos sociólogos.

Pero no sólo basta con detectarlos, lo importante es lograr zafar, dejar de entregarles en bandeja de plata la autoestima para que eleven la propia. Aunque deshacerse de ellos no es tan fácil. Si se les encara directamente  te acusan de hipersensible y latero porque no entiendes su ironía. Si te empiezas a alejar de a poco, ellos se encargan de mantener el contacto porque obviamente no van a dejar que sus presas se escapen fácilmente. Después de todo, ahí radica el poder de estos pequeños Maquiavelos: tener siempre un entorno que les permita ningunear para sentirse superiores. 

Y a veces la víctima del tóxico siente un poco de pena, se cuestiona. Porque el amigo también tiene algunas virtudes. 

Y tal vez vale la pena quererlo. 

Sí.

Pero quererlo bien lejos.