Comienzan a llegar de a poco al auditorio central de la Clínica Las Condes y el ambiente se carga de emotividad. En la forma en que se miran, saludan, abrazan, hay una familiaridad que va más allá de recordar el nombre o la edad. Vienen de pelear la más dura de las batallas y el triunfo es estar aquí, respirando y posando para nuestra foto.

Algunos defienden las teorías que aseguran que el cáncer nace en la cabeza, mientras otros creen fervientemente que no hay estudios que demuestren el componente emocional de la enfermedad. Pero hay algo en que todos coinciden, el camino que transitaron por esta dolencia, los cambió para siempre. Todas las lágrimas que derramaron hoy son un desfile de sonrisas, agradecimiento, esperanza, amor. Enfrentar a la segunda causa de muerte en Chile, es caminar por un despeñadero de dudas, miedos e incertidumbres, en el que la fuerza mental y física se pone a prueba, segundo a segundo. Descubrimos cuatro de las historias más estremecedoras de sobrevivientes del mal que padecen casi 20 millones de personas en el mundo.

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Desde que su hijo Sebastián empezó con convulsiones, Jocelyn Medina (30) comenzó a recorrer las consultas de los médicos más prestigiosos de Iquique y Antofagasta. Sin excepción, todos coincidían en el diagnóstico: epilepsia. Sin embargo, de tratamientos y proyecciones a futuro poco y nada le decían. “Incluso un neurólogo infantil, supuestamente una eminencia, nos retó por preguntar cuál sería el impacto de la enfermedad en su vida. Indignado nos dijo ‘ustedes son muy ansiosos, acaso creen que cualquiera tiene esta especialidad’. En ese momento decidimos partir a Santiago”, recuerda.

Llegó hasta Clínica Las Condes hace más de dos años con un montón de exámenes bajo el brazo y llena de dudas. A las pocas semanas, recibió una noticia más demoledora: Sebastián tenía un tumor del tamaño de una pelota de ping pong en el cerebro que era lo que le provocaba las crisis epilépticas. “Quise morirme. Uno escucha la palabra cáncer y piensa en la muerte”, confiesa.

Cuando su hijo llevaba seis meses de quimioterapia vino otro terremoto de igual magnitud. Descubrió que tenía una protuberancia en uno de sus pechos. La biopsia determinó que tenía cáncer de mama del tipo más agresivo. “En una semana se me expandió al brazo, así que los doctores dicidieron sacarme todo: mamas, ganglios de la axila… Vivía en la clínica, dejaba a mi hijo haciéndose su quimio y subía a hacerme la mía. Siempre estresada de que la isapre alcanzara a cubrir”.

La empresa de su marido que trabaja en el sector minero les puso un departamento y los familiares se organizaban para apoyarlos en lo que necesitaran. “Ahí es cuando uno piensa qué pasa con la gente que no tiene ‘lucas’ o que se confía del diagnóstico equivocado. Si nos hubiéramos quedado en el norte no estaríamos contando esta historia”, reflexiona.

Un día se miró al espejo y no se reconoció. “Estaba pelada y tan gorda por las corticoides que parecía un globo. Ahí me di cuenta del amor que me tenía mi pareja que como podía trataba de hacerme reír. Nuestra relación pasó por la prueba más difícil y salió fortalecida”.

A mitad de camino para recibir el alta médica, dice que nadie puede ser el mismo después de una experiencia tan fuerte. “Antes era algo soberbia, ahora soy más cariñosa y les dedico más tiempo a mis padres y amigos. Me volví súper pegote”.

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La inesperada muerte de su padre y una estafa familiar que los dejó prácticamente en la calle tenían a Guido Bonati (25) con una pena infinita. Las bajas y subidas de peso las interpretaba como parte del proceso de convertirse en un nuevo pobre. Por eso, ni siquiera le tomó importancia a la neumonía que lo atacó cuando preparaba los exámenes de tercer año de medicina veterinaria. “Pensaba que era estrés. Cuando supe que tenía Linfoma de Hodking quedé en shock, igual que mi mamá, no reaccionaba”.

En la operación le extrajeron un tumor de ocho kilos. “Nadie se explicaba que hubiera resistido tanto tiempo. En un momento fui el paciente más complicado de la clínica”. Los amigos fueron clave. “Mientras estuve internado, había uno que siempre estaba subiendo el ánimo a todos, en la tarjeta de la puerta de la pieza escribía nombres de superhéroes, siempre positivo y ya no está… Es terrible ver como algunos se van quedando en el camino… Yo podría haber sido uno de ellos”.

Introvertido y amante de la lectura, este ex alumno del colegio Cumbres dice que la enfermedad le permitió conocer la naturaleza humana con todos sus bemoles. “Hay algunos que se acercan, pero mucha gente se borra por completo también porque la situación económica cambia radicalmente. Otros prometen ayuda y no regresan más”.

En algún momento, llegó a tener 14 caballos fina sagre, viajaba con su profesor de equitación por el mundo y con su padre tenían planificado hacer un haras. Hoy, trabaja como promotor para pagar la universidad y ayudar a su familia. “Aunque suene a lugar común Dios no nos pone obstáculos que no seamos capaces de superar”.

El próximo control es en tres meses más y no tiene miedo. Gracias a los estabilizadores del ánimo, las crisis de pánico quedaron atrás. Afirma que a pesar del sufrimiento y la incertidumbre, tiene mucho que agradecer a la enfermedad. “Es un freno, obliga a detenerte y ver qué es lo que realmente quieres. Es como volver a empezar”.

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En 1993, la vida de Raúl Morales (64) cambió para siempre. Una herida que no cicatrizaba se convirtió en el primer capítulo de su historia con el cáncer. “Hoy no tengo de qué quejarme, pero en ese momento fue una condena a muerte. No podía parar de llorar. Estaba cesante y me pasaba todo el día con mi hijo que aún no cumplía dos años. No tenía ganas de nada. Eso me costó el matrimonio”.

Logró recuperarse,  pero la enfermedad regresó seis años más tarde por partida doble. “Tenía una lesión en la piel. Me operaron inmediatamente y en plena recuperación, empecé a toser y expectorar sangre. El premio mayor: era cáncer de pulmón inoperable”, afirma, con un dejo de ironía.

No le dieron más de seis meses de vida. Lo único que se podía hacer era probar con un protocolo experimental que en algunos casos estaba dando buenos resultados. En ese momento, Raúl tomó una decision: más que prepararse para morir, iba a exprimir la vida. Aceptó la quimioterapia, sin ninguna expectativa sólo porque “había que dar la pelea. El tema económico ya estaba solucionado así que me dediqué a divertirme y lo pasé el descueve. El doctor me dijo que dejara el cigarrillo, pero para qué si me iba a morir igual. En el resto le hice caso en todo. No me preguntes qué pasó pero a los cuatro meses me habían dado de alta”, dice, con una sonrisa que jamás lo abandona.

“A las tres semanas recuperé la función respiratoria y el tumor que medía 10 centímetros disminuyó a 10 milímetros en el primer escáner. En el segundo control ya estaba en 7 milímetros. Entonces, dicidieron seguir con radioterapia, y volví a trabajar”, recuerda.

Años más tarde, cuando una molestia estomacal resultó ser un cáncer de colon, Raúl ya había elaborado su propia tesis sobre el mal. “Soy un convencido de que la preocupación alimenta estas enfermedades, es como la gente pesada, si la pescas se pone más pesada. La vida es ahora, no hay que pensar en el mañana. A mí todo lo que pasó me ayudó a dejar las cuentas claras con mis hijos. No paro de decirles lo mucho que los quiero. Implantamos el día del padre e hijo y es una maravilla”.

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Una sensación de cansancio y dolor  acompañó a Mónica Marchant (51) durante todo el 2007. En agosto le detectaron fibromalgia así que a partir de ese momento todas las molestias las atribuía a la enfermedad. Sin embargo, el malestar se hizo insoportable. Tenía dolor de oídos, hinchazón, mareos y ahogos que una noche simplemente no aguantó más. “Eran como las tres de la mañana y no podía respirar. Como pude vestí a mis niños y partí a urgencia. Había un accidente y nadie me pescaba, cuando al final me atendieron lo primero que me dijeron es que tenía estrés. ‘Eso ya lo sé’, les repondí. Tanto insistí que pidieron un escáner. Al rato una doctora me avisó: ‘tienes una masa en el pulmón, si quieres llorar, llora ahora porque vas a tener que ser súper fuerte y llamar a alguien que se haga responsable. Te vamos a internar”.

Se trataba de un tumor en el timo de 10 por 13 centímetros que le había tomado el pulmón, el corazón y parte de las venas. Sin embargo, no asumió lo que estaba pasando hasta que supo que se le caería el pelo. “Lloré dos días seguidos.Luego perdí el control total de mi vida. Entregué tarjetas, llaves, niños, nana, ¡todo! No tenía fuerzas para nada y cada vez que iba a la clínica me dejaban internada de nuevo”.

“Me encomendé a la Vírgen”. Fueron meses de dolor, en los que siempre estuvo acompañada por su familia, amigos y pareja. “Cuando me recuperé sólo quería volver a trabajar, era tomar mi vida de vuelta. Pero a los tres meses hice metastasis en los pulmones. No pudieron sacar nada porque estaba totalmente pegado a la pleura”.

Un año después volvió a pasar por lo mismo, pero esta vez nadie del equipo médico apostaba por ella. “Siempre digo: yo viví mi funeral, llegaban romerías y romerías de gente a verme. Me daban regalos, abrazaban y pensaba ‘con esta tremenda prueba de amor no puedo fallar. No puedo morir’”.

Apoyó el tratamiento con todas las terapias alternativas que no presentaban ninguna contraindicación. “Reiki, hice el curso de la activación de la glándula pineal con la Lita Donoso, tomé pastillas de vino y toda la miel que me dijeron y aquí estoy”, bromea.

Hoy como voluntaria del Centro de Cáncer de la Clínica Las Condes siente que tiene la oportunidad de devolver todo el amor que recibió cuando estaba entre la vida y la muerte.

En mayo próximo cumple cinco años sin cáncer.