Hoy cumplí catorce días siguiendo las pautas alimenticias de Haylie Pomroy y su Dieta del Metabolismo Acelerado. Después de descubrir que tanto mi amiga como yo habíamos bajado dos kilos, admito que la motivación para seguir adelante con fue importante. Empecé a familiarizarme con la avena y aunque no estuviera Yann Yvin en mi cocina, confieso que me creí ‘Masterchef’ preparando un simple wok de pollo y verduras con fetuccini sin gluten para el almuerzo de la primera fase (lunes y martes).

En pocas palabras, empecé a ver el vaso medio lleno. Me olvidé de la angustia de no tomar café y tener vetado mi preciado chocolate amargo. Sin embargo, eso fue gracias al aporte de los granos como quínoa o arroz integral que me hacen tener menos hambre a deshoras y también mucha energía para gastar. Por eso decidí volver al gimnasio y mi ex personal trainner me dio la bienvenida recomendándome 10 kilómetros de caminata (porque dice que ser runner ya está out) y otros 6 kilómetros en bicicleta.

Me siento más liviana y con más ánimo. Eso hasta que llegó la segunda fase y, con ello, los dos días más difíciles de la dieta: miércoles y jueves. “¿Cómo vas?”, nos preguntábamos con mi amiga por WhatsApp. Contaba las horas para que se acabara pronto, donde sólo comemos proteínas y verduras, nada de fruta ni granos y claramente, la ansiedad más se nota.

Pero ojo: tampoco es como que se pueda comer todo tipo de proteínas, hay reglas que seguir. ¿Una de ellas? No comer la yema del huevo. Por eso decidí aprovechar las que me sobraron de mi omelette del desayuno y las mezcle con aceite de oliva para un masaje de pelo. “¿Fuiste a la peluquería?”, me preguntaron en el trabajo. “No… en vez de comerme las yemas me las echo en la cabeza”, contesté mitad riéndome y mitad hambrienta. Fueron los días más complicados. Entretanto mi amiga cayó en cama y descubrió que el jarabe par la tos tenía azúcar (que en esta dieta está prohibida), y para colmo no estaba en condiciones de mover un solo músculo… “Siento que voy a engordar si sigo echada”, me decía al borde de la angustia.

Pero mi drama era bien distinto: las fotos de Kendall Jenner en el desfile de Victoria’s Secret. ¿Han visto esas piernas? Así que no pensé en salirme ese día de la dieta y fui a una de mis picadas favoritas de ensaladas a los pies del edificio donde trabajo. ¡ERROR! Resulta que no puedo comer choclo, ni nuggets de pollo, ni salsa césar y lo peor… adiós a los crutones y al queso. “¿Qué le pasó? Usted siempre se come el ‘pancito’ con queso a esta hora”, me dijo la dependienta. ¡No puede ser! ¡Ya tenía mi fama!
La prueba más difícil fue el partido de Chile versus Colombia (el jueves, es decir, la fase 2) en la casa de unos amigos. Me adelanté. y, antes de toparme con las papas fritas, choripanes y cervezas heladas, tomé un té verde con un plato de atún con espárragos al dente para no tener tanta hambre y flaquear durante el partido.

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En menos de lo que esperé llegué a mi segundo fin de semana de dieta. Para mi sorpresa, esta vez no hubo tantas tentaciones como el anterior. Y mejor aún, bajé otro kilo y hasta me volvieron a entrar mis pantalones hit de mi época universitaria. Y el cinturón se movió otro agujero. ¡Sí, ya estamos en la mitad del desafío! ¡Vamos que se puede!

Veamos qué tal me va.

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