Mientras la tecnología avanza a pasos agigantados en la formulación de productos cada vez más efectivos para hidratar y proteger el cuerpo, la investigación científica y antropológica sigue encontrando en la naturaleza poderosos principios activos que sumar a esta tarea. En algunos casos se trata de vegetales que han sido utilizados desde tiempos inmemoriales por comunidades originarias; en otros, el foco se ha hecho en elementos cuyas propiedades han sido develadas recientemente.

Es así como la Amazonía se ha convertido en la fuente principal de muchas de las llamadas “súper frutas”, que se caracterizan por su alta concentración de vitaminas y antioxidantes. En esta línea encontramos el Theobroma grandiflorum, que en griego significa alimento de los dioses. Conocido como cupuacu o cacao blanco, es originario de la parte oriental de la selva tropical, aunque también crece en otros países como Venezuela, Bolivia, Perú y Colombia.

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Es un árbol que puede alcanzar hasta 20 metros de altura y su fruto, dulce y ácido a la vez, es considerado como el sabor símbolo del noreste de Brasil. En el pasado, los chamanes promovían sus poderes sanadores en ceremonias donde se bebía su jugo a fin de facilitar los nacimientos difíciles y aliviar los dolores estomacales. Con el tiempo se incorporó a la fabricación de mermeladas, helados y dulces.

Bajo su dura cáscara se esconde una grasa blanca y aromática que es muy similar a la manteca de cacao. Contiene altos niveles de fósforo, pecticina, proteína, calcio y vitamina C, lo que la convierte en un excelente emoliente y lubricante que proporciona una sensación de tersura y suavidad al tacto. Su principal componente es el theograndins, un poderoso antioxidante de la familia de los polifenoles que ayuda a frenar la acción destructiva de los radicales libres.

Por su composición, rica en ácidos grasos, favorece la aplicación de las formulaciones estéticas al tiempo que forma una barrera cutánea que impide la pérdida de agua, mantiene la hidratación y mejora la elasticidad de la piel.
Entre los tratamientos para piel que la incluyen en su composición destaca la línea Chronos del gigante brasileño Natura. La compañía, que en la última década se ha levantado como uno de los líderes de la revolución cosmética mundial, trabaja directamente con las comunidades del noroeste del Estado de Rondonia, en Porto Velho. Junto a las distintas tribus idearon el proyecto Reca, que protege la bioversidad a través de mecanismos de reforestación y apoyo para el desarrollo de nuevas iniciativas.

Hace unos años, el gobierno brasileño enfrentó a una empresa japonesa que reclamaba derechos exclusivos sobre el nombre en portugués del cupuacu. La batalla contra la biopiratería, en la que los cariocas salieron invictos, se extendió además a un producto originario del pulmón amazónico: el murumuru.

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También conocida como astrocaryum, crece en forma de palmera de varas alargadas con flores y semillas muy espinosas, por lo que su recolección requiere de extremo cuidado. La leyenda dice que fue la principal fuente de sobrevivencia en el norte brasileño en tiempos de catástrofes naturales. De hecho, los recolectores de caucho aún se alimentan de su fruto cuando van de cacería.

El Estado de Pará concentra el mayor número de especies de este tipo, las que también pueden encontrarse en terrenos pantanosos o con altos niveles de humedad, como las costas de la Isla de Marajó. Con sus troncos se construyen viviendas y de la cáscara de su semilla nacen anillos y botones. Mientras sus hojas se utilizan en la fabricación de sombreros, canastos y vestidos. Hasta se puede comer su palmito y desde las espinas se extrae un pigmento natural.

La manteca de murumuru es obtenida por compresión a frío de la nuez del árbol. Rica en vitamina A, contiene triglicéridos extraídos de la nuez y más de un 40 por ciento de ácidos grasos que ayudan a crear una película protectora que permite a la piel retener la humedad y prolongar los efectos de la hidratación por mucho más tiempo que los productos que tradicionalmente se han usado para ese fin.

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Hace hasta poco, las comunidades amazónicas estaban en pie de guerra contra esta palmera. Como sus espinas dificultaban el desplazamiento y generaban accidentes, optaron por quemarlas o cortarlas para impedir su crecimiento. Esto tuvo al murumuru al borde de la extinción. No obstante, gracias a la investigación y el trabajo con antropólogos, los indígenas comprendieron el tremendo tesoro que se estaban farreando y hoy es una fuente importante de ingresos. De hecho, en ese ambiente festivo que caracteriza a los brasileños hasta canciones le han compuesto.