Razones para sentirse mal nunca faltan. Puede ser demasiado trabajo o falta de éste, pero el dolor en la espalda está ahí, presionando fuerte, como un rottweiler aferrado al final del cuello. Sabemos que si vamos al médico nos recetará antiinflamatorios y el consabido tratamiento de kinesiterapia, pero la afección es rebelde, y si hay más estrés, aumenta. Entonces recurrimos a ‘San Diclofenaco’ o a ‘Santa Clorfenamina’, pero cuando éstos no hacen el milagro, surge la alternativa de las terapias complementarias. Todas consideran al hombre como un ser integral, inseparable.
“Estas técnicas se denominan complementarias, porque apuntan a la sanación desde la parte espiritual de la persona. Ayudan al alma, mientras la medicina y la siquiatría curan el cuerpo”, explica la consteladora familiar Cristina Llaguno.

El Ministerio de Salud ha evaluado la incorporación de estas terapias en el sistema público. Ya en 2008 le otorgó reconocimiento a la acupuntura como profesión auxiliar de la salud. Buscando aliviar mis tensiones, me lancé en un recorrido exploratorio. Comencé por el Centro de medicina biológica del Dr. Etienne Claudet, médico internista que practica la terapia neural, “Un puente entre la cultura oriental y la occidental”, asegura.
En 1928 los hermanos Ferdinand y Walter Huneke dieron a conocer el efecto de un anestésico muy débil, la procaína, sobre el sistema neuronal. Con pequeñas agujas realizan inyecciones superficiales. “Si estamos trabajando con el hígado, el especialista pincha el sistema nervioso que comunica con el hígado, y el cerebro pierde el control de ese órgano. Entonces, el cerebro ve si puede rectificar la respuesta. Las terapias de biorregulación le dan al paciente la capacidad de encontrar ellos mismos un nuevo equilibrio”, afirma Claudet.

Quienes odian los pinchazos no van a usar esta terapia. Preferirán algo más sutil, como las flores de Bach. En Inglaterra cortan flores perfectas en cierto punto de su floración y al amanecer, nos cuenta Ximena Campos, ingeniera informática y maestra de yoga kundalini. “Se extraen sin que nadie las toque; caen a un agua muy pura en un cuenco de cristal. Eso se deja al sol un par de horas en un día absolutamente despejado”.
La maravilla es que “la vibración de la flor se traspasa al agua y armoniza con la del ser humano; ¡ahí uno ve la mano de Dios solamente! Al ingerirla, a través del agua, se armoniza una cierta frecuencia tuya, y eso se traduce en un cambio emocional”.

OTRAS TERAPIAS APUNTAN A la CONEXIÓN DIRECTA DEL SANADOR y EL CONSULTANTE. Es el caso de Sat Nam Rasayan, una milenaria ciencia yogui donde el que cura, en estado meditativo, observa sus sensaciones en total neutralidad y unión con el universo. Sat Nam Rasayan significa en sánscrito: relajación ultraprofunda en la verdadera identidad. Lo trajo a Occidente el maestro Yogi Bhajan, legando el conocimiento a Guru Dev Singh, actual maestro y guardián de las enseñanzas. Una de sus discípulas, Ravi Kaur, nos recibe en la calle Asturias.
Para hacer la fotografía, me hacen posar como paciente. Me acuesto de espaldas, me relajo, cierro los ojos; Ravi me coge suavemente el brazo izquierdo. Yo, ensueño. Me cuesta despertar. “Ahora, ya no eres el mismo de cuando llegaste. Se trata de una relajación profunda en los brazos de Dios. Trabajo desde el mundo sutil; no necesito ni que me hablen”, explica Ravi. El sanador ve lo que siente en relación con el paciente y su trastorno. Libera sus propias sensaciones y algo profundo se desbloquea en el otro.

Similar es la consulta de los registros akásicos. Tanto el terapeuta como el consultante deben estar conectados en una vibración superior. El término akásico deriva de la palabra sánscrita akasha, que significa la esencia del universo que todo lo impregna. Las raíces de lo que ha existido, existe o existirá se encuentran en ella.
“La persona acude a resolver su ‘gran duda’, y esto sana porque es como redireccionar la energía que estaba pasmada o seca en un momento determinado. Los registros akásicos son una herramienta que ayuda a canalizar los estados emocionales, a completar cosas que están a medias, a canalizar la energía”, explica María Soledad Peñafiel, terapeuta

Místico también es el método Alkymia, de Lita Donoso, un sistema de autosanación basado en “conocimientos ancestrales sobre cómo funciona la energía en un ser humano y cómo la usamos a través del sentir, el pensar, el intencionar y el atender. Son facultades innatas que nos permiten crear las realidades todo el tiempo”. Lita es sicóloga clínica de la Universidad de Chile, y ejerció durante 25 años. Hace una década creó el método Alkymia, relacionado “con algo que habíamos olvidado acerca de nuestras glándulas y hormonas. Allí hay códigos dormidos que nos permiten entrar en un proceso creativo”, señala. Activan ‘energéticamente’ algunas glándulas: el timo, la tiroides, la glándula pineal y la pituitaria. “Cuando se reactiva la producción de estas hormonas se detienen las enfermedades”.

Busca eliminar los pensamientos ruines. En esto se parece al ho’oponopono, antigua terapia hawaiana “increíblemente poderosa”, según Pedro Engel. Fui al taller que el astrólogo y tarotista realiza. El principal propósito es descubrir la divinidad dentro de uno mismo y pedir en cada momento que nuestros errores en pensamiento, palabra y acción sean limpiados. Para esto se repite el siguiente mantra: “Lo siento, perdóname, gracias, te amo”.
Uno se entrega y esta antigua terapia da la oportunidad de borrar las memorias de dolor, dejando espacio para la inspiración. Es como eliminar los archivos temporales del computador.

Pedro Engel combina el ho’oponopono con lo que aprendió de constelaciones familiares con Cristina Llaguno. “No son una herramienta, sino que una filosofía para la vida”, cuenta la abogada argentina.
Asistí a dos sesiones en en el Hotel Regal Pacific. Nos sentamos en un enorme círculo y contamos en una breve frase por qué estamos ahí. Cristina va escogiendo personas para ‘constelar’. Todos participan representando distintos roles dentro de la familia. De pronto están de pie en ‘el campo’ mis padres, mis abuelos, mis hijos. “Tenemos millones de imágenes en el inconsciente. El 80 por ciento viene de nuestros progenitores. Son imágenes de cosas que han salido mal y producen tristeza en la familia. La constelación horada las corazas de las personas con mucho amor, con cuidado, y lleva a vivenciar algo que está produciendo sufrimiento. Cuando se da cuenta de que ella misma se lo generó, se produce un cambio espectacular”, explica Cristina Llaguno.

La finalidad es una sola, pero los caminos son infinitos, comenta el actor Alejandro Cohen, que ahora se dedica al Seiki Shiatsu, un método de sanación a través de digitopuntura. “El objetivo es abrir aquellos canales que están cerrados. Son presiones con los dedos para abrir flujos que impiden esta armonización del cuerpo”.
Trabajan con una intencionalidad basada en el amor. “La parte más amorosa de uno es el Seiki. Y esa parte se debe relacionar con el del paciente”.

Lea la entrevista completa en la edición del 15 de febrero.