Cleopatra lo intuía. Para tener una piel suave y luminosa, la reina del Nilo se sumergía en baños de leche de burra, lujuriosos. Popea, esposa de Nerón, llegó a tener un rebaño de 500 de estos animales porque quería ser la más linda de Roma. Siglos después, las abuelas mezclaban yogur —ojalá ‘de pajaritos’— y miel para hacer mascarillas rejuvenecedoras.

Todos estos secretos de belleza milenarios tenían en común la acción de proteínas y microorganismos vivos que equilibraban la salud de la piel.

Pues bien, hoy la ciencia tributa la sabia coquetería de nuestras antecesoras con el auge de la cosmética probiótica, es decir, de aquellos productos que incluyen microbios o sus derivados para ayudar a combatir tanto condiciones médicas (rosácea, acné), como el envejecimiento cutáneo. Y lo hace de manera muy efectiva al concentrar sus principios activos de tal forma que no es necesario un ejército de esclavos que ordeñen la fórmula de la belleza eterna.

Seguro que escuchó hablar de las bondades de los probióticos en la dieta. Según la definición de la OMS, se trata de microorganismos vivos que, cuando son administrados en cantidades adecuadas, promueven beneficios en la salud del anfitrión que los aloja. Por lo general, son bacterias como lactobacillus o cepas de levaduras que vienen en alimentos fermentados y que ayudan a mantener la flora intestinal equilibrada. Sus productos alimenticios más conocidos son el yogur, kéfir —o yogur búlgaro o ‘de pajaritos’— y kombucha (té fermentado), aunque también encontramos estos bichitos en preparaciones no lácteas como el chucrut. Según un estudio publicado en el British Journal of Nutrition, la ingesta del probiótico lactobacillus gasseri promueve un vientre plano al favorecer la digestión y desinflamar. “Además de regular en el tiempo la glicemia lo que en el futuro podría ayudar a controlar los antojos por alimentos altos en azúcar y carbohidratos”, explica la nutricionista Ainhoa Ferreira.

La microbióloga de la Universidad Estatal de Washington, Carolyn Bohach, descubrió que en nuestro cuerpo tenemos diez veces más bacterias que células; la mayor parte neutras, unas pocas buenas y unas muy poquísimas malas. En otras palabras, somos más bacterias que nosotros mismos.

Lo que hizo la industria cosmética fue tomar la misma idea usada para mejorar la flora intestinal y la digestión —hacer alianzas con estos ‘microbios buenos’— para ayudar esta vez a la flora que existe en nuestra piel.

“En Chile esta tendencia va a entrar fuerte. Es lo que viene”, anuncia el director médico del IME (Instituto Médico Estético) Felipe Villarroel, quien en Europa ha visto como los productos con microorganismos vivos empezaron a ganar terreno en España, Francia e Inglaterra ya en el año 2010.

El uso más extendido de esta cosmética probiótica es en personas que sufren dermatitis atópica (eczema), acné, psoriasis y rosácea debido a que se trata de condiciones inflamatorias de los tejidos. Ahora, por extensión, estos productos tendrían un efecto antiage. Veamos.

El principio del equilibrio es el secreto de estos microbios para actuar beneficiosamente sobre la piel. Las bacterias amistosas mantienen el balance de una especie de ‘sopa primordial’ (nutrientes, antioxidantes, etc.) que sostiene el funcionamiento de la dermis barriendo con las bacterias malas y las toxinas que generan, y que son las principales responsables de su inflamación. Esto provocaría un círculo virtuoso en el sistema inmune del organismo, ya que refuerza la membrana de las células que actúa como una barrera protectora contra los agentes químicos y alergenos.

Sin embargo, la cosmética probiótica intenta ir un paso más adelante al apostar por su papel potenciador del recambio celular y, en consecuencia, de la juventud de la piel. ¿Cómo? Al mejorar el ecosistema de la piel “se mejora su metabolismo y la oxigenación, lo que aumentaría la producción de colágeno y elastina a nivel de la dermis”, explica el doctor Villarroel. Y ya sabemos que estas dos proteínas (colágeno y elastina) son los ladrillos que mantienen la piel firme y en su lugar.

No existen todavía publicaciones en revistas como Science o Nature (las Biblias de la ciencia) que sostengan el entusiasmo por los probióticos, pero sí hay evidencia de que la inflamación provoca envejecimiento celular y pruebas clínicas de cómo un pH equilibrado mantiene la salud de los tejidos.

Los probióticos son multipropósito, provienen de fuentes muy variadas y pueden hallarse en una gran cantidad de productos. Sin embargo, si se trata de cosmética no espere encontrarse con una etiqueta como la de los yogures donde se pueda leer ‘contiene cultivos vivos’, ya que muchas marcas están apostando por sus derivados. “La tendencia es cristalizar las proteínas que estos microorganismos producen e introducirlos en la cosmética pues así no es necesario mantenerlos refrigerados”, explica Villarroel.

La apuesta por estos aparentemente insignificantes criaturas unicelulares es tan alta, que impulsó a la industria cosmética a protagonizar alianzas para ir por su ‘caza’. Un par de ejemplos: Clinique Medical con Allergan y L’Oréal con el gigante de la industria de alimentos Nestlé cuyo producto estrella -Innéov- es todo un fenómeno en Europa con sus cápsulas con microorganismos para potenciar el bronceado, evitar la caída del pelo o mejorar la calidad de la piel.

Como vemos, podemos tener en casa una especie de spa de seres microscópicos trabajando por nuestro bienestar que pondría verde de envidia a la mismísima Cleopatra y su rebaño de burras.