Tuvo que enfermarse, presentar arritmias, alergias; que su cuerpo y ojos reventaran en sangre para darse cuenta de que era el minuto de parar. Que su recargada agenda con hasta tres charlas diarias y continuos viajes fuera de Chile (de hasta 15 días al mes) le estaban pasando la cuenta, y su organismo pedía a gritos que lo escuchara. Una paradoja, ya que en esos días del 2014, Pilar Sordo (50, casada con Juan Fabri, dos hijos) daba talleres para superar el estrés.

Sin quererlo, se convirtió por primera vez en la protagonista de sus investigaciones que inició el día que su ginecóloga le dijo que se encontraba muy enferma, con una alteración metabólica aguda y que todos los síntomas que presentaba estaban ligados a un surmenage que arrastraba por años, y que ella, especialista en el tema, no logró detectar. “La medicina hoy está tan hiperespecializada, que cada médico te analiza por partes, por lo que todos mis exámenes por separado salieron perfecto. Nadie, excepto mi ginecóloga fue capaz de verme de manera integral. Cuando me dijo que todos mis males se relacionaban con la sangre, recién ahí hice el link”, recuerda la psicóloga, quien se resistió a tratarse con la medicina tradicional y terminar medicada con antidepresivos sin estar deprimida. “No podía pararme en un escenario y decir ‘vengo aquí drogada porque no me resultó la búsqueda interior’. Tenía que descubrir qué era lo que me había pasado, por qué hice ‘oídos sordos’, en que no vi ni escuché a mi cuerpo. Había un material que investigar ahí”.

Fue entonces que la autora de ¡Viva la diferencia!, No quiero crecer y Bienvenido dolor (entre otros libros, todos best sellers) echó mano a dos investigaciones que tenía detenidas relacionadas con el silencio y el estrés y, sin proponérselo, dio vida a su séptimo libro Oídos sordos, en el que da cuenta de que las enfermedades están asociadas a las emociones (pena, alegría, rabia, miedo) no manifestadas, producto de una sociedad exitista que tiende a castrar la expresión de los sentimientos.

“Luego de mucho leer y de escuchar historias de la gente, empecé a darme cuenta de que los órganos tenían capacidad de comunicar cosas, que cada uno significa una emoción: el hígado, tiene que ver con la rabia; la tiroides con la pena… Este libro, entonces, es una reeducación emocional frente a los síntomas, donde la invitación es parar un segundo con ese dolor de cabeza o lumbago y preguntarle a nuestro cuerpo qué le pasa, y obtener respuestas. Una de mis pacientes, por ejemplo, sufría de colon irritable y fue capaz de terminar el taller diciendo ‘pobre colon, lo pongo tenso por mi incapacidad de decir lo que pienso’. Yo sangré tres meses porque estaba reventada. Los derrames en los ojos y la arritmia también tenían que ver con que mi organismo estaba diciéndome que no podía seguir acompañándome a ese ritmo. Son avisos que, si no los escuchas, se intensifican y acentúan”.

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“En Chile siempre hemos sido malos para expresar lo que sentimos”, asegura la controversial especialista, que ha alcanzado el éxito por su asertividad y simpleza, aunque hay quienes también estiman que esa misma simpleza la convierte en alguien demasiado “light”. Sobre por qué tendemos a no manifestar nuestras emociones, Sordo tiene su teoría. “Hay un tema heavy con la risa, compramos al contado de que abunda en la boca de los tontos, que los que se ríen son livianitos, sin contenido. El ‘careculo’, en cambio, es el que sabe, el maduro… La pena es otra emoción que no aparece; un buen funeral es cuando la viuda está drogada y recibe a la gente como si fuera un cumpleaños, para que no llore lo que tiene que llorar. Aquí el duelo dura tres meses, al cuarto ya te están diciendo que des vuelta la página. El miedo tampoco está muy permitido, a menos que sea en un temblor fuerte, a diferencia de la rabia que ¡nos sale el descueve! Somos un pueblo enojado que encontró a través de la rabia una forma de expresar los conflictos sociales. Y enojados nos pescan, a pesar de que las mujeres tenemos poco permiso, porque pasamos por histéricas u hormonales. Aún recuerdo cómo los senadores le decían a Evelyn Matthei que se ‘hiciera ver’ cuando despotricaba en TV, ¡un machismo asqueroso! La rabia aquí está legitimada, reforzada, escuchada… Tenemos un tremendo tema con las emociones”.

—¿Por qué llegamos a esta castración?

—Porque en esta sociedad apuntamos a la eficiencia; por esto nos reconocen afuera, por lo eficientes, ordenados y metódicos, con el costo de terminar enfermándonos. Por algo tenemos tres farmacias por cuadra, con todos los centros de salud públicos y privados colapsados, desde el Sótero del Río hasta la Clínica Las Condes. ¿Cómo el Minsal no hace algo? No pueden reducir el tema a que faltan especialistas, no es lógico que esté todo tan lleno. Tiene que ver con que la gente no se está mirando, no le estamos dando espacio ni preguntando a nuestro cuerpo cómo está.

—¿A qué estamos enfocados?

—Al rendimiento, producción y a la compra; a lo que nos dijeron que nos haría felices y que no está pasando en absoluto. Entonces la gente está enojada, desconfiada y ha dejado de creer en la bondad, en cuanto a ser sensible con el otro, buena persona, noble; de no pelar ni hacer prejuicios, de no ser cómplices de las típicas conversaciones que se dan en los bautizos, matrimonios o confirmaciones en que se habla de la gorda, la chica o la fea. Hay que volver a sentir que la bondad existe, que hay más gente buena que mala. No puede ser más top decir hice un posgrado a decir que intento ser noble, porque es sinónimo de huevonería. Imagínate que tenemos una película que se llama El rey de los huevones, porque el protagonista devuelve plata que encontró botada, ¡estamos todos locos! Eso a nivel educacional implica que estamos preparando niños para ser astutos, en la mentira, por lo que en diez años tendremos un país corrupto de verdad.

—¿No lo somos aún?

—No, a pesar de los abusos, sigue habiendo gente noble. Además, Santiago no es Chile. Determinar que somos corruptos por lo que pasa en la capital y en las cúpulas de poder, que no es ni el 2 por ciento de la población, ¡es absurdo! También hay políticos honestos, independiente de estas prácticas asquerosas que, al parecer, eran normales y nadie las encontraba ilícitas mientras se hacían. A los medios les sirve instalar el conflicto porque a la larga, producto de esta misma inexpresión emocional de la sociedad, compramos más lo negativo que lo positivo; éste no da rating.

—¿No ve sano, acaso, que se transparenten las cosas?

—Es bueno que se sepan, fluyan y se solucionen, pero es malo concluir que seguimos contaminados. Chile tiene que darse una vuelta y renovarse, y es ahí cuando debe resucitar la bondad como un valor, confiar en la gente buena. Tenemos que aprender a tratarnos mejor. Y ya hay movimientos enfocados a eso, como quienes imparten la medicina alternativa, el yoga, personas que están optando por menos consumismo, alejadas de esta asquerosidad que respiramos.

—Difícil desafío, cuando usted misma señala en su libro que la tecnología nos ha desconectado del otro.

—Así es. Somos consumidores top de tecnología en América Latina porque como no conversamos ni decimos lo que sentimos, las plataformas tecnológicas se han adaptado para hablar desde el anonimato e incomunicación, porque mandar caritas felices o emoticones queda a la libre interpretación de quien los recibe, entonces tampoco logras transmitir lo que realmente quieres decir. La tecnología es una herramienta maravillosa, pero si no la sabes regular puede hacer mucho daño, alterar las comunicaciones familiares, de pareja y contigo. Insisto, debemos dejar espacio para mirarnos, preguntarnos si estamos bien o no, aunque muchas veces preferimos no saber.

—¿No queremos asumir nuestra realidad?

—Exacto. Lo bueno de Oídos sordos es que resucita el tema de volver a preguntarse. En mis talleres he comprobado que la gente le tiene pánico a las preguntas, ya que muchas veces cuestionarte sobre tu pareja o trabajo, puede dejarte la escoba. Y al no preguntarnos nada, nos aleja de lo que nos pasa, vamos somatizando y el cuerpo termina gritando. Si les enseñáramos a los niños desde pequeños a escucharse, el costo de la salud pública bajaría montones, porque cada uno se haría cargo de su propia salud, manejaría de manera distinta las enfermedades y visitaríamos al médico con otra postura, con un autoconocimiento distinto. Lo más increíble es que hoy los pacientes van al doctor esperando que le encuentren algo grave, ya que así existe un motivo a sus síntomas y la solución recae en los remedios y no en ellos mismos. Necesitan recuperarse rápido para seguir funcionando, para eso estamos entrenados. Y, por supuesto, esperan que te pidan al menos una resonancia, si no, es un pésimo profesional.

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—¿Qué técnica aconseja para escucharse y, a la vez, obtener respuestas?

—Primero, hay que buscar espacios de silencio, un estado que puedes encontrar en una caminata, sentada en el jardín, y preguntarte ¿cómo estás? La cantidad de información que ebulle es inmensa, puedes procesarla de a poco; si sientes pena, tomarla y hacerte cargo sólo de eso, y el resto dejarlo pendiente. Y preguntarte por qué sientes pena; las respuestas aparecen solas. Hace un par de semanas, por ejemplo, andaba saltona, asustada, con la guata apretada y ganas de llorar. Y un sábado que me quedé hasta más tarde en la cama, le pregunté a mi guata por qué estaba apretada. Al minuto me responde: “porque tengo miedo”. Claro, estaba nerviosa porque estaba pronta a presentar Oídos sordos, que significaba volver a exponerme tras un largo alejamiento. Era el vértigo de regresar a la palestra, con este libro sobre el cual hay muchas expectativas, considerando que todos los anteriores han sido best sellers. Y cuando descifré lo que me pasaba y verbalicé mis miedos, los dolores desaparecieron.

—Vuelve a exponerse a quienes la acusan de básica y light. ¿Le afectan las críticas o hace oídos sordos?

—En Chile tenemos el talento de no preguntar y prejuzgar a la primera. Me afecta la mentira y los juicios a priori sin haber ido alguna vez a una charla o leído un libro mío; eso es maldad, y es porque a los chilenos no nos gusta que al otro le vaya bien. Y me ha pasado este último tiempo que después de mis presentaciones se me acercan personas para disculparse porque tenían una imagen equivocada de mí.

—¿Siente que hay mucho prejuicio con usted?

—Obvio, soy la livianita, la básica, porque pareciera que no digo nada profundo. Y precisamente la complejidad de mi trabajo está en simplificar, es lo más difícil; no me costaría nada hablar con lenguaje sicológico, pero no me interesa que mis colegas me aplaudan, sino que quienes no tienen posibilidades de terapia, me entiendan. Tengo claro que influye que sea mujer, destacada en América Latina. Basta ver a Isabel Allende, cada vez que viene, ¡la hacen pedazos! Hace poco me entregaron las llaves de Miami por el aporte de mis investigaciones, ¿se supo aquí?, no pues, no interesa; prefieren mil veces mandar allá un reportero para espiar a Jadue. Cuando el Colegio de Psicólogos de San Juan (Argentina) me premió, pensaban que aquí ya me habían reconocido ; ¡olvídalo!, aquí jamás me van a llamar. Los más “intelectuales” deben considerarme poco profesional, como incluyo el humor en mis relatos, perdí rigurosidad científica; y que les hable a cinco mil personas, ya es chacrear el circuito, deben verme como una psicóloga comercial. Con esa bajeza de argumentos, al final, te da lata pelearla.

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